El cementerio clandestino

Gabriel Regino García

Hasta hace 20 años, los titulares de la nota roja en Veracruz eran los accidentes de tránsito. Hoy, en 2017, lo son las fosas con más de 200 cadáveres.

¿Cómo se llegó a todo esto? Veracruz es un territorio de tránsito obligado para llegar al norte y es la aduana de conexión hacia el sur. Desde el contrabando de mercancías estadounidenses por Reynosa en la década de los 60 y 70, hasta el surgimiento consolidado del Cártel del Golfo, el territorio se fue convirtiendo en una zona de operación esencial para el tráfico de sustancias ilícitas y de personas.

Las condiciones socioeconómicas de su población contrastaban con lo promisorio que podían haber sido zonas como Poza Rica y Coatzacoalcos. Cientos de miles de veracruzanos iniciaron hace 40 años el éxodo de sus tierras hacia otros confines. En Ciudad Juárez, por ejemplo, les llaman juarochos.

Desde los tiempos del gobernador Miguel Alemán, era de sobra conocido que en el Puerto de Veracruz vivían capos del crimen organizado, en medio del disimulo social y la conveniencia económica que ello representaba.

Durante el sexenio de Fidel Herrera, llegó una extraña bonanza económica a todo el territorio, misma que incluso le permitió al gobernador ganar dos veces la lotería. Pero la simulación de una sociedad pacífica y festiva se rompió el 3 de marzo de 2007, en medio de una carrera de caballos en Villarín. La división entre organizaciones criminales tocó fondo en Veracruz.

A la par, llegó un gobierno que sustrajo los recursos del Fortaseg y Subsemun, que dejó a la deriva a los policías municipales y estatales, cuyos grados de escolaridad son ínfimos y alarmantes, faltos de coordinación y de supervisión, con más de 7 mil reos en sus 17 Ceresos. También hay un déficit policial de miles de elementos, un secretario que se dedicó a hacer de la seguridad un negocio privado que lo volvió multimillonario, una colusión de empleados de Pemex con organizaciones criminales para el robo de hidrocarburos, una ruta de migrantes secuestrada por el narco, policías al servicio del crimen secuestrando a jóvenes y ejecutando periodistas, una tierra donde violar a una joven de un colegio importante parecía no tener castigo, un lugar donde sólo se robaban frutsis y gansitos, un ex gobernador y su primera dama de la abundancia, son sólo algunas notas de la tragedia que vive Veracruz.

Un narcoestado que volvió a la tierra cementerio clandestino. Donde la política no puede desconocer su complicidad. Donde la Marina ha hecho agua al improvisar elementos con diferentes grados como policías. Hoy en día, gran parte de los veracruzanos viven con la zozobra de ser víctimas de la delincuencia común, de la organizada y de su gobierno.

¿Cómo salir de la encrucijada? Resolver el desorden administrativo de las áreas de seguridad; establecer tres zonas regionales con responsables identificados y directos; hacer corresponsable a Pemex de los robos de hidrocarburos; una especie de Conago entre Tamaulipas, San Luis Potosí, Hidalgo, Estado de México, Puebla, Oaxaca y Tabasco con Veracruz para definir metas estratégicas; reforzar policías municipales; rescatar los recursos del Plan Mérida y transparentarlos; crear un área de inteligencia predictiva, entre otros.

La tarea que le espera a Jorge Wincker, fiscal del estado, es titánica: judicializar a todos los responsables del caos en que se encuentra el estado. Y a Miguel Ángel Yunes se le está acabando el tiempo. No se puede gobernar con el pasado.

Profesor de Criminología y Sistema Acusatorio en la UNAM

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