Una pork(y)eriza

Guillermo Sheridan

El penoso episodio de la violación cometida por los “porkys” en perjuicio de Daphne sigue masticándose en las redes y en los editoriales, a veces de manera enjundiosa e inteligente (como León Krauze aquí en EL UNIVERSAL). El asunto está cargado de origen no sólo por la atroz exhibición de prepotencia de los victimarios y el desvalimiento de la víctima, sino también porque evidencia a la impunidad como una normalidad abyecta en esta triste patria de machos cabales afamados por entrones.

Hay siempre un riesgo amargo, el de convertir esta historia en una forma de voyeurismo social, una manera de disolver el agravio por convertirlo en espectáculo. La valentía de la señorita Daphne y su familia, al denunciar y exigir justicia, va más allá de ser una simple inversión de la violencia que han sufrido. En la medida en que la violencia de los porkys se ejerció, aumentada por la indefensión de su víctima, es encomiable la valentía de Daphne.

Los victimarios, esa piara de mexicanos con futuro, habrán presumido que optaría por ese silencio atávico al que apuesta, desde siempre, la idea macha y bravucona de que la víctima se inhibe sola, pues denunciar implica la exhibición de su ultraje, el equivalente de una nueva violación paradójicamente socializada por la denuncia de la original. El hecho de que la estupidez promedio nacional propenda a culpar a las mujeres, claro está, vitamina esa apuesta.

La violación es un crimen particularmente abominable. Hay en ella una forma especial de animalidad en los sentidos zoológico y moral. Es un crimen a perpetuidad, pues la víctima está condenada a revivirlo siempre sin resarcimiento cabal. Avasalla y arrasa su cuerpo y su alma, la libertad de quien era antes del agravio. Es abominable también en tanto que su perpetrador (o perpetradores, como estos infelices en bola) anticipa que el silencio de la víctima hace de ella una aliada. Es así un crimen doble: al herir el cuerpo de la víctima, el violador apuesta por la resignación sumisa de ésta y baja su propio riesgo. Esta impunidad a priori hace de ellos cobardes, además de criminales.

El silencio solía tomarse como una forma optativa para paliar la victimización. La apuesta a que el tiempo, y la secrecía, habrán de prevalecer y sanar a la víctima. La víctima que denuncia, en cambio, deberá protagonizar siempre, en el otro silencio, el suyo íntimo, su inexpugnable carácter criminalizado.

Pero no se trata sólo de una violación en la que hay víctima y victimarios, ecuación que pretendería limitar el crimen a la mera condición humana. La prepotencia, la presunción de impunidad, mancha al repugnante tejido social y familiar que alimenta esa presunción, la refuerza día con día, fortalece la idea de que el “poder” económico, político o social garantiza la impunidad de los suyos, una impunidad heredable a sus deplorables crías, continuadoras en manada de su ánimo depredador. El Estado “viola” la ley con el mismo aplomo.

Que Daphne haya optado por esta exhibición refleja, acaso, la medida de su pena. Pero también apuesta a que presentar a sus victimarios ante la justicia (aunque sea la vicaria de las redes) es una reparación más provechosa que el silencio. No sólo inhibe a futuros juniors intocables, sino que le agencia un espacio de recuperación, uno en el que aspira a rehabilitarse como una mujer libre.

Es una transferencia que supone la igualación del miedo: los porkys esos están sintiendo un miedo equivalente al que sintió ella. No en sus cuerpos (salvo que fuesen encarcelados, lo que no sucederá), pero sí en sus “personalidades” juzgadas por la red y su escrutinio. La visibilización de sus caras y nombres y la mácula a su deplorable futuro los condena a esperar un olvido que las redes y su memoria insobornable impiden desde ahora.

No es una reparación que la justicia tramposa de nuestro país es incapaz de otorgar, pero sí una condena: los tales porkys deberán llevar puesta, espero, su prisión perpetua.

TEMAS RELACIONADOS

Comentarios