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Recuerdo de Teodoro

Christopher Domínguez M.

Está de moda el desprecio de la verdad. Está de moda el desprecio del humanismo confundido con un academicismo retrógrado. Está de moda la adoración de todo lo actual, que rara vez es nuevo. Pocos artistas como el arquitecto Teodoro González de León (1926–2016), a quien sólo hasta los últimos años se le notó su arribo a la tribu de los nonagenarios, maduro por su atletismo intelectual y sospechoso de pactar indulgencia plenaria con el diablo para conservarse joven, combinaron con tanta precisión al humanismo con la vanguardia.

Estudiante en el taller de Le Corbusier, nada de lo moderno le fue ajeno y no hace mucho yo le pedí, que no paso de Martinu y si me apuran de Schnitke, una lista de compositores contemporáneos míos. Me la proporcionó y su adquisición estaba en curso cuando me enteré el viernes patrio de la muerte de quien fuera, entre tantos atributos y virtudes, un melómano invicto. Agotaré la lista, desde luego, con el añadido sentimental de imaginar qué comentaría Teodoro de cada uno de esos novísimos y sus sonidos. Gracias a sus cinco sentidos todo lo que fuera nuevo encontraba su lugar, eterno o fugaz.

Fue uno de los amigos más cercanos de Octavio Paz y en los tiempos de Vuelta, gracias a su privanza con Aurelio Asiain, a quien quería y admiraba como un padre, alguien que siempre estaba allí, bien dispuesto, prudente, muy cerca de Alejandro Rossi y de otros de nuestros mayores. Habiendo sido Ulalume González de León, su esposa, en la época de Plural (1970–1976), la traviesa poeta y traductora de origen uruguayo pero mexicanizada gracias a su encuentro con Teodoro en el París de la segunda posguerra, el arquitecto era uno de los espíritus de la casa, siempre puntual. Era de las escasas personas, en el medio de las artes y las letras, que se tomaba la molestia de agradecer el envío de un libro y más aun de felicitar a un autor cuando algunas páginas lo entusiasmaban.

De sus innumerables viajes, entre los más recientes, los que más disfrutó fueron al Japón, en compañía de su hoy viuda Eugenia Sarre y con Montserrat y Aurelio Asiain como anfitriones. Éstos últimos, celosos de la intimidad, acaso nunca escriban las envidiables aventuras isleñas del cuarteto. A falta de éstas cito un poema de Asiain que desde la primera vez que lo leí asocio con la muerte de los seres queridos y de las personas admiradas. Se titula “Evolución”, aparece en Urdimbre (2012) y dice:

No bajamos del cielo con un alma.

No estuvimos jamás entre los ángeles.

No podemos andarnos por las ramas.

Somos frutos caídos de los árboles.

En una ocasión, en una de salas de espera del aeropuerto de Roissy, a fines de los años 90, me topé con los González de León y entablamos ellos, mi pareja y yo, una de esas conversaciones circunstanciales propias de quienes van a subirse a un avión. Faltaba bastante para abordar y pronto me di cuenta que la charla no sería larga pues Teodoro estaba nervioso y volteaba continuamente a sus espaldas, como queriendo abreviar la platica. Obedecí en silencio y nos despedimos. Pero nos sentamos en un sitio desde el cual pude observar qué era lo que inquietaba a Teodoro. Resulta que estaban instalando, en esas salas de abordar entonces nuevas del Charles De Gaulle, un bar, modesto pero de apreciable buen gusto. Teodoro se plantó frente a los atildados albañiles, no franceses sino árabes o subsaharianos, que le daban los últimos retoques a la mampostería en madera del cafecito de pisa y corre.

Como si estuviera ante un cuadro de Giorgio de Chirico o ante una columna dórica, Teodoro no sólo se quedó mirando durante largos minutos el trabajo que se estaba realizando ante sus ojos, sino les empezó a hacer preguntas, supongo que técnicas, a los trabajadores. Este recuerdo insignificante y a la vez simbólico puede iluminar lo que fue el gran artista para la arquitectura mexicana e internacional.

Para nuestro sentido de lo que es y debe ser el homo faber en su más alta distinción.

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