Hacia un reglamento de tránsito realista

Guillermo Sheridan

En el nuevo reglamento aparece catorce veces la palabra “salvo”. Es natural en un país donde la ley funciona más sobre salvedades que sobre reglas

Más o menos cada década se promulga un nuevo reglamento de tránsito. Cada vez es mejor que el anterior, pero, paradójicamente, también es más inútil cada vez. Es muy poco lo que pueden la sensatez y el sentido común, convertidos en normas y reglas, contra una falla de origen que temo irreparable: el mexicano promedio no ve en las reglas un instrumento que beneficie a la colectividad, antes bien observa una afrenta a su vetusta idolatría del caos. Quererle poner reglamentos a los conductores y peatones de México es tan conmovedor, y tan inútil, como leerle el Manual de Carreño a un tropel de búfalos desbocados. Los reglamentos en México suelen ser muy buenos. Lo único malo es que no hay a quién aplicárselos.

Durante algunos días, habrá un previsible aumento en el acatamiento de las reglas, un leve ascenso en el medidor del civismo y, quizás, hasta algunas escenas de conmiseración hacia el prójimo con quien se comparten las calles. Avisoro al piloto asesino que, por una vez, optará por ceder el paso a la ancianita sin desventrarla; al conductor de la pesera que dejará, por un par de días, de jugar con sus pasajeros al campo de concentración; al junior cromado que mide su coeficiente intelectual con el chirrido de sus llantas. Luego de pasadas dos o tres semanas, cuando el nuevo reglamento de tránsito quede en el olvido, las autoridades comenzarán a preparar el nuevo nuevo reglamento.

En México no se trata de manejar automotores: se trata de blandirlos, pensé la última vez que apareció un nuevo reglamento de tránsito. Escribí entonces un comentario que, gracias a la devoción que tiene la Patria al eterno retorno, hoy también circula. Pensaba en el entredicho de las pobres autoridades, que tienen la obligación de convencerse de que su reglamento sustituirá, por el hecho de haber sido promulgado, al caos con el orden. En el fondo saben, resignadas, que esto no impedirá el caos, pero sí que lo disimulará un poco y que no es lo mismo un caos disimulado que un caos cualquiera.

El nuevo reglamento (que puede leerse en línea) tiene 124 páginas. Cuarenta y ocho de ellas contienen setenta artículos de los quietos y cinco de los transitorios. Mi reglamento favorito es el que dice (p. 42): “Cuando cualquier usuario de la vía pública maltrate física o verbalmente a cualquier otra persona, se le remitirá ante el Juez Cívico”.

Las otras páginas registran los cientos de pictogramas llenos de colores, flechas, números y dibujitos realistas-socialistas que el conductor debe conocer o interpretar. Un pictograma, por ejemplo, muestra a un ciclista que se va de hocico porque no miró que había unos rieles. Otro muestra a un pato nadando. ¿Significado? “Lago o laguna”. Otro enseña a un toro con dos banderillas clavadas. ¿Qué es lo que avisa? Que ahí hay una plaza de toros (que siempre son difíciles de detectar). Pues hay 76 páginas con estos pictogramas. Y sin embargo, el que más me hubiera gustado ver, uno que avise “Píldoras anticonceptivas”, no existe.

En el nuevo reglamento aparece catorce veces la palabra “salvo”. Es natural en un país donde la ley funciona más sobre salvedades que sobre reglas. Por lo mismo, es conjeturable un reglamento de tránsito con un manojo de artículos:

1. Está prohibido conducir a exceso de velocidad, salvo que no se quiera conducir despacio.

2. Prohibido pasarse el alto, salvo si el semáforo está en rojo.

3. Prohibido ir en sentido contrario, salvo en calles en las que haya tráfico en contra.

4. Prohibido contaminar con humo, salvo que sea blanco o negro.

5. Prohibido contaminar con ruido, salvo que sea con mofles o cláxons.

6. Prohibido dar dinero a los policías, salvo que sea por equis causa.

7. Están obligados a obedecer este reglamento todos los ciudadanos, salvo los políticos, los influyentes, los guaruras, los líderes sociales, los juniors, las damas exaltadas, el transporte colectivo, el transporte individual, los que les dé la gana en general y los respectivos parientes de los anteriormente señalados.

No sólo es más breve y más verosímil, sino que tendría el curioso mérito de unir por vez primera en México, en feliz acuerdo, a la realidad con su reglamentación.

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