Las imágenes de Barack Obama y Raúl Castro caminando en las calles de La Habana son imprescindibles. Cuando Obama llegó a Cuba la semana pasada, marcó la primera visita de un mandatario estadounidense en ese país desde hace nueve décadas, y la primera desde la Revolución Cubana de 1959. Obama fue rotundamente criticado por algunos sectores en Estados Unidos por su decisión de viajar a Cuba, pero nunca tuvo duda de que le tocaba cambiar la política de confrontación entre su gobierno y el cubano.

Ha sido igualmente criticado por firmar un acuerdo con el gobierno iraní para controlar su programa nuclear, un arreglo que permite que los iraníes vuelvan a vender petróleo en el mercado abierto y que se dé fin a las sanciones financieras internacionales. Si bien el reencuentro con Irán es menos amplio y caluroso que con Cuba, Obama no dejó duda de que estaba dispuesto a dialogar ampliamente con un gobierno que había sido considerado enemigo de Estados Unidos desde hace más de tres décadas.

Ambas decisiones son producto de una visión particular que Obama tiene, que lo distingue de otros mandatarios recientes del país. Para empezar, representa un cambio generacional importante. Se formó políticamente en el periodo en que se acababa la Guerra Fría y él percibe un mundo que no es sólo blanco y negro, de amigos y enemigos, sino uno de una complejidad que se tiene que manejar con sutileza. También es producto de haber crecido en una familia internacional, con un padre africano (a quien conoció poco), un padrastro indonesio, una madre internacionalista y el entorno de Hawái, profundamente imbricado de distintas culturas y herencias.

En un artículo recién publicado en la revista Atlantic, Jeffrey Goldberg, quien ha entrevistado a Obama múltiples veces, trata de explicar la visión de éste hacia el mundo. Argumenta que es, sobre todo, un hombre de la escuela del realismo geopolítico, que tiene dudas sobre la influencia real que debe tener el gobierno estadounidense en el mundo, aunque también con una dosis de internacionalismo en cuanto al apoyo a instituciones multilaterales. A diferencia de sus antecesores en la presidencia, duda de usar el poder de su gobierno para cambiar las circunstancias de otros países y de conflictos en otros lados del mundo.

Su viaje a Cuba fue emblemático de ésto. Si bien criticó la falta de libertad de expresión en Cuba, también reconoció los errores de Estados Unidos en tratar de aislar a Cuba en el pasado, y usó un poder suave para abrir un debate más amplio. En la conferencia de prensa que dio con Castro, Obama tomó preguntas sobre el embargo estadounidense a Cuba (que criticó porque sigue vigente, gracias al Congreso, aunque es cada vez más limitado) y le pasó la palabra a Castro para contestar preguntas difíciles sobre derechos humanos y libertad de expresión. Abordó temas difíciles, mas no regañó ni atacó al gobierno cubano y viceversa.

Hay muchos críticos de la forma de política exterior que ha ejercido Barack Obama. Algunos quisieron verlo mostrar mucha más energía y fuerza al confrontar a Rusia y China en sus aventuras bélicas en Ucrania y en Asia Oriental, respectivamente, y se preocupan de que con el estilo suave de Obama Estados Unidos está perdiendo influencia a nivel internacional. Otros lo critican por no intervenir en causas humanitarias como Siria, un conflicto en el que Obama ha sido muy cauteloso y poco comprometido, o en temas de derechos humanos en países como Cuba.

Es muy probable que quien siga a Obama en la presidencia de Estados Unidos, sea republicano o demócrata, tenga una política exterior más robusta y muscular. Pero por ahora, el mundo está viendo un mandatario estadounidense que tiene mucho escepticismo sobre el uso de su poder en el plano internacional y una actitud pragmática hacia algunos de los países que sus antecesores veían como rivales a vencer.

Vicepresidente ejecutivo del Centro Woodrow Wilson

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