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Desde su primer libro de cuentos (La guerra no importa, 1991) hasta su libro sobre Juan Rulfo, que hoy comento, he leído y reseñado buena parte de la obra de Cristina Rivera Garza, tamaulipeca (1964), quien hace rato enseña en los campus del sur de los Estados Unidos. Es, lo he dicho, una de nuestras escritoras más consecuentes, aun cuando padezca de una tara común a los profesores–escritores: poner su obra literaria al servicio de su agenda académica, misma que, ya lo he dicho y no hace mucho, deploro.

Prefiero, como es natural, a las suyas, mis servidumbres. Pero ello no me impide aplaudir la importancia capital de Había mucha neblina o humo o no sé qué (Random House, 2016), su novela–ensayo sobre Rulfo. Si se espera de un crítico que recomiende libros (lo cual a los críticos, inconsecuentes, nos purga), para mis lectores ya no es necesario esperar a ser sepultados, en 2017, por el centenario de Rulfo. Apuesto a que el de Rivera Garza será el libro más original. A Rulfo, en sus últimos libros, ella ya lo traía como amuleto contra los excesos de la necroescritura que postula.

Rulfo, según el supuesto método de Sainte–Beuve, no sería, diría yo interpretando a Rivera Garza, un autor de textos, sino un escritor cuya biografía fue decisiva para su creación, como vendedor de llantas que recorrió todo México (1946–1962), en su calidad de empleado de la comisión del Papaloapan (1954–1957) y como editor al servicio del Instituto Nacional Indigenista durante sus últimas décadas.

Esas primeras experiencias vitales lo impactaron, como le hubiera ocurrido a cualquier otro escritor, insisto, pero en el caso de Rulfo, él mismo y no pocos de sus exegetas, se sirvieron del recurso de presentarlo como una víctima de una musa–súcubo que lo tomó y lo dejó inerme. Rulfo, según Rivera Garza auxiliada por esa modesta hazaña de la biografía en México que no ha recibido los honores merecidos (Un tiempo suspendido. Cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo, de Roberto García Bonilla), habría sido una suerte de naturalista enamorado del mundo que veía resquebrarse —el de la modernización del medio siglo que atestiguó como empleado del gobierno— del cual dejó una verdadera interpretación, como dijo Octavio Paz, cuyo Laberinto de la soledad, Rivera Garza contrapone a Rulfo, lo cual es injusto con el autor de Pedro Páramo, un hombre sin ideas, que no las necesitaba, además.

La autora, finalmente, no convierte a Rulfo en un firme enemigo de la violenta modernización llevada por el Estado de la Revolución Mexicana a todo el país. Como Paz, era ambiguo (y aquello dolía) ante ese furor progresista. Deseaba el bienestar material como ciudadano y como poeta, en la amplia acepción de la palabra, le dolía la desaparición del material mitológico. Esa ambigüedad frente a los indígenas, la padeció Rulfo, pero no sólo él —era propia de su generación e incluso del discurso oficial. Rivera Garza, pese a sus deseos ideológicos y con nobleza, la subraya.

En Había mucha neblina o humo o no se qué, Rivera Garza presenta otro Rulfo, no desconocido, sino reorganizado, si cabe la expresión. Excesos propios de la academia en la cual la autora milita (no hay otra palabra) se vuelven meras clasificaciones al servicio de un canon que acaso contra sus intenciones, Rivera Garza no niega, sino rejuvenece:

Que si el Centro Mexicano de Escritores del cual Rulfo fue becario dos veces recibía dinero cuyo origen remoto era la CIA, no impresiona a Rivera Garza. Que si la ambigüedad sexual del fragmento 53 de Pedro Páramo, con su Dorotea/Doroteo es QUEER, me da igual pues creo en los dos sexos del espíritu, como lo creían Balzac, Proust o Jane Bowles. Que si ya sabíamos que Rulfo, a través de Susana San Juan y otras personajas, vindicó el ardor de la sexualidad femenina como nadie lo había hecho antes entre nosotros, ¡de qué manera nos los precisa Rivera Garza! Este libro ensayístico, aforístico, tuitero, políticamente correcto, injertado de cuentos, de una traducción al mixe en calidad de refinamiento bizantino y de trabajo de campo en San Luvina, Oaxaca, donde Rulfo no es querido entre los lugareños por hacerle mala publicidad al pueblo que visitó hace décadas, también tiene sus inocencias de feminista persignada y con rebozo. Al incluir a la chilena María Luisa Bombal entre sus penates, Rulfo no se convierte en un caso insólito al reconocer a una mujer de letras como precursora. Medio siglo XIX se prostró ante madame George Sand y García Márquez decía debérselo casi todo a Virginia Woolf.

Algunos, finalmente, o por lo menos yo, intuíamos la importancia del Rulfo fotógrafo en su obra pero sólo hasta leer a Rivera Garza entendí cabalmente por qué. Fotografiando, Rulfo le daba un orden visual a su mundo para después fragmentarlo como dictaba Faulkner (una ausencia en este libro acaso por el deseo de la autora, terapeuta, de librar, al de Sayula, de la angustia de las influencias). La foto era el borrador de la escritura y no, desde luego, su ilustración. Si eso pertenece para Rivera Garza al reino del Dios multidisciplinario, recurro otra vez al hipérbaton: bien está.

Me van a acusar de entrar a saco en las tierras de lo posthistórico y de lo postverdadero para tomar rehenes y esclavizarlos en el canon oficial, tras herrarlos en mi establo, pero cuando Rivera Garza dice que Rulfo fue (y es pues para eso es un clásico) nuestro gran experimentador, desnuda a todos quienes creen que experimentar es volver al letraset enviado por correo postal o encerrarse en la red a la búsqueda de la postpoesía. Si los de Juan Rulfo son sólo dos libros, uno de cuentos y una novela, como Cristina Rivera Garza no puede sino reconocer por más que busque novedosas definiciones genéricas útiles para su alumnado, eso quiere decir que el juego apenas empieza. El verdadero misterio es de la letra impresa y Había mucha neblina o humo o no se qué lo confirma.

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