Belarús: ¿una nueva revolución de color en la frontera rusa?

Los ecos de la desintegración soviética están presentes en la crisis en Belarús, donde el presidente Alexander Lukashenko tiene los días contados

Belarús: ¿una nueva revolución de color en la frontera rusa?
Más de 100 mil personas protestaron en la capital de Bielorrusia exigiendo la salida del autoritario líder del país a quien acusan de ganar las elecciones mediante fraude - Foto: EFE
English 28/08/2020 17:19 Gabriel Moyssen Ciudad de México Actualizada 17:38

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Los ecos de la desintegración soviética están presentes en la crisis en Belarús, donde el presidente Alexander Lukashenko tiene los días contados. Sin embargo, el país no se convertirá en otra Ucrania destrozada por la guerra.

Casi 30 años después de la independencia obtenida por la antigua Bielorrusia (Rusia Blanca), las protestas masivas contra el gobierno de Lukashenko nos recuerdan que los nuevos estados nacidos de la Unión Soviética han fracasado en completar su transición a un sistema político viable.

Parte de la Rus de Kiev, del Gran Ducado de Lituania, de la Mancomunidad Polaco-Lituana y del Imperio Ruso en el pasado, Belarús ha sido gobernada por Lukashenko durante los últimos 26 años; ex director de una granja colectiva (koljos) que también sirvió en el Ejército Rojo, Lukashenko simboliza a la élite comunista o nomenklatura—incluyendo al presidente de Rusia, Vladimir Putin—que retiene el poder desde Minsk hasta Asia Central.

En ausencia de una sociedad civil desarrollada e instituciones no estatales fuertes, un problema que ha plagado a otros países como México debido al predominio de un solo partido político, Belarús permaneció bajo un régimen autoritario.

Lukashenko ganó su única elección libre e imparcial en 1994 y desde entonces ha manipulado los resultados de los comicios en intervalos de cinco años. En cada caso surgieron protestas en Minsk, pero la oposición estuvo dividida o fue ignorada por los trabajadores industriales y la población rural, que se benefician de la economía de planificación central.

Este aspecto reviste la mayor importancia para el futuro de Belarús, ya que Lukashenko, tras aprender las duras lecciones de las reformas económicas apoyadas por Occidente en Rusia, logró abatir la pobreza. De acuerdo con el Banco Mundial, el índice de pobreza cayó de 60% a sólo 5% en Belarús, en comparación con un promedio de 14% en Europa y los países de Asia Central.

La desigualdad de ingresos en Belarús es menor que en Ucrania y Rusia; una nueva clase media está emergiendo en la capital (que concentra a dos de sus 9.5 millones de habitantes), gracias a la creación de un parque tecnológico con 450 startups que trabajan en el desarrollo de programas informáticos y tercerización.

Lejos de ser un aliado incondicional de Putin, Lukashenko sacó ventaja del tratado sobre el Estado de la Unión de 2000 con Moscú para obtener subsidios energéticos que permitieron a Belarús importar petróleo ruso a precios por debajo del mercado. Después el crudo era refinado y vendido a escala internacional, generando ganancias anuales por USD $13 mil millones; un acuerdo similar existió para el gas natural, distribuido mediante la vasta red de gasoductos de la era soviética y luego revendido.

El líder bielorruso rechazó cumplir con la mayor cooperación establecida por el tratado, para abrir la economía de su país a la inversión rusa. Jugó con el temor del Kremlin a que Minsk se inclinara hacia Occidente, en una región de relevancia geopolítica crucial, semejante a Ucrania para los intereses de Rusia, incluso comprando petróleo de esquisto estadounidense.

No obstante, las cosas empezaron a cambiar el año pasado, pues Putin ordenó la eliminación gradual de los subsidios energéticos para 2024. Es dentro de este marco que Lukashenko buscó reelegirse el 9 de agosto; una vez más, fue declarado ganador con 78% de los votos en un proceso empañado por denuncias de fraude, pero ahora la oposición cerró filas en torno a la candidata independiente Svetlana Tijanovskaya.

Activista de derechos humanos
Activista de derechos humanos, Tijanovskaya es la esposa del disidente Siarhei Tsijanouski, arrestado en mayo tras anunciar su intención de participar en la elección presidencial. Tijanovskaya huyó del país en las horas siguientes a la votación y recibió asilo en Lituania, donde ha llamado a “continuar y ampliar” las huelgas en el sector industrial que están paralizando la economía.

En su última declaración por video esta semana, dijo al Parlamento Europeo que los manifestantes están siendo “detenidos ilegalmente, encarcelados y golpeados”. La “revolución democrática”, afirmó, no es ni pro rusa ni antirrusa; sin embargo, Tijanovskaya también ha subrayado su disposición a negociar.

