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En Brasil inicia una crisis mayor tras la votación del Senado que de facto deja fuera del ejercicio del poder ejecutivo a la Presidenta Dilma Rousseff para ser juzgada durante 180 días. Concluye así un proceso abierto por el líder de la Cámara de Diputados Eduardo Cunha, quien a su vez fue relevado de sus funciones al día siguiente de la votación por estar sometido a una investigación por corrupción. La corrupción en el Legislativo en Brasil es de más del 60%: casi dos de cada tres legisladores tienen pendientes investigaciones por sobornos, fraudes, cobros indebidos, prebendas en su favor… corrupción en pocas palabras.
¿De qué se acusa a la presidenta Dilma Roussef electa por 57 millones de brasileños? No robó, no espió, no se benefició del poder, no participó en actos de corrupción ni ella ni los suyos. Se le acusa de haber realizado ajustes presupuestales perfectamente registrados, operaciones que han realizado prácticamente la mayoría de los gobiernos de Brasil. Política y mediáticamente la acusan de la crisis económica por la que atraviesa el país, de la recesión que ha tenido consecuencias sobre el empleo y el bienestar de la población, resultado en gran medida de factores internacionales y que en mayor o menor proporción afecta a todos los países de Latinoamérica, México incluído. Es cierto, la crisis económica brasileña genera malestar social, la popularidad de la Presidenta va a la baja, el enojo frente a la corrupción crece día a día y en eso se han apoyado los legisladores de una amplia gama de treinta partidos e intereses variopintos que acusan para no ser acusados.
A partir de este jueves el cargo presidencial es ejercido por el vicepresidente, Michel Temer quien ya anunció habrá nuevas políticas económicas que sacarán a Brasil de la recesión. Un problema es que Temer está siendo investigado por irregularidades financieras en campañas electorales. Dilma Rousseff lo acusa de encabezar junto con el líder corrupto Cunha la trama “golpista” que desembocó ayer en el Senado y culminará en 180 días con el veredicto tras un juicio contra la Presidenta. Dilma ha dicho que se defenderá y seguirá luchando pues su presidencia concluye el 30 de diciembre de 2018. El más grave problema es que la política está convertida en un juego de intereses, de traiciones y deslealtades dentro de un gabinete pluripartidario que acompañó a Rousseff y de un legislativo variopinto que requiere la negociación permanente y a veces imposible.
Al ejercicio de la presidencia de Brasil el país mas grande y poblado de América Latina, llega Michel Temer, un hombre que no fue electo, que no es carismático, cuya ambición es ser Presidente, pero que tiene cara de mayordomo malo de película de misterio escribió alguien hace poco. Temer no despierta confianza ni tiene capacidad de liderazgo, carece de una sólida base social, grave problema porque tendrá que navegar en las aguas turbulentas de la mayor crisis democrática e institucional de Brasil, generada por él mismo y sus aliados. Y eso inició ya, este jueves, tras la salida de Dilma Rousseff de Plan Alto.
En la trama hacia el impeachment ha habido episodios políticos dignos de una opereta, pero que sobre todo vulneran al Legislativo. Antes de que iniciara la discusión en el Senado por impeachmet contra Rousseff el sucesor de Cunha, Waldir Maranhao, por cierto acusado también de corrupción, dejó sin efecto la votación con que inició el juicio de destitución de la Presidenta. El presidente del Senado, Renán Calheiros, decidió que el juicio continuaba en la Cámara Alta porque hubo una importante votación. Luego Maranhao se retractó.
La crisis que apenas comienza para la democracia brasileña deja vulneradas instituciones tan importantes como el Legislativo, la Presidencia y la Vicepresidencia. Hay un proceso políticamente viciado desde su inicio, campañas mediáticas impulsadas en pro y en contra del impeachment, con fines políticos y económicos. La corrupción es tan amplia, que tras los intereses políticos está también el “sálvese quien pueda” de las investigaciones de Lavajao a partir de Petrobras.
Tiempos duros para Dilma Rousseff confinada en su palacio, juzgada durante 180 días, obligada a ver a Michel Temer, convertido en su enemigo, gobernar. Tiempos difíciles, tiempos de reflexión obligada para la mujer, la líder, la Presidenta de Brasil, que decidió luchar y no renunciar. “La vida no es fácil. Nunca lo ha sido.”
Periodista y analista de temas internacionales
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