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“Para vivir fuera de la ley se debe ser honesto”. Bob Dylan
A la pregunta, ¿Qué se necesita para destruir un paradigma? Bob Dylan contestó con una guitarra eléctrica. En 1965 el cantautor salió al escenario del Newport Folk Festival y tocó una versión eléctrica de su entonces más reciente composición Like a Rolling Stone. Para los puristas del folk, el acto fue una transgresión imperdonable; su actuación fue abucheada. Aún así, el episodio se convirtió en uno de los momentos más famosos de la historia del rock. “Dylan se electriza”; durante décadas los expertos de la industria se han referido a ese instante como el gran catalizador del rock moderno.
Quizás el ruido de la guitarra de Dylan fue tan extenuante que no permitió a muchos entender lo que realmente sucedía. El mundo de la música cambió, pero su cambio no ocurrió desde la música sino en la prosa. Mientras el público abucheaba la música, la letra de Like a Rolling Stone ponía fin al mundo optimista e inocente del movimiento hippie. Habitante privilegiado de aquella casa de la contracultura, Dylan prendió una cerillo y lo tiró adentro segundos antes de salir; quemó su pasado en aras de un futuro. Su condena fue absoluta y autorreferencial: en el mundo post-like a Rolling Stone no habría cabida para ningún Blowing in the Wind. La revolución de Newport fue literaria; cambió la entonación, la temática y sobre todo, el lenguaje de la música popular. A un mundo que aclamaba paz y armonía, Dylan dio un himno de venganza. Por ello nadie se sorprendió cuando meses después, en Inglaterra, la canción fue recibida con un grito de ¡Judas!
Aquella no fue la última vez que Dylan fue acusado de no ser Dylan. Muchas décadas después, el 23 de julio de 2009 la policía de Long Branch, Nueva Jersey recibió una llamada de un vecino: un vagabundo viejo y “desaliñado” andaba merodeando extrañamente bajo la lluvia. Minutos después, una oficial apareció en la escena. “Buenas tardes. ¿Cómo se llama? ¿Qué hace aquí?” Los testimonios coinciden en que el viejo fue amable. “Me llamo Bob Dylan, estoy en tour.” La oficial, una joven de 24 años, había escuchado el nombre antes, pero no podía asociarlo a una cara. En todo caso, le pareció sospechoso. “¿Cuál es su verdadero nombre?”, prosiguió. “¿Mi nombre real? Creo que es Zimmerman”, respondió el viejo. La oficial le pidió se subiera a la patrulla, el vagabundo mostraba claros signos de locura. Esa noche Bob Dylan había sido arrestado por hacerse pasar por Bob Dylan.
Sin quererlo, la joven policía había lanzado una pregunta que muchos otros artistas han explorado. ¿Quién es realmente Bob Dylan? El director de cine Todd Haynes entendió que ante la frase “Dylan sólo hay uno” la única respuesta posible es: “Dylan no hay sólo uno”. Como le pareció imposible encerrar una personalidad tan diversa en un sólo personaje, pidió a cinco actores y una actriz interpretar al cantautor en su película I’m not there. Los enigmas de la personalidad de Dylan están fuertemente relacionados con su literatura. Sus letras, como toda gran poesía, son un laberinto que exploran un mundo interior atormentado y confuso, pero que ha logrado expresarse a través de un lenguaje único, disruptivo y de una extraña forma natural. A pesar de su elocuencia y complejidad Dylan siempre suena terrenal.
Durante mucho tiempo el mundo de la literatura ha privilegiado las formas más ortodoxas y académicas del oficio. Bajo ese paradigma, no hay condena más grande que volverse famoso: lo peor que le puede pasar al que escribe, es ser demasiado leído. Es por ello que la palabra cantada ha sido tan desdeñada por los puristas de la lengua; “lo popular es vulgar y por lo tanto menor” es el eje filosófico de las academias de alta cultura. El argumento no es nuevo, pero se ha probado varias veces erróneo: Shakespeare transformó la literatura desde un género que sus contemporáneos consideraban vulgar y Cervantes desafió a la literatura inventando un nuevo género que inmediatamente obtuvo gran popularidad. La ironía se cuenta sola. A 50 años del festival de Newport la historia ha dado la razón a Bob Dylan y su guitarra eléctrica. ¿Cómo verán en 50 años a los que hoy se burlan y abuchean su Nobel de Literatura?
Analista político. Director
de ‘Los hijos de la Malinche’.
www.losh ijosdel amalinche.com
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