El objetivo del Consejo de Coordinación Nacional (CCN), formado tras las impugnadas elecciones, “es entablar un diálogo con las autoridades actuales. Espero que el diálogo tenga lugar pronto. Pero la primera condición es liberar a los prisioneros políticos”, declaró.

Las demandas del CCN fueron apuntaladas el miércoles por la Nobel Svetlana Alexievich, después de que fue citada por el Comité de Seguridad del Estado (KGB) en Minsk. Ante una multitud congregada afuera del edificio, expresó que “quizás el mundo nos ayudará a que Lukashenko comience a hablar con alguien. Necesitamos que el mundo y tal vez Rusia ayuden”.

Cientos de manifestantes han sido arrestados por la policía y al menos tres han muerto en la violenta represión de las protestas ordenada por Lukashenko. El asediado mandatario bielorruso ha acusado al CCN de intentar tomar el poder, y desplegó fuerzas en la frontera oeste.

“Tropas de la Alianza Atlántica están en nuestras puertas. Lituania, Letonia, Polonia y Ucrania nos están ordenando realizar nuevas elecciones”, aseveró a sus simpatizantes en un mitin en Minsk.

Según reportes de prensa occidentales y rusos, hay consenso en que el Kremlin no está casado con Lukashenko, aunque quiere una transición que asegure que Belarús no se transformará en otro vecino hostil como Ucrania.

Señalan a la “solución armenia”, en la que una “revolución de color” parecida tuvo lugar en el país caucásico en 2018 sin despertar la preocupación del Kremlin, ya que no trajo consigo ninguna amenaza para su alineamiento geopolítico pro ruso.

Por lo pronto, Putin recalcó el jueves que su gobierno ha formado una “unidad de aplicación de la ley” a solicitud de Lukashenko, pero no será utilizada a menos de que la situación salga de control.

La intervención de Moscú hasta ahora ha sido sutil y quirúrgica, al enviar unidades especiales del Servicio Federal de Seguridad (FSB) para trabajar en el frente de la guerra híbrida y contrarrestar las operaciones de desinformación de grupos opositores con base en Polonia y Lituania.

En la arena política, estuvieron detrás de la decisión de liberar a detenidos y de la organización de manifestaciones en respaldo de Lukashenko, explicó Stalker Zone; un elemento clave fue la recomendación de recompensar al ejército por su servicio, “dejando claro así que no abandonarán a los militares, porque temían represalias y muchos pensaron que serían entregados a la gente para calmar las protestas”.

Con respecto al frente diplomático, en conversaciones privadas con la canciller federal alemana Angela Merkel y el presidente francés, Emmanuel Macron, Putin les ha recordado lo que significa “situación fuera de control” para Moscú: cualquier amenaza a la posición de Belarús como un estado tapón entre el bloque de la OTAN y Rusia, así como a su membresía en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva y la Comunidad Económica Eurasiática.

Es en este punto donde la oposición por sí misma se ha desacreditado, al permitir un papel protagónico para grupos ultraderechistas y antirrusos similares a los extremistas ucranianos en un país homogéneo, donde 98% de la población habla ruso y ha recibido ayuda económica anual de su vecino oriental equivalente a 12% del PIB.

Mientras que Tijanovskaya cometió un error al reunirse con el neoconservador francés Bernard-Henri Lévy, quien ha promovido operaciones de cambio de régimen de la OTAN desde Trípoli hasta Kiev, la plataforma electoral de la oposición indicó que sus prioridades serían el retiro del Estado de la Unión, la Comunidad Económica Eurasiática, la Unión Aduanera y “otros organismos de integración dominados por Rusia”.

El documento llamó a prohibir “las organizaciones pro rusas cuyas actividades son contrarias a los intereses nacionales”; también propuso sanciones penales contra las “declaraciones públicas que cuestionen la existencia de una nación bielorrusa separada y/o su derecho histórico a poseer un Estado”.

Sus metas a medio plazo incluyen, agregó, la creación de sanciones penales por insultos al idioma bielorruso y “emprender una descomunización y una desovietización integral de Belarús; la bielorrusización de la vida religiosa de todas las denominaciones cristianas y de otros cultos, así como del sistema educativo en todos los niveles y formas”.

Aunque Tijanovskaya y Alexievich son las caras moderadas del movimiento opositor, sus aliados impulsan una agenda que sembrará la división en la sociedad bielorrusa. Más allá de los dirigentes de la OTAN interesados en fomentar la inestabilidad en los vecinos de Rusia, el mundo debe preguntarse si además de las elites de Minsk el pueblo bielorruso aceptará el uso de la bandera rojiblanca de 1918, relacionada con las fuerzas contrarrevolucionarias.

Es probable que más que una “solución armenia”, Belarús deba mirar a otro de sus vecinos, Finlandia, donde la neutralidad ha ido de la mano con la construcción de una de las sociedades más prósperas del planeta.

Editado por Sofía Danis
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