La apropiación de la familia

Catalina Pérez Correa

Pocos temas han unido tanto el sentir de los mexicanos como el rechazo a Donald Trump y su visita oficial. No es para menos. Trump ha construido su campaña en torno al desprecio y demonización de los inmigrantes (especialmente de los mexicanos). —“Ellos” son delincuentes, ladrones y violadores—, espeta a un auditorio enardecido. —“Ellos” se roban nuestros empleos y nos quitan espacio en las escuelas y servicios de salud—. Los mexicanos somos, bajo este discurso, una amenaza para el proyecto nacional norteamericano.

Separar entre amigos y enemigos no es una herramienta discursiva nueva sino un recurso político comúnmente usado para lograr unidad y sentimientos de pertenencia. Es, decía Schmitt, el corazón de “lo político”. El señalamiento del “otro” —el foráneo— permite la cohesión de los que pertenecen. Permite la identificación en torno a un proyecto político común. La construcción de la identidad se da en oposición a ese “otro” que nos ataca y hace vulnerable, y en torno al líder que propone eliminarlo.

A diferencia del discurso de Trump, que propone la cohesión interna en oposición a un enemigo externo, en México este recurso se ha usado para contraponer a unos mexicanos con otros. Felipe Calderón construyó su discurso de guerra en torno a la división de unos mexicanos con plenos derechos de los infractores, que no merecen el cobijo constitucional. Bajo su visión, ese “otro” —que se define por señalamiento institucional— es peligroso y no amerita la protección plena de la ley. En esa narrativa, las ejecuciones extrajudiciales y la tortura son válidas, porque no se trata de uno de “nosotros.” El problema, sin embargo, es que en potencia todos somos susceptibles de, por decisión de una autoridad, convertirnos en “ellos” (y que no hay muro que sirva para dividirnos unos de otros).

Hoy la Iglesia Católica –seguida de organizaciones civiles- despliega la misma estrategia política con el tema de matrimonio igualitario. A través del “Frente nacional por la familia” convoca a marchas en defensa de la familia “natural” —conformada por un padre (cabeza de familia), una madre e hijos—. “Todos tenemos mamá y papá” y “No a la ideología de género”, dicen sus afiches. Dos ideas torales se desprenden de sus reclamos: las personas gay, lesbianas, bisexuales o transgénero no tienen derecho a formar una familia de la misma forma que lo tienen los heterosexuales y; la igualdad dentro del matrimonio tergiversa y devalúa la institución matrimonial (y por implicación, a la sociedad entera).

El mensaje, evidentemente, es discriminatorio. Como apuntó recientemente la Suprema Corte de Estados Unidos, negar el mismo estatus legal a las familias no tradicionales envía el mensaje que quienes se alejan del arreglo que unos consideran “natural”, valen menos. Sus hijos, de haberlos, también valen menos. No importa que solo 62% de las familias en México están compuestas por un padre, una madre e hijos y que el resto sean familias mono parentales, ampliadas, diversas, o sin parentesco directo (INEGI). Tampoco importa que la pareja blanca y heterosexual de hijos rubios que aparece en las imágenes de sus volantes no represente a la inmensa mayoría de las familias mexicanas. La homosexualidad, lo diferente, según este movimiento, representa un peligro para la sociedad y debe rechazarse.

Tal como Trump, la Iglesia y estos grupos nombran a un enemigo y pretenden consolidar su identidad y fortalecerse en oposición a éste, sin interesar la falsedad en que se basan los señalamientos. Madres solteras, familias heterosexuales igualitarias, homoparentales y ampliadas son señaladas como un peligro. Al igual que Trump llaman a movilizarse por la exclusión y el odio en un país marcado por la violencia y que solo parece unirse en torno a la indignación.

División de Estudios Jurídicos CIDE

@cataperezcorrea

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