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Claridades fue un semanario que, en 1958, lanzó una encuesta con el objetivo de averiguar cuáles eran las palabras más bellas del español. La propuesta fue bien acogida por los lectores y motivó la participación de la pléyade intelectual. La muestra, aunque acotada, fue una aproximación al pensamiento y la sensibilidad de los escritores más importantes de la época.
José Vasconcelos fue el principal referente y su selección estuvo guiada por la sonoridad y el asombro: Grandeza, Belleza, Gloria, Estupor y Revelación, fueron sus preferidas. Edmundo Valadés añadió al corpus la Verdad; Julio Jiménez Rueda y Rafael Solana, el Amor; León Felipe, la Voluntad; Elías Nandino, la Poesía; Agustín Yáñez, la Justicia; Rodolfo Usigli, la Pasión; Martín Luis Guzmán, la Independencia; Pita Amor, la Eternidad; y Rosario Castellanos, la Salud.
Motivado por este ejercicio, me di a la tarea de entrevistar a un ecléctico grupo de autores para elaborar una nueva recopilación. La experiencia fue reveladora, ya que me mostró una faceta íntima de su relación con el lenguaje.
Luciano Concheiro acogió mi desafío con vehemencia y precisión: Amigovio/a, porque denota la ambigüedad y fluidez, la inestabilidad y libertad de las relaciones sociales y amorosas hoy en día. Su segunda palabra, sin embargo, es tan desoladora como necesaria. Feminicidio: Porque no podemos equivocarnos: hay asesinatos cometidos por razones de género. La elección de una palabra nunca es inocente, es una decisión política. Un paso esencial para combatir los feminicidios es nombrarlos, señalar su especificidad.
Malva Flores, fiel a su talante poético, incluyó: Compasión, porque nos hace falta; Verano, por el deseo; y Río, por su fluidez sonriente. Fernando García Ramírez me remitió a la tradición conjetural de Borges y de Steiner: Libro, porque atesora todo lo que sabemos; Xenofilia, amor a lo extraño, palabra de gran valor, no corrompida por el uso; y Cuántico, porque refiere al mañana, a algo indomable para el conocimiento.
Elena Poniatowska enarboló términos entrañables: Amor, porque todos vivimos para él, primero el de la madre, el de los hijos y el de quien nos va a acompañar en la vida; y Gracias, porque es la palabra que representa la actitud de muchos que vivimos agradecidos por todo lo que nos ha sido concedido y sobre todo porque nos han dado la vida misma.
Gerardo Laveaga me hizo pensar en la importancia acústica del signo: Efervescencia, Transgredir e Intrascendente: ¿Justificarlas? ¿Cómo? Me gusta su sonido y siento que, si no conociera su significado, lo adivinaría al leerlas o escucharlas.
Enrique Krauze dio cabida al espectro cromático con Azul, e hizo emerger un vocablo capital en la filosofía de la historia: Esperanza. Eduardo Huchín se refirió a una de las características distintivas de la literatura, su accidentalidad: me gustan las palabras que se prestan a equívocos. Por ejemplo, Paradigma. Me he encontrado con personas que hablan de “paradigmas” como si se trataran de una combinación entre “paradoja” y “enigma”. Me intriga lo que entienden ante expresiones comunes como “un nuevo paradigma” o un “cambio de paradigma”. Por otro lado, me agrada que exista una palabra que aluda a algo que, según el discurso de nuestra época, es necesario romper (aunque nadie entienda muy bien por qué deberíamos hacerlo). También mencionó palabras que, por momentos, parecen convertirse en otras: Dolo, que está a punto de ser “dolor”, pero casi con disimulo. La he escuchado en contextos donde se sugiere que implica infligir dolor a alguien. Quizás, en el fondo, lo que me agrada de “dolo” es que restituye la responsabilidad del individuo (que quiere cometer un delito a sabiendas de que se trata de un ilícito).
Para Christopher Domínguez Michael, Adrede es un término llamativo por su connotación y porque para un crítico no hay lecturas circunstanciales. Antonio Ortuño añadió componentes lúdicos: Espada, Armada y Lascivia; y Alberto Chimal me hizo reflexionar acerca de un paraje inmenso: Hermosura, porque recuerda junta a toda la belleza posible.
Ignacio Sánchez Prado rememoró a Rubén Darío al incluir Canéfora (mujer griega que era portadora de ofrendas), consideró la volatilidad de Etéreo y la contundencia de Inmarcesible. Catalina Aguilar Mastretta adicionó razones refrescantes: Picaporte, porque se siente rico decirla; Tiempo, porque no rima con casi nada; y Sobremesa, porque no existe en casi ningún otro idioma.
Las palabras de Eloy Urroz han sido pronunciadas casi en todas las casas de México: Papá, Mamá, Mijito. Silvia Molina eligió únicamente Mariposa, pues al decirla pareciera que las letras vuelan. Jorge F. Hernández: Jitanjáfora, aunque ya no sea una invitada recurrente del idioma; Barandal, pues nos permite asomarnos al mundo; y Almohada, para procurarnos los sueños.
Xavier Velasco se decantó por Escándalo, porque es una provocación; Idilio, ya que desafía al miedo; y Gaznápiro, pues se queda en el oído, como el trino de un pájaro. La última encuestada fue Cristina Pacheco y basó su criterio en dos vocablos iniciáticos: Tierra y Lenguaje.
Espero que este breve ejercicio ilustre la vitalidad de nuestra lengua y de las voces que la nutren, para que podamos reconocer su vocación comunitaria. En lo que a mí respecta, confieso mi predilección por Lucidez en la acepción que le dio René Char: la herida más próxima al sol.
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