Magia de espejos: el verso 584

Guillermo Sheridan

Como es sabido por quienes leen poesía, el poema Piedra de Sol de Octavio Paz es un poema “circular”: sus últimos versos son los mismos que los del principio. El sol del amor ha sacado al poeta de “mi bruto dormir siglos de piedra” y producido una “magia de espejos” que refleja al poema y, por tanto, lo reinicia: “un sauce de cristal, un chopo de agua”, etcétera.

En ese verso clave (“y su magia de espejos revivía”) hay un ingrediente curioso. Paz conoció bien una obra de teatro que disfrutó de cierta fama mundial a partir de su estreno en París en 1924: Maya, del escritor francés Simon Gantillon. En México se estrenó en el Teatro Arbeu en 1930 rodeada de escándalo y censura, como en todo el mundo, y el joven Paz, que tenía apenas dieciséis años, logró presenciar una función antes de que fuera prohibida. La obra se publicaría después en la legendaria Editorial Cvltvra con un elocuente prólogo de su traductor, José Gorostiza.

La protagonista de la pieza es una prostituta llamada Bella que tiene el poder de reflejar el ideal de mujer que desean sus clientes. Es “la materia plástica del deseo del hombre”, explica Gantillon en su prólogo: los hombres sienten “en ella, o por medio de ella o a pesar de ella” un impulso hacia “la búsqueda de un infinito en el que ella es la mediadora”. Se trata, pues, de “la Ilusión” esa idea placentera del engaño y del autoengaño que se conoce como “maya” en el hinduismo.

La pieza está compuesta de nueve cuadros, uno para cada uno de los visitantes-ensoñadores que desfilan por el cuarto de Bella/Maya, en el que hay una cama y un par de espejos. El último cliente es un marinero indio que explica que Maya “nunca es ella; es siempre la otra que esperamos, y la otra y la otra”, es la innombrable, la imposible de alcanzar, la fuente del sortilegio, la ilusión eterna y la todopoderosa bienhechora, pues “el juego de sus mágicos espejos transforma las apariencias según nuestro deseo”.

Apenas ha dicho eso el marinero, ya casi al final de la pieza, Bella-Maya se queda sola en su cuarto, multiplicada por sus espejos. Ha terminado la jornada en el burdel y Bella-Maya, exhausta, se prepara para continuar creando la ilusión del amor. Y es entonces que en el escenario sucede aquello que tanto impresionó al joven Paz: la mujer-sueño cruza el escenario hacia su cama, toma la misma postura que tenía al inicio de la obra, hace el mismo gesto, dice la misma frase y la historia recomienza, exactamente igual. Ha ocurrido la “magia de espejos” que hace de todos los días el mismo día, y de toda ilusión de amor una y la misma ilusión.

Mientras la pieza se reinicia en el escenario, la voz de un narrador lee este epílogo: “Bella-Maya y sus espejos, personaje mítico, apariencia e ilusión, vendedora de placer y proveedora de sueños, dulce y terrible como la  naturaleza. Bella-Maya, mujer y hada, ascendida de signo particular a símbolo universal para acabar bruscamente con  lo común de la vida cotidiana. Y así acaba porque así recomienza, y así recomenzará todos los días.” Así pues, la  “magia de espejos”  que provoca el eterno recomienzo es el amor-deseo, y su temporalidad no es mas que otra ilusión, un perpetuo reflejo circular de sí mismo.

Veintisiete años después de haber presenciado aquella puesta en escena, Octavio Paz la recuerda y recuerda cómo acababa reiniciándose gracias a esa frase, “magia de espejos”. Y entonces decide hacer para él, para su poema y para sus lectores, lo mismo que la misma frase hacía para la obra de Gantillon y para sus espectadores. Y es así que, al reiniciarse, Piedra de Sol es un “reflejo” de la primera lectura, el espejo original en el que ahora se refleja la segunda lectura que a su vez refleja... Y así hasta el infinito.

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