Suscríbete

Sepp Vader

Álvaro Enrigue

Con el caso FIFA no estamos ante un escándalo de corrupción en una institución, sino en todo el universo: todos adentro, todos callados (...) Aunque la salida de Blatter mejorará algunas cosas, no las cambiará del todo

No había que ser un especialista en lógica medieval para entender que la explicación más simple para las desconcertantes selecciones de sedes mundialistas de la FIFA en los últimos años era la corrupción. Nada más podía explicar maniobras gigantescas y demenciales como el imposible Mundial de Qatar, pero también ese sinnúmero de pequeñeces insoportables como el gol de mano anotado por Henry para que Francia clasificara e Irlanda no, o aquel penal —todavía impune— del que dependía la clasificación de Italia a la segunda ronda de la Copa de Alemania y que le fue marcado a un jugador australiano fuera del área. Eso por no hablar de lo estupendamente a modo que le quedan los grupos a los equipos que siempre ganan o, aceptémoslo, ese misterioso sistema de eliminación de CONCACAF según el cual México puede no ganar nunca y perder mucho en las rondas premundialistas y aun así pasar a la Copa si le empata en casa a Nueva Zelanda —o le gana por uno a once fichas de ajedrez regadas por un campo—.

En una primera instancia, lo impresionante del caso FIFA no es que el organismo esté podrido de la cabeza a los pies —todo el mundo lo sabía—, sino que ningún oficial en ningún gobierno de los 209 países a los que la Federación jode a capricho haya sido lo suficientemente incorruptible para ordenar y sostener una investigación como la que emprendió el Departamento de Justicia de los Estados Unidos.

Con el caso FIFA no estamos ante un escándalo de corrupción en una institución, sino en todo el universo: todos adentro, todos callados. Pero eso sólo en una primera instancia. Destapada la cloaca, incluso un lector de periódicos mexicanos —fogueado en el crapuloso cinismo de los funcionarios que confunden su oficina con un cajero automático— se queda sin aliento: el tamaño y la constancia de las cifras que repartían los oficiales de la FIFA como si fueran manzanas rebasa cualquier expectativa. Que los altos funcionarios del gobierno de México se sigan quedando sin futuro político a cambio de una casita, los amos del soccer y todo lo que lo toca reciben dineros con los que se podrían fundar repúblicas. Queda colateralmente demostrado que el futbol cumple con todos los requisitos para ser considerado una droga recreativa: los gringos no lo han prohibido, pero ya están engordando el expediente.

De todo lo que se ha dicho en los últimos días, mi declaración preferida es la de la presidenta Rousseff, firme y escueta: una investigación como esta no puede más que beneficiar al futbol. Pero no tanto. Aunque la salida de Blatter mejorará algunas cosas, no las cambiará del todo. El hecho de que la FIFA sea una superestructura internacional privada, como la iglesia católica —El Vaticano, por cierto, es el único Estado europeo no afiliado ni a la FIFA ni a la UEFA, yo creo que por envidia—, la vuelve inaprensible: no le rinde cuentas a nadie más que a sus socios y puede hacer lo que se le de la gana con su dinero, siempre y cuando nadie denuncie. Para que ganaran sólo los que mejor juegan, toda la estructura del negocio del futbol tendría que modificarse y eso sólo se lograría con un boicot universal a la FIFA y sus Federaciones. Sin audiencias no hay negocio, sin televidentes se acaban los patrocinadores y el cochinero de la compra venta de transmisiones. Lo sé, lo entiendo, me queda clarísimo. Y aún así, aquí estoy: terminando este artículo temprano para poderme bajar a ver la final de la Champions.

 

Escritor. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama)

Comentarios