Se encuentra usted aquí

La licencia de manejar y el diente de oro

15/12/2015
01:52
-A +A

Fingir que hay nuevas disposiciones para fingir que en la capital se entregan licencias de manejo que autorizan a los conductores a fingir que conocen el reglamento y aún a fingir que saben manejar, me llevó a recordar una ocasión en que tramité mi licencia y la crónica ad hoc que hice de la aventura.

No sé ahora, pero en aquel tiempo todo en la oficina expendedora de licencias estaba milimétricamente calculado para no servir y, por tanto, para que sirviera con previo pago de emolumento. Luego de hacer fila media hora, por ejemplo, el empleado anotaba mal el nombre en la hoja foliada. Al hacérselo notar, respondía que había que hacer cola de nuevo o reparar el error con adecuada aportación de emolumento.

Luego venía el temible examen de manejo que, en aquel tiempo, tenía una particularidad notable que ignoro si será restaurada ahora, cuando otorgar licencia exige demostrar no sólo ya en teoría hallarse en posesión de la pericia para hacer avanzar y retroceder un automóvil. La particularidad consistía en que el examen debía hacerse en un automóvil oficial que era un modelo 1954 que desplazaba dos toneladas y que a todas luces atentaba contra las leyes de la física.

Luego de esperar turno una hora, el examinando se sentaba frente a un manubrio de medio metro de diámetro, junto al filoso agente de tránsito con doctorado en eficiencia. Debería dar una vuelta a la manzana y proceder luego a estacionar el leviatán entre dos murallas portátiles. Nunca encontré siquiera el switch para meter la llave, aunque sí el radio que era como la sinfonola de una marisquería. Fui predeciblemente reprobado y mi documento con mi nombre mal escrito ameritó un decidido tache. Ya me retiraba compungido cuando el elemento me conminó a cambiar el tache por una palomita, fenómeno alquímico pasmoso que sólo requería el mercurio de un discreto emolumento.

Demostrada que fue mi pericia, se me envió a tomarme la foto. Luego de la media hora de ley, el elemento encargado me ordenó sentarme frente a una pantalla. Y sí detecté la pantalla, pero no dónde sentarme. El elemento informó escuetamente que le habían robado el banquito, pero que como la cámara (caja grande de madera, con acordeón) estaba fija, debería agenciármelas para quedarme quieto en esa imaginaria. Estaba intentándolo cuando sentí el fogonazo, y luego la notificación del elemento en el sentido de que la foto saldría movida porque no me había sentado a tiempo en el banquito robado, a menos que...

Siguió el examen médico. Cuando llegó mi largo turno, un elemento disfrazado de médico me ordenó leer las letras de un cartón remoto manchado de salsa. Las letras eran diminutas y alegué que no había terrícola capaz de leerlas, pero que si de algo servía podía asegurar que la salsa era verde. Otro emolumento para arreglar el desaguisado.

El examen teórico era lo más difícil. Había que marcar la respuesta correcta a cien preguntas del tipo: “Un trailer de 8 ejes se desplaza a 120 km/hora cuando se le zafa el brúnkel del cárter. Para repararlo, el conductor requiere: A) Perica de ¾ de pulgada. B) Llave Multi-Nelson. C) Se puede con los puros dedos.”

A los diez minutos de aterrada estupefacción, el mismo elemento encargado de vigilar la prueba vendía discretamente un papelito con las respuestas. Y uno se sentía una muesca más en el retorcido engranaje de la corrupción, y uno se autoescupía con desprecio, y uno masticaba amargura porque en aquel tiempo no había camaritas digitales ni nada de eso para documentar el atropello, ni mucho menos a dónde llevar una queja sin que llevar la queja significase meterse en aún peores líos…

Agobiado y contrito, fui a entregar mi examen con las respuestas que indicaba el papelito. No me extrañó, a esas alturas, que había que entregar el examen al mismo elemento que me lo había vendido. Ni tampoco que, luego de revisarlo, me dijera que había reprobado mientras sonreía y me enseñaba su enorme diente de oro.

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en especial sobre su poesía. Su trabajo como periodista ha...

Comentarios