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El reciente nombramiento del músico, contratenor y director de ópera y sinfónico Iván López Reynoso (Guanajuato, 1990) como director principal de la Ópera de Santa Fe, llega en un momento de presencia internacional que ha ido en ascenso durante los últimos cuatro años en los que ha debutado en la Ópera de Zúrich, la Ópera de Berlín, el Teatro Real de Madrid y la propia Ópera de Santa Fe:
“Este nombramiento llega después de que el año pasado se me nombró igualmente director principal de la Ópera de Atlanta. Es decir, tendré estas dos responsabilidades, estos dos puestos paralelos. Una muy honrosa responsabilidad”, afirma López Reynoso, en entrevista, y se muestra entusiasmado ante el reto de estar al frente (empezará oficialmente para la temporada 2027)de una histórica compañía.
Arrancará con El barbero de Sevilla, ¿qué le representa?
Es curioso porque en el Rossini Opera Festival de Pésaro debuté internacionalmente con Rossini. Y Rossini se ha vuelto uno de los compositores más importantes de mi carrera, ha sido una especie de padrino musical porque me ha abierto la mayoría de las puertas más importantes de mi carrera: con él debuté en Europa, con él debuté en Sudamérica en Lima, con él debuté en Estados Unidos y en Japón. Tengo, además, el grandísimo privilegio de haber sido el primer director mexicano en dirigir en el Festival Rossini de Pésaro, y también de haber sido el director que estrenó en México su ópera El viaje a Reims en 2016. Todo esto hace que indiscutiblemente Rossini sea un compositor crucial y clave para mi carrera.
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Y da la hermosa casualidad de que El barbero de Sevilla fue la ópera con la que debuté no sólo en Santa Fe en 2022, sino que la primera entrada a Estados Unidos fue con esta misma producción que haremos en 2027. Me parece especialmente significativo que el inicio de esta nueva etapa y de este nuevo capítulo sea precisamente con la ópera con la que debuté