James Turrell y la luz culichi

Élmer Mendoza

Hay formas de embellecer una ciudad, y el Proyecto de Arte del Jardín Botánico es una señal de la alta estima que un grupo de culichis tienen por Culiacán

La luz blanca es una costumbre, crea un espacio emocional donde la mayoría se siente feliz y deja que la vida fluya. Esta luz se ha convertido en símbolo de pureza, bondad y unión poderosa de la que nadie sospecha; salvo Vicente Quirarte que vio los entrepaños y en 1982 propuso Vencer a la blancura. James Turrell no quiere vencerla, busca desmembrarla, mostrar cada parte y desacelerar esos inconcebibles 300 mil kilómetros por segundo sin los cuales el mundo sería un caos perfecto.

Turrel ama la armonía, sabe que la luz y el silencio son complementos infalibles en los buenos momentos. Abatió la velocidad mencionada a 275 mil y alcanzó a ver los rostros de los antepasados. La luz artificial no existe, dice Turrell, y al final cada color es según el cristal con que se mira. Este artista californiano nacido en Los Angeles en 1943, se ha instalado en un ser flotante que ha concebido una estética a partir de la simplicidad de la luz y su movimiento perpetuo en retinas, la Vía Láctea, los pasadizos del Roden Cráter o en espacios diseñados para proyectar fenómenos ópticos y naturalezas vivas en que el espectador valora el entorno y sus accidentes. Tal es Encounter, la pieza que creó para el Jardín Botánico de Culiacán que se inauguró en mayo de 2015, y que se ha convertido en punto de reunión de todas las personas que aman la vida sin condiciones. Un festival cromático.

Un día, James Turrell conoció Culiacán y se quedó prendado de la luz; porque la luz culichi acaricia, define y nos vuelve absolutamente sensuales y almibarados. Quizás los presentó Agustín Coppel o Patrick Charpenell. Le contaron del Proyecto de Arte del Jardín Botánico, del que Patrick es curador, y de cómo esa luz merecía uno de sus Skyspaces, “Construcciones arquitectónicas que, con una apertura de la parte superior y un detallado uso de la luz, funcionan como observatorios de la bóveda celeste durante la salida y puesta del sol,” nos instruye el manual que entrega el joven guía del Jardín. Somos 22 personas las que estamos en una bóveda ovalada recordando los dinosaurios y el oleaje del mar del Norte. Es el reino de la línea curva. A las 7:35 la bóveda se tiñe de morado, menos un orificio ovalado de un par de metros de largo en su parte más amplia que nos une al espacio exterior, a la bóveda celeste. La vida con algunos elementos típicos de la Ciencia Ficción es saludable.

El color es canción, niñez, perplejidad. Los colores desfilan en la bóveda como vocales: Azul, verde, amarillo, rosado, morado, naranja, rojo, zaino, barroso, tordillo, alazán, azabache, overo, blanco, bayo, moro, rosillo, ala de mosca; toda esa variedad matiza la bóveda completa, una bóveda de metal cubierta de fibra de vidrio cuidadosamente pulida. La lluvia no afecta la integración del grupo a los colores, seguramente convencidos de que nada hay más vivo que la luz. ¿Y el negro? No lo vemos en ningún momento, hasta que la noche se cierra y la experiencia llega a su fin. Hemos permanecido 51 minutos entre el asombro visual y la necesidad de introspección. Una parte nuestra estuvo en vilo, a pesar de que el color acaricia y seduce. Verde que te quiero verde. Cuando Turrell bajó la velocidad de la luz a 247 mil kilómetros por segundo, el espacio alteró su línea de flotación y cada matiz recordaba una ciudad desaparecida: Cíbola, Quivira, Pompeya, lugares que alimentan la memoria del mundo.
Hay formas de embellecer una ciudad, y el Proyecto de Arte del Jardín Botánico es una señal de la alta estima que un grupo de culichis tienen por Culiacán.

Encounter, es la suma de sueños y deseos, la llegada de Godot, el espacio que eligen los colores para vencer a la blancura. James Turrell es un artista que trabaja con el eterno asombro de la luz, ese misterio que rehúye los cristales y prefiere la tierra donde este hombre de barba blanca y larga le ha tejido sus nidos insurrectos. Con Encounter, el amanecer y el atardecer no son más tiempos muertos, y en el Jardín Botánico, la luz se regodea en sí misma.

En este Proyecto, diseñado por Tatiana Bilbao, están también presentes Gabriel Orozco, Teresa Margolles, Adrian Villarojas, Raúl Cárdenas, Anri Sala, Mario García Torres, Valeska Soares, Simon Starling, Pedro Reyes, Richard Long, Pablo Vargas Lugo, Kiyoto Ota, Dan Graham, Fernando Ortega y varios más. Todos con una propuesta que se ha integrado al Jardín, que es uno de los sitios más inquietantes de Culiacán. Un lugar para estar, ver y soñar sin límite de tiempo. Alguien te espera en los nenúfares, algo bajo las clavellinas. Ya nos contarás.

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