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El título, el epígrafe, el corazón de la historia y la información que subyace en “Noche, noche, noche” (Hachette Literatura), primera novela de la escritora y politóloga colombiana Diana Obando, parten de una versión libre de un fragmento del mito fundacional de la cultura Kogui sobre el origen de la creación.
“Según el mito, al principio las primeras gentes humanas no tenían ni manos ni pies, solo tenían boca y, como no tenían lenguaje todavía, lo primero que dijeron cuando la madre mandó que hablaran fue ‘sai, sai, sai’, es decir, noche, noche, noche”, asegura la narradora.
Este “sai, sai, sai” o “noche, noche, noche” es una suerte de mantra que habla explícitamente de la noche, “pero de la noche como un momento de este viaje que estamos haciendo en esta gran esfera de piedra que gira alrededor del Sol; también de la noche de la conciencia por la que atraviesan los protagonistas, como ese lugar a oscuras que es el inconsciente; y, por último, de la noche de la humanidad misma y de las gentes que habitamos acá”.
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“Es decir, mi libro va hasta bien atrás, hasta la primera gente que pisó la corteza terrestre e hizo el suelo muriendo, hizo el suelo sobre el que hoy caminamos”, añade.
La novela, que transcurre entre el mundo de la vigilia y el de los sueños, establece también una relación entre la naturaleza y los seres humanos, en una comunión que se ha perdido, pero que hoy se recupera tras historias de violencia, como la que ha vivido Colombia.
Ahí hay, apunta Obando, un reconocimiento de la memoria histórica y un retorno a esa mitología, con información objetiva y material de una historia que viene de mucho tiempo atrás.
“En muchos lugares siento que hay unas narrativas que quieren hacernos pensar que esta crisis es lo único que hay, pero más bien existen comunidades a lo largo y ancho del planeta que, durante cientos de años, han sostenido una forma de relacionarse muy equilibrada con la naturaleza, y eso es lo que se ha invisibilizado”.

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“La distinción misma entre cultura y naturaleza es artificial”, afirma la escritora.
Diana Obando, coautora de libros como “Plantas de ciudad” y “Siete plantas: historias de la gente sin nombre”, considera que, al final, los seres humanos “somos otro bicho más” y además “bichos increíblemente porosos y permeables”.
“Una cosa importante en la novela era cómo disolver esos límites, cómo mostrar lo frágiles que somos. Mostrar que físicamente estamos hechos de muchas otras gentes; materialmente, más de la mitad somos bacterias y otros bichos que nos habitan con un ADN completamente diferente al nuestro, pero que son parte fundamental de nuestros procesos de digestión, respiración y pulso”.
“O sea, hay un montón de otros seres implicados en nuestro sostén vital”, señala.
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Pero al mismo tiempo, explica, la novela busca desdibujar la noción del Yo y mostrar lo fácil que puede ser desprenderse de la personalidad. Eso es precisamente lo que les ocurre a los personajes, en especial a Tomás, quien más lucha contra ello y, por lo tanto, quien más sufre.
“Hay algo que justamente nos hace humanos: esa posibilidad de apalabrarnos y relatarnos, pero entender que también existen animales y plantas que tienen su propio lenguaje”.
“Y eso nos pone en la posibilidad de contar historias, de contar el pasado y de relatarnos desde ahí. Parte de las preguntas que están puestas en ‘Noche, noche, noche’ tienen que ver con esa necesidad puramente humana de contar historias”.
Aunque la novela sigue a tres personajes inmersos en la naturaleza, también existe una conciencia de sus ancestros y, en ese sentido, dice Obando, son memoria viva en el cuerpo de los protagonistas.
Al mismo tiempo, plantea qué ocurre con el apego a esa memoria, especialmente desde su formación como politóloga y su experiencia en proyectos de memoria histórica.
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Entre ellos menciona el Proyecto Transmedia, una versión del Informe Final de la Comisión de la Verdad en Colombia, realizado por cientos de artistas, escritores, escritoras y cineastas que recopilan el relato de la sociedad y de la naturaleza.
“Al trabajar sobre cómo vamos a repararnos como sociedad se ha llegado a la declaración del río Atrato y del río Cauca como sujetos de derechos”.
“El río Cauca, en particular, ha sido reconocido como víctima del conflicto; un río que ha recibido durante años los desechos derivados del narcotráfico y químicos producto de la extracción, pero también cuerpos, porque durante mucho tiempo el Cauca se convirtió en una fosa”.
“Y se han hecho preguntas muy interesantes, por ejemplo: cómo hacer que el río declare, cómo tomarle la palabra al río para que nos hable de lo que ha vivido como víctima. Eso ha implicado grupos interdisciplinarios enormes haciéndose auténticamente esa pregunta”, concluye.
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