Más allá de la reorganización institucional que hoy vive la natación mexicana, el verdadero debate está en el sentido profundo del proyecto: ¿Para qué construir un Sistema Nacional moderno y sostenible?
La respuesta va mucho más allá del alto rendimiento o la obtención de medallas. Se trata de una apuesta estratégica por la salud, la educación, la cohesión social y la competitividad del país.
El objetivo general es claro: Consolidar un sistema profesional que forme atletas con proyección internacional, garantice procesos transparentes, integre ciencia y tecnología en el entrenamiento, además de que asegure continuidad rumbo al ciclo olímpico 2027-28, con una visión integral hacia 2030. Esto implica dejar atrás la improvisación y construir un modelo basado en evidencia, profesionalización y compromiso colectivo.

La natación impacta directamente en las personas. Mejora la salud física, reduce la obesidad y las enfermedades crónicas, fortalece el sistema cardiorrespiratorio y disminuye el impacto articular. En el plano mental, contribuye a reducir estrés y ansiedad, al tiempo que desarrolla disciplina, constancia, resiliencia y autocontrol, especialmente en niñas, niños y jóvenes.
El impacto también es social. Genera entornos seguros y estructurados, fortalece la convivencia comunitaria, promueve la inclusión y la equidad de género, aunado a que puede ser un factor de prevención en contextos de riesgo.
En términos deportivos, una base amplia de participación permite medir objetivamente el progreso, detectar talento y elevar la presencia internacional del país. Y en el ámbito nacional, un sistema acuático robusto genera empleos, dinamiza la economía del deporte, abre oportunidades de becas y mejora la imagen.
La historia respalda esta visión. Lo ocurrido en los Juegos Olímpicos México 1968 no fue un hecho aislado, ni producto de la casualidad. Aquellos resultados históricos —nueve medallas totales para el país, incluidas las conquistas de Felipe Tibio Muñoz en los 200 metros pecho y María Teresa Ramírez en los 800 libre— fueron consecuencia directa de un contexto excepcional: Inversión en infraestructura, organización de alto nivel, preparación metodológica y acompañamiento técnico, acorde a los estándares internacionales de la época.
México contó entonces con instalaciones modernas, acceso a competencia de calidad y un entorno que colocó al deportista en el centro del proyecto. Más allá de las preseas, 1968 dejó una lección estructural: Cuando hay apoyo, el talento mexicano responde.