Va de nuez: diatriba contra don Anónimo

Guillermo Sheridan

Las circunstancias de los abajo firmantes

Hace años escribí un comentario que voy a reciclar porque me parece que las circunstancias ambientales lo justifican, y sobre todo por el fastidio de cambiar de nuevo mi dirección electrónica. Mis ideas no han cambiado, pero sí los lectores, esa nueva tanda generacional a la que me dirijo.

El artículo en cuestión trata de la visceral violencia que se esgrime contra los escritores en las llamadas redes sociales y en las zonas abiertas a los comentaristas, esos instantáneos tribunales inquisitoriales presididos por torquemadas digitales, orondos bajo los cucuruchos de su anonimato.

La osadía de escribir y firmar lo que se escribe incluye este trato novedoso: el público “interactúa” y parece disfrutar ser, a veces, el espectador asombrado de su propia vileza. Y, bueno, la crispación política atiza una inverecundia pueril, un concurso para ver quién muestra con mayor desparpajo los prejuicios más rastreros (racismo, sexismo, xenofobia, edadismo), prudentemente rubricados por fastuosos alias salpicados de je je jés.

La Internet propicia esta variante de la bravuconería: la libertad total induce a los cobardes al agravio y la invectiva, a tirar la piedra y esconder el mouse. Invariablemente embozados, practican una “libertad” sin riesgos y una cobardía impune. “Anonimato es libertad”, decreta un “comentarista” luego de zarandearme. ¿Puede haber algo más ilustrativo? “No”, me responde mi libertad, en cuyo nombre debo aceptar la libertad de insultarme de que se ufanan los anónimos.

Más que por su anonimato, la libertad de los anónimos es prisionera de sus propias reservas ante su libertad. Su libertad anónima carece de sujeto por decisión propia: una libertad paradójica de la que se erradica quien alega practicarla. Lo único que es realmente libre es su cobardía. Una prueba de que su anonimato es irrelevante es que sólo le importa a los anónimos. Alegan: “¿Qué importa cómo me llamo?” Nada importa, en efecto, a aquel a quien su nombre le significa un estorbo. Quien firma como “El Aguila Calva” puede llamarse en la vida real Uvaldo Morones, algo tan relevante para él como irrelevante para los demás. Pero si insulta a otros, esa irrelevancia se altera: aun su irrelevancia lo arredra. Su “libertad” muestra así su verdadero rostro, es un cobarde no ante quienes critica ni ante otros comentaristas, sino ante sí mismo.

Quien insulta sin dar la cara, cambia a su persona por una ficción o por una mera función fática. Que esa ficción se haga de un sitio en un “diálogo” público en el que abundan otros anónimos, no le aporta más realidad; acaso refuerza la ilusión de “realidad” que los anónimos ansían precisamente por ser anónimos, porque no se exigen realidad, o porque ya sustituyeron a la realidad por su simulacro en la pantalla.

Los anónimos argumentan que carecer de nombre salvaguarda los derechos de “todos”, es decir, que se trata de un igualitarismo. Parecería entonces que escribir libros o artículos es (gulp) una afrenta a la igualdad. Si se considera al anonimato como un “derecho”, quien tiene la aristocrática costumbre de firmar con su nombre queda en desigualdad, insultado y encima discriminado, pues por tener nombre ya no es como todos. Un anónimo puede ver en la calle al escritor, o acudir al curso o a la conferencia, velado, solazándose en la ventaja de saberse ignorado por su “víctima”. Y a veces los anónimos deslizan amenazas e insinúan saber dónde vive o trabaja el objeto de su encono.

No se puede tomar a la ligera a quienes todos los días se esmeran en decirle a un editorialista cómo y cuánto lo detestan por no ser como ellos quieren que sea, o por no decir lo que exijen que diga. La violencia ya no está sólo en el suspendido ámbito de lo digital: el tipo que me mira ladinamente al pasar, con su sonrisita avinagrada mientras mastica mi apellido, disfruta enormemente saber que yo no sé quién es.

En poco me tranquiliza que él, por ser un anónimo, nunca sabrá tampoco quién es él.

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