El enceguecimiento

David Huerta

El pasado 7 de octubre la radiación solar fue muy dura en la cuenca de la Ciudad de México. Cayó sobre los chilangos como un castigo divino. Algunos, atareados y resistentes, ni siquiera la percibieron; otros, armados con poderosos lentes oscuros, tampoco hicieron caso. Pero un puñado sufrimos en serio las emanaciones erizadas del dios Febo-Apolo.

Yo no andaba muy bien de salud en ese momento, que digamos. Debí quedarme en mi casa; pero salí a un par de diligencias. Nunca lo hubiera hecho. Caminar por la calle era una alucinación en blanco absoluto, un albo rayo que no cesaba y todo lo invadía. Me resultó aterrador y desconcertante. El sol se convirtió en un destructor de las estabilidades más elementales: el sentido del equilibrio, la orientación, la vista. No le pasó a todo el mundo, sino a quienes estábamos especialmente sensibles, como yo en ese momento.

Cuando regresé a la casa, me acerqué tambaleando a abrir la puerta y sentí por un largo momento que todo se me iba ya no de las manos sino del cerebro y del cuerpo. A mi alrededor la gente vivía su vida y yo rozaba una forma de aniquilación de los sentidos. Giré la llave de la puerta y entré: me recibió una penumbra fresca, hospitalaria.

Literario como soy, recordé la palabra inglesa blinding y su equivalente en mi casi inexistente repertorio de la lengua alemana: Die Blendung. El enceguecimiento: la aniquilación y la vuelta al polvo originario; el auto de fe de los inquisidores europeos: castigo extremo contra la herejía, sin duda uno de los momentos más ilustrativos y reveladores en la historia de aquel continente.

Die Blendung se llama una novela formidable de Elias Canetti, cuyo título en español es, muy justamente, Auto de fe. Los dueños de bibliotecas domésticas que la leímos estábamos inundados de piedad por el personaje central, el sinólogo Kien. (¿Habrá pensado Canetti en la condición extrañamente anónima que ese pronombre relativo tiene en español: quien? No lo sé, pero es posible).

El auto de fe de la novela canettiana es un incendio suntuoso y aniquilador: llamas que ciegan, llamas que destruyen. El sentido simbólico de la conflagración queda abierto, a disposición de los lectores; es un final poderoso, de implicaciones largas y severas. El papel arde, los ojos dejan de ver. Es gran literatura moderna.

Kien es el modelo del sabio que se ha apartado del mundo para dedicarse al conocimiento puro. Su némesis está en casa: es su sirvienta, con la que termina casándose. Ella odia los libros de él y quiere hacer negocios con ellos con una doble finalidad: hacer dinero y hacer espacio. La novela es profundamente triste, grandiosa, exaltante.

Elias Canetti está en el pináculo de su genio en las páginas de Auto de fe. Vi con claridad la relación entre esa novela y un cegador día otoñal en mi ciudad.

No sé cómo explicarlo, pero el sordo incendio del 7 de octubre me pareció un auto de fe.

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