Bowituario

Álvaro Enrigue

David Bowie fue un artista íntegro... que tal vez nos heredó un mundo levemente más habitable: su defensa temprana de las sexualidades fluidas fue una escuela de tolerancia en el horrible mundo del rock...

La muerte de una estrella de rock suele desatar la cursilería y limitar nuestra capacidad de análisis. Nuestra relación con ese género musical maestro que es la canción está tan ligada a la memoria emocional y la experiencia humana es tan chata —Borges decía que todos los seres humanos tienen todas las experiencias humanas— que tendemos a repetir lo que todo el mundo ha dicho, aun si no lo habíamos escuchado. Además, la canción es un género sencillo, infeccioso, corto, que genera automáticamente territorios comunes. Pasé la tarde en que David Bowie estaba agonizando escuchando con lupa Blackstar, su último disco, con mi hijo de 19 años. Ambos tenemos, naturalmente, vidas radicalmente distintas, gustos distintos, actitudes distintas; ni siquiera le vamos al mismo equipo de futbol, pero desde que volvimos al mundo de los discos de vinilo nos hemos pasado muchos domingos cazando elepés de Bowie —los más caros y difíciles de conseguir porque no se han reimpreso. Cuando conseguimos uno nos sentamos a escucharlo con la seriedad con que atendemos a Miles Davies y la concentración con que ocupamos nuestros asientos —baratazos, pero nuestros— en la Filarmónica de Nueva York.

Me queda clarísimo que David Bowie no era Mahler, que su talento para construir y desconstruir una secuencia de notas estaba a años luz de lo que Davis podía hacerle una canción, que no le llega a Pérez Prado, tal vez ni a Prince, pero también me parece que no era su intención. Los grandes músicos se mueven de frente, reproduciendo, multiplicando, estirando una idea sobre lo que se puede hacer con una determinada manera de disponer los sonidos en armónicos. David Bowie, que por cierto nunca se definió como músico porque consideraba que la canción era solamente una parte de un proyecto creativo más amplio, se movía lateralmente. Su trayectoria no procedió por concentración, sino por expansión; cuando componía no agregaba: mutaba. No era ni un delantero ni una lateral, sino un contención incansable que con cada mutación ponía un centro para quien supiera bajarlo en el área. En ese lugar, tal vez discreto en la música pop de fines del siglo XX y principios del XXI, fue el mejor de todos porque marcó a un mundo completo; fue el vecino universal y el maestro al que había que atender para saber qué era lo que venía, del verano de 1969 al miércoles pasado: un sostenuto bárbaro.

Pasadas esas 24 horas que tantos pasamos escuchando incansablemente nuestros discos y playlists de Bowie —no recuerdo la muerte de Lennon, así que nunca había visto a tanta gente brindar por la memoria de alguien a quien no había conocido—, mi hijo mayor me sorrajó una de esas verdades que sólo puede soltar la mente rabiosamente obsesiva de un adolescente —a 12 horas de la publicación de Blackstar ya se sabía todas las canciones—: el compromiso del músico con su trabajo era tan vasto e integral que asumió su propia muerte y agonía —lenta y salvaje, según sabemos ahora— como una oportunidad creativa.

Creo que no había un sistema en la parte musical del trabajo de David Bowie, pero había ciertas reiteraciones: un uso alto —a veces desafortunado—, del saxofón, un gusto por el tratamiento de un álbum como una sola emisión musical, un interés por los medios tonos, una preocupación por que el disco fuera la base de un buen performance y no al contrario —gracias a Bowie se abolió la idea estupenda pero suicida de los Beatles, según la cual el estudio era el principal instrumento de una banda. El único continuo de su carrera era también una limitante biológica: su voz. Por más que trabajó con ella, fue siempre irremediablemente la misma, el grado cero de su identidad como compositor y performista —quien lo haya visto en vivo sabe que estoy hablando de una máquina de producir experiencia desde el escenario.

David Bowie fue un artista íntegro —no tengo idea de qué clase de ser humano fuera, aunque en entrevista me pareció siempre inteligente y notablemente culto— que tal vez nos heredó un mundo levemente más habitable: su defensa temprana de las sexualidades fluidas fue una escuela de tolerancia en el horrible mundo del rock —barbado y cervecero—; su fe en la mutación nos entregó una pizca de libertad: no hay tradiciones, ni siquiera personales; su empeño en concebir álbumes difíciles de entender a la primera es un elogio de la constancia —siempre es mejor ser difícil, pero hay que dejar entradas. El hecho de que no volveremos a escuchar su voz me rompe, todavía, el corazón.

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