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Vecindad de la guerra

Álvaro Enrigue

En estas semanas horribles de bombas y metralla, semanas en las que quienes llevamos un tiempo en el mundo podemos reconocer el olor a mierda de la conflagración que se avecina, conviene preguntarse si es cierto que la violencia entre Estados es un mal necesario, si guerrear es esencialmente humano y viene con el paquete. Los arqueólogos piensan que no, que la guerra, contra lo que dicta nuestra intuición, es un invento y más bien tardío, al menos en Europa.

El primer evento militar de gran escala en la prehistoria europea sucedió entre el año 3600 y 3500 a.C., cuando la mayoría de las villas milenarias de la zona fueron quemadas y abandonadas. Otras nuevas se fundaron, pero eran sustancialmente distintas: estaban fortificadas con vallas, torres y pozos; tenían cementerios en los que fueron enterrados los primeros esqueletos ajuareados del viejo continente.

Este episodio de violencia del que nada sabemos salvo que sucedió e impuso unas maneras de hacer las cosas sobre otras más antiguas, ha sido explicado, en general y tal vez con razón, como producto de un cambio climático: las mediciones de polen sepultado en las profundidades del hielo groenlandés y las marcas en los anillos de los troncos fosilizados de Europa coinciden en mostrar que hacia el año 3700 a. C. la temperatura descendió de manera lo suficientemente dramática para modificar los patrones migratorios de los animales de caza. Los venados y los alces dejaron de pasar cerca de los campamentos de los forrajeros que los cazaban, se extinguieron las vacas ferales, se fueron los bisontes. Aparecieron las ovejas, magras de carne y dueñas de una lana larga y enroscada. Los peces, que eran la base proteica de la dieta europea, migraron a zonas de aguas más templadas. El trigo, el maíz y la avena dejaron de crecer; resistió sólo el centeno. Y hay un hecho curioso: la única especie doméstica que siguió expandiéndose fue la de los caballos. De todo el ganado mayor del periodo, eran los únicos animales con la habilidad de romper el hielo con las pezuñas en lugar de con las narices y podían viajar a pastizales más remotos cuando el frío impedía que crecieran los de las zonas en que solían alimentarse.

El arqueólogo estadounidense David W. Anthony se preguntó, antes de escribir The Hores, the Wheel and Language, cómo era que los pastores de la transición entre el neolítico y la Edad del Bronce podían cuidar de sus manadas de caballos en un contexto como este y concluyó, con lógica Okhamiana, que la explicación más económica tenía que ser también demostrable: montando en otros caballos.

Según David W. Anthony, hacia el año 3600, un grupo de forrajeros de Ucrania y Kazajistán inventó el freno para caballos y con él, la posibilidad de la invasión sorpresiva. Un caballo con freno es la más letal y revolucionaria de todas las armas de su hora. Fue en esa época, también, que se alcanzó la noción según la cual la jefatura política se basa en un equilibrio entre la administración de la violencia y la concesión de beneficios. Ese equilibrio se impuso mediante una segunda tecnología también invencible: la lengua Indoeuropea, cuya gramática y vocabulario está en la raíz de todos los idiomas de herencia eslava, báltica, germánica, céltica, itálica, helénica, indoirania o anatólica, es decir, casi todas las lenguas que una persona nacida del lado del mundo en que yo nací va a escuchar o ver escritas en su vida.

La valla y el foso, el asalto y el pillaje, el garrote y la jabalina, la migración forzada, el asesinato político, las relaciones de patronazgo a cambio de seguridad física y alimentaria, la dispersión genética mediante la violación sistemática de las mujeres del enemigo, hablar latín, griego, hindi o español —lenguas fáciles de traducir unas a otras porque comparten la misma morfología esencial y un porcentaje alto del vocabulario—, no fueron inventos revolucionarios, sino acciones desdobladas —consecuencias naturales— de los gestos madre que suponen cambiar el final de un verbo para conjugarlo y tirar de las riendas para que frene un caballo.

Cualquiera que haya lidiado con pronombres enclíticos y verbos subjuntivos en cláusulas adverbiales sabe que la gramática no es el infierno, pero puede desatarlo. Lo de los caballos es contra intuitivo: nos parecen pura libertad, entrega, pero eso se debe a que las fuerzas de caballería montan hace ya tres generaciones en tanques de guerra y helicópteros. Antes, el golpe de las pezuñas en el suelo era sinónimo del arribo de la brutalidad y la desolación. La metralla parisina, las bombas en Siria. Allá vamos de nuevo.

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