Conocí a Mario Vargas Llosa cuando yo tenía 20 años y él tenía 35, en un dizque encuentro dizque cultural en Colombia. Ya lo narré en algún lado. No nos fue muy bien ni a él ni a mí —guardadas sean las amplias proporciones. Vargas Llosa, que era muy osado, porque ya era valiente, tomó su sitio ante un auditorio de jóvenes castro-maoistas bastante hostil.
Era 1971 y Cuba era el “caso Padilla”. Resulta que en 1968, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) había realizado su IV Concurso Literario y el jurado del “género Poesía” decidió otorgar el premio a Heberto Padilla por su libro Fuera del juego, y el del “género Teatro” a Antón Arrufat por su obra Los siete contra Tebas.
Los premios no tardaron en ser descalificados por la UNEAC en una asamblea. El jurado de poesía no se percató de que el libro de Padilla “ofrecía puntos conflictivos en un orden político”. ¿Podía esperarse otra cosa de la ingenuidad reaccionaria y “feminoide” —el término que le gustaba a Fidel Castro— de José Lezama Lima, presidente del jurado?
Como era un concurso y un jurado internacionales, bajo el escrutinio y la curiosidad de la intelligentsia mundial, la UNEAC anunció que publicaría los libros de Padilla y Arrufat, pues así lo disponía el premio, pero con una nota en la que la UNEAC expresaría “su desacuerdo con los mismos por entender que son ideológicamente contrarios a nuestra Revolución”, pues una cosa es “la libertad de expresión” y muy otra “la libertad para la expresión contrarrevolucionaria”.
Fuera del juego, explicó la UNEAC, era un libro reaccionario desde el título, pues “deja explícita la autoexclusión de su autor de la vida cubana”. El contenido era peor: un “antihistoricismo” que “exalta al individualismo frente a las demandas colectivas del pueblo en desarrollo histórico”; un libro que defiende una idea “del tiempo como un círculo que se repite y no como una línea ascendente, actitudes típicas del pensamiento de derecha” (lo mismo que dicen hoy los profeteóricos, pues). Para terminar, la UNEAC acusó a Padilla de fascismo y difamador de “los revolucionarios bolcheviques, hombres de pureza intachable, verdaderos poetas de la transformación social”.
En 1971, la policía acusó a Padilla de trabajar para la CIA. Luego de cinco semanas en la cárcel, hizo una “autocrítica pública” en la que se acusó a sí mismo y a su esposa de traición. Se declaró culpable, pidió perdón y se declaró feliz de que la Dirección de Seguridad del Estado Cubano le hubiera hecho ver la luz de la Revolución; dijo que amaba a sus carceleros y acabó gritando “¡Patria o muerte, venceremos!”…
En abril de 1971 se publicó en México una carta de protesta a Fidel firmada entre otros por Paz, Zaid, Fuentes, Rulfo y Revueltas. En mayo se publicó otra en París: “Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera. El lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla sólo puede haberse obtenido por medio de métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias” y más bien propios del “sistema represivo que impuso el estalinismo”. Firmaban Calvino, Sartre y Beauvoir, Sontag, Enzensberger, entre muchos otros, y más mexicanos: Monsiváis, Pacheco, Fernando Benítez, Vicente Rojo.
Fidel se puso furioso: “¡Para hacer el papel de jueces hay que ser aquí revolucionarios de verdad, intelectuales de verdad, combatientes de verdad!” Y los mandó sumariamente a todos al carajo.
De regreso a Colombia, cuando le tocó hablar a Vargas Llosa —que obviamente había firmado la carta de París— los multitudinarios representantes del “pueblo en desarrollo histórico” lo obligaron a callar y lo bañaron de vituperios. Vargas Llosa se levantó y se fue.
Pero no se ha callado: hoy (ayer) cumple 80 años. Felicidades, Mario.
Padilla pudo salir de Cuba en 1980 y se murió en 2000, a los 68 años. Los Rolling Stones que promedian los 70 —y ahora acusados por “la izquierda” de seniles y reaccionarios— cantaron en La Habana ante un público que promedió 20. Pero Fidel cumplirá 90 en agosto…
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