Los 400 del 1616

Guillermo Sheridan

En los hechos, Cervantes no se enteró de la existencia de Shakespeare que, en cambio, según los estudiosos (Bloom incluido) sí supo quién era Cervantes

Este año se cumplen cuatro siglos desde la muerte de los titanes de las letras españolas e inglesas, Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Todos los escritores que nos expresamos en esas lenguas somos hilachas caídas de sus fastuosos gobelinos. Vivieron los mismos tiempos magníficos y terribles, la segunda mitad del XVI y los primeros lustros del XVII. Cervantes era diecisiete años mayor que Shakespeare, pero se igualaron al morir en la primavera del mismo año.

El año va a estar lleno de relatorías —de los cotarros a las academias— sobre las semejanzas y las diferencias entre “El Cisne de Avon”, epíteto adecuadamente inglés, ensoñado y vaporoso, y aquel a quien el realismo hispano, más que epitetear, define como “El Manco de Lepanto”. Y supongo que no seré el primero en evocar el discretamente famoso cuento del gran Anthony Burgess, prolífico y potente escritor inglés que alguna vez imaginó a Cervantes y Shakespeare no sólo tratándose, sino aun discutiendo sobre literatura y teología.

El cuento de Burgess, que se titula “Encuentro en Valladolid” y se recoge en un volumen titulado The Devil’s Mode (pues otro de los cuentos imagina un encuentro entre el músico Debussy y el poeta Mallarmé), propone que cuando los ingleses y los españoles se atareaban en resolver sus conflictos de Estado, una delegación diplomática inglesa acude a la que en ese entonces era más capital española que Madrid. Los ingleses, educados que son, para halagar a sus anfitriones agregaron a su comitiva una compañía teatral llamada los “King’s Men”, presidida por el autor, actor y productor Will Shakespeare.

En Valladolid, Will y sus actores montan algunas obras, para estupor de los recoletos españoles que, predeciblemente, las encuentran remotas cuando no truculentas o francamente inverosímiles. Y bueno, pues sucede que entre el público está Cervantes, quien no entiende una palabra, pero sí repara en el rechoncho y dicharachero Falstaff, que en algo se asemeja a su Sancho, sobre todo cuando se contrasta con soñadores espigados como Hamlet o Henry V.

No deja Cervantes de sentir que el comicastro inglés ha aprovechado a la pareja contradictoria y complementaria de su Quijote, y así lo expresa. A lo que Shakespeare responde —por medio de un intérprete, se entiende— que no, que la pareja gordo desmadre/flaco melancólico existía en la cultura inglesa de mucho tiempo atrás. Ya enterado del argumento esencial del Quijote le pregunta de inmediato a Cervantes “¿Y… se podrá adaptar al teatro?”

En la ficción de Burgess, Shakespeare conservará hasta su muerte la memoria de aquel contrito narrador español. Le mortifica —escribe Harold Bloom en Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares— la idea de que Cervantes se le había adelantado, que el Quijote, por ser en un solo héroe una combinación de su Hamlet y su Falstaff, era el más grande personaje de la literatura.

En los hechos, Cervantes no se enteró de la existencia de Shakespeare que, en cambio, según los estudiosos (Bloom incluido) sí supo quién era Cervantes. La noble biblioteca Bodleiana de Oxford registró su primer ejemplar del Quijote en 1605, y la primera traducción al inglés apareció en 1611, para convertirse de inmediato en un banco de datos para los dramaturgos en activo. Uno de ellos, el mismo Shakespeare que escribió una pieza teatral (registrada, pero perdida) cuyo personaje central, el exiliado Cardenio enamorado, protagoniza uno de los relatos subsidiarios del Quijote.

El estupor casi numinoso que nos sobrecoge ante la magnificencia de las obras inabarcables de Cervantes y Shakespeare urdió una anhelante rima cronológica: la de que ambos murieron el mismo día, el 22 de abril. No fue así, pero en el ánimo de esa falsa coincidencia que querría hermanarlos en la muerte, es inevitable leer cierta orfandad literaria, la contundente muestra de que la inmortalidad y los despojos no sólo van de la mano, sino de que bailan una ronda inescrutable.

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