Violencia: es complicado

Alejandro Hope

Algo nos pasó entre 2008 y 2011. En un espacio de tres años, el número de asesinatos en el país se triplicó

Algo nos pasó entre 2008 y 2011. En un espacio de tres años, el número de asesinatos en el país se triplicó. La tasa de homicidios pasó de 9 a 24 por 100 mil habitantes. De acercarnos a niveles estadounidenses a tener un perfil de violencia casi idéntico al de Brasil.

¿Qué fue ese algo? No lo sabemos con precisión. Es posible, como lo he argumentado en otra parte (http://ow.ly/OWjsi), que el algo no sea algo, sino muchas cosas a la vez: una confluencia trágica de factores internos y externos que produjo un tsunami homicida. Pero, como sea, estamos ante un debate inconcluso.

Ahora se nos ha abierto otro: ¿por qué la escalada de violencia se detuvo en 2011? ¿Por qué los homicidios empezaron a disminuir a partir de ese momento? Para estas preguntas, tenemos mucho menos respuestas. Se han adelantado algunas hipótesis, pero no son mucho más que eso.

El domingo, EL UNIVERSAL aventó su sombrero al ruedo explicativo. Según la nota, la disminución en el número de homicidios sería resultado de la detención o abatimiento de cabecillas de los grupos criminales.

La teoría no es descabellada. Cazar capos y desmantelar grupos criminales podría tener un impacto pacificador por tres vías: 1) al recluirlos o matarlos, se incapacita a algunos delincuentes para cometer nuevos actos de violencia, 2) se puede generar un efecto disuasivo al comunicar a delincuentes que pueden recibir un castigo por sus actos, y 3) al eliminar a algunos grupos, es posible reducir el conflicto entre bandas.

Sin embargo, la decapitación de una banda criminal puede también generar violencia, por conflictos sucesorios, por desprendimientos de algunos grupos o por vacíos que son aprovechados por bandas rivales.

¿Cuál es el efecto neto? No es fácil saberlo. En primera instancia, hay problemas de definición: ¿qué es un capo? La respuesta a esa pregunta no es evidente. En la nota, se dan por buenas las definiciones de la PGR, pero es necesario problematizarlas. Podría tratarse de una racionalización post hoc. Por ejemplo, una vez detenido un individuo, la autoridad le puede asignar una importancia que no necesariamente tenía.

Un segundo problema es la temporalidad de los efectos. En lo inmediato, la detención de un capo podría ser desestabilizadora, pero en el mediano plazo se podrían sentir efectos pacificadores. Pero no es obvio hasta cuándo hay que contar. Si en una región disminuyen los homicidios años después de capturado un capo, ¿la caída de la violencia debe interpretarse como producto de la detención? Tal vez, pero tal vez no.

Un tercer problema tiene que ver con alcances geográficos. Si un mes después de detenido El Chapo Guzmán, disminuyó la violencia en Tamaulipas, ¿debe atribuirse esa reducción a la captura? ¿Hay efectos disuasivos que trascienden la zona de operación de un grupo? De ser el caso, ¿cuál es el límite?

Estos problemas no son irresolubles. Hay una amplia literatura académica sobre el tema. Hay técnicas estadísticas que ayudan a controlar los efectos de diversos factores. En breve, hay muchas cosas que se pueden hacer para dilucidar si una teoría tiene patas.

Lo único que no se puede hacer es encontrar dos series de datos y suponer sin más que están vinculadas causalmente. Siguiendo la lógica de la nota, se podría afirmar con mismo grado de certeza que el incremento en el número de huracanes produjo una disminución de los homicidios. Pero a nadie se le ocurriría (supongo) publicar una nota afirmando que a más ciclones, menos homicidios, no sin antes hacer múltiples pruebas estadísticas y consultar la literatura académica disponible.

Perdón, pero esto de la violencia es complicado.

Analista de seguridad.
@ahope71

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