Insultar presidentes

Guillermo Sheridan

Paz y Fuentes ceden al sucedáneo alivio de insultar presidentes y compartir consejas en la voz baja que imponía su dictadura

Entre sus cientos de cartas —que ojalá se publiquen un día con eficiencia crítica—, las que intercambian Octavio Paz y Carlos Fuentes a partir de la masacre de Tlatelolco en 1968 son especialmente ricas en observaciones sobre la naturaleza del Estado mexicano en ese periodo crítico (como si hubiera de otros), así como sobre la actitud política de los intelectuales y de los escasos líderes de la entonces precaria oposición.

Los comentarios a vuelapluma, en velocísimo intercambio, contienen ideas en agraz que irían a dar más tarde a sus libros, ensayos y artículos periodísticos. Son un formidable inventario de las pasiones y tensiones que sacuden a México durante los años finales del sexenio de Díaz Ordaz y los primeros de Luis Echeverría. Fuentes, que regresa a México de Europa en enero de 1969, le describe a Paz la atmósfera de intimidación y censura que ha creado el gobierno. Sin escatimar referencias al profundo odio que Díaz Ordaz manifiesta en público y en privado hacia Paz, Fuentes le aconseja no acercarse a México durante un tiempo, y menos regresar a vivir ahí.

La frustración y la ira empapan las extensas cartas. Abunda en ellas la ferviente indignación contra la clase política y sus miserias, pero también contra los “intelectuales” oficiales (todavía entrecomillan la palabra, con desdén e ironía), sus actitudes acomodaticias y su servilismo (o su silencio). Pero la burla y la violencia verbal alcanzan una temperatura álgida cuando se refieren a los señores presidentes, esos tlatoanis cíclicamente redivivos del autoritarismo heredado de los aztecas.

Zaherir con tinta es una purga inútil, pero compensatoria para el ánimo. Como todos los mexicanos en esos tiempos, Paz y Fuentes ceden al sucedáneo alivio de insultar presidentes y compartir consejas en la voz baja que imponía su dictadura. En febrero de 1969, por ejemplo, Paz juzga que en México hay “una realidad tan real que parece inventada”, y para demostrarlo evoca “la historia de López Mateos, su mujer y su hija (¡Avecita!), sus palacios y sus millones y sus queridas. Si es verdad que poco a poco recobra la conciencia, cuando despierte sufrirá un choque tal que volverá a perderla, ahora sí definitivamente: ¡todos sus millones en manos de los padrotes de sus amantes! Hay un diablo que escribe todas estas historias mexicanas: confesemos que su justicia poética es bastante justa.” (López Mateos, que estaba en estado vegetativo desde 1967, murió meses después, sin probar esa justicia.)

Fuentes responde a su amigo con otra “historia mexicana”, la de Díaz Ordaz (GDO), ese “Gran Sacerdote de Huitzilopochtli”, el “gran sicópata vindicativo”, el “anuncio frustrado de la Colgate”, y saqueador en jefe: “El saqueo público es gigantesco, y lo encabeza el propio GDO: sus tres casas, un rancho en Texcoco, mansión en el Pedregal y fuerte a la Beau Geste en la entrada de Puebla que valen, cada una, entre 5 y 6 millones de dólares.” Paz contesta que GDO es un “hombre atrabilario y dispéptico. ¡Nuestra vida, nuestra honra y nuestra libertad a merced de los jugos gástricos y de los tubos digestivos del antiguo amanuense del novillero y chulo poblano Ávila Camacho!”

Fuentes le escribe a Paz “en plena euforia del Arriba y adelante”. A unos meses de la coronación del nuevo tlatoani Luis Echeverría (LEA) comenta “las versiones contradictorias sobre la ‘personalidad’ de LEA, o de ‘El Señor’, como le dicen sus achichincles.” Dice Fuentes que “mientras algunos amigos nuestros que lo han acompañado en sus giras hablan de un nuevo Cárdenas que está marcando el tiempo y que el uno de diciembre iniciará todas las reformas que el país requiere, otros escuchamos sus declaraciones constantes contra los intelectuales ‘que reciben consignas del exterior’ (¿quiénes son? Los mexicanos deberíamos saberlo), ‘los intelectuales huertistas’ (misma pregunta): los que, en suma, no se inclinan ante el poder revolucionario y mayoritario…”

Eso era en marzo de 1970. Un par de años más tarde, Fuentes se olvidaría de esas declaraciones contra los intelectuales huertistas y comenzaría a abrazar la causa del nuevo Cárdenas...

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