Breve viaje a un país de nubes

Guillermo Sheridan

Busco y encuentro a Shakespeare en la pequeña biblioteca de mi casa: es la edición de la Universidad de Oxford, tapas de piel verde, cantos dorados, hojas de cebolla. Y entre las páginas de Romeo y Julieta un amarillento vale para el comedor del TEC. Y se desata la memoria…

Entré al TEC en Monterrey en 1967 para estudiar letras, porque la Universidad de Nuevo León no reconocía la validez de mis estudios preparatorianos, cometidos en una escuela de curas. Fue formidable, pues debuté como universitario como el único hombre en una generación de mujeres. (Algo que luego estropearía el ingreso de “El Brujo” Bertrand.)

El breve trayecto de la puerta al vacante pupitre, el primer día de clases, fue una sabrosa zozobra: mi solitaria índole masculina maculó aquel perfecto gineceo que optó por silencio incómodo. Quizá sentí lo que Fausto, cuando se topa con las “jóvenes y saludables ninfas” que retozan en el Peneo, y se pregunta estupefacto: “¿Son mis sueños?”

Esa mañana inaugural, entre el paisaje de pupitres, vi por primera vez a quien después sería la madre de mi amado hijo Esteban, Magdalena “Magolo” Cárdenas, que escribiría luego preciosos libros para niños y también para gente normal. Y vi a muchas compañeras cuyos rostros reviven en la intacta memoria de esos días: la aguda Susana Canales; Sofía Leticia Morales y sus ojos navegables; la cordial Helen Karakowsky; las prudentes Oralias, complementarias y contradictorias; la mínima y dulce María Eugenia Chapa, que se robó de su casa, y después me regaló, esta edición de Shakespeare de la que escapan estos recuerdos...

Nos comíamos la vida con levedad intensa mientras nos topábamos con los libros guiados por maestros cuyos nombres digo con reverencia: don Luis Astey, que me hizo leer a Proust y a Joyce y cuya versión bilingüe de la Teogonía de Hesiodo conservo. Fue el único con quien conservé amistad cuando me fui a México, y estuve junto a él y su Alma Wood la helada mañana del primero de enero de 1998.

Y don Ramiro Guerra, cuya ceguera invisible le permitía recorrer de memoria los planos y medidas del instituto; que tocaba en su piano a Wagner y a Schuman y que me reveló el inabarcable misterio de Ovidio y Virgilio y me introdujo al culto de la superior disciplina de las religiones comparadas. Ese buen don Ramiro que, como Borges, tampoco rebajó “a lágrima o reproche” la “magnífica ironía” que cometió Dios al darle “a la vez los libros y la noche”.

Y don Raúl Montejano, cálido y turbulento, con su Unamuno bajo el brazo, adolescente desfasado; y la evidente Giancarla Illuminatti, mi maestra de italiano y otras artes, que ingresaba al salón de clase al mediodía, entre el férvido fulgor de los 38 grados, contoneándose como una carabela.

Y mis otras clases, las extramuros, con Jean-Pierre Viel y Felipe Díazgarza, con Ariel Valero y Mayer Sasson, con Margarita Cueva y don Alfredo Gracia Vicente, con quien visité al viejo Pedro Garfias, y que me indicaba con resignación qué libros de poesía debía robarme de su Librería Cosmos, que no existe piú.

“Y luego y luego y luego y luego…” (escribe Neruda), pasaron lentos los años “pisando como paquidermos”.

Todo terminó de pronto. Asediado por las buenas conciencias, don Luis Astey se fue al DF y lo acogieron el ITAM y El Colmex y publicó sus libros. Don Ramiro fue calumniado por alguna alumna canalla, hija de poderosillos resentida por sus malas calificaciones. El “Brujo” se esfumó.

En 1968 marché en las calles de Monterrey y participé ancilarmente en una pequeña pero ruidosa huelga de hambre en el TEC, en defensa de la libertad de expresión. No le cayó en gracia a nadie. Decidí mudarme al DF y, como suele ocurrir, ya no regresé sino en sueños.

La nostalgia es la joya de los desdichados. (Ya ni me acuerdo quién dijo eso.) De mis Complete Works de Shakespeare, además de reyes feroces y enamoradas húmedas, hoy salen los rostros, las luces y las sombras de Monterrey: “Adolescencia, país de nubes”, escribió alguna vez Octavio Paz. El mío las tuvo en abundancia.

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