El presidente “Pinocho”

Antonio Rosas-Landa

Chicago, Illinois.— A 48 horas de que Donald Trump tomara posesión como presidente de Estados Unidos ya es innegable que su circo ha cumplido las peores expectativas que se tenían de su administración.

El discurso de toma de posesión siempre había sido un momento reservado para que el nuevo presidente apelara a la unidad nacional, delinear el curso del país para los próximos cuatro años, con base en los principios fundacionales de éste. Entonces, llegó Donald Trump para arruinar una tradición más.

El mensaje inaugural fue dedicado a reafirmar a los votantes que lo eligieron que los mantendrá presentes, una retórica escuchada en sus muchos eventos de campaña. No hubo mensaje para los casi 66 millones de estadounidenses que votaron por Hillary Clinton (3 millones más que sus votantes), sólo mencionó la unidad nacional en una frase hueca para redoblar un mensaje beligerante lleno de populismo y proteccionismo.

A penas horas después de su juramentación cerca de un millón de personas tomaron las calles de las urbes más importantes de Estados Unidos en la “Marcha de las Mujeres” para mostrar su repudio al nuevo presidente. Estos cientos de miles de ciudadanos prometen batallar con el poder si éste cumple sus amenazas de reducir los derechos femeninos y los derechos civiles en general.

También, el nuevo vocero de Trump, Sean Spicer, se dirigió por primera vez a la prensa para atacar a los medios por, según él, sugerir que hubo menor asistencia popular a la toma de posesión de Trump que en las juramentaciones de Obama.

Spicer fue más allá, afirmó que su jefe tuvo la mayor asistencia en la historia y citó cifras para apoyar sus afirmaciones. Los medios corroboraron sus dichos y resultaron falsos. Ello propició que la unidad encargada de verificar la veracidad de lo que dicen los políticos del diario The Washington Post diera “cuatro pinochos” (el nivel de falsedad más alto) a sus declaraciones.

Tan sólo hace tres semanas el hoy vocero Spicer dijo en un evento en la Universidad de Chicago lo siguiente: “Seas republicano o demócrata debes tener integridad. Le puedo decir a un reportero que no puedo comentar sobre algo, pero nunca miento. Yo diría que quien aspire a ser comunicador debe honrar eso. Porque si pierdes el respeto y la confianza de los medios no tienes nada”. Así pues, el rostro de la nueva administración comienza con el pie izquierdo al demostrar que “no tiene nada”.

La esperanza de que Trump y sus minions dejen de mentir, ahora que detentan el poder, ha muerto con la evidencia recabada en dos días. De hecho, cada vez que dice algo terrible causa que la atención se enfoque en sus dichos en lugar de concentrarse en, por ejemplo, el maravilloso gesto cívico que fueron las marchas del sábado pasado. Sus mentiras son un vehículo para desviar la atención sobre los temas relevantes y las verdades inconvenientes.

El intento de normalizar las constantes falsedades de Trump corroe la confianza que los estadounidenses tienen en sus instituciones. En este país no es común que el Presidente o sus allegados mientan poniendo cara dura. ¿Qué pensarán los de estudiantes de la Universidad de Chicago que escucharon a Sean Spicer decir que él no miente, para luego verlo escupir falsedades desde el púlpito del poder? Este cinismo erosiona la credibilidad que se ha depositado en las instituciones. El daño no es a los individuos Trump o Spicer, sino a lo que hoy representan. La administración Trump promete ser un espectáculo de horror que, por otro lado, asegura ser tan deprimente como entretenida.

 

Periodista

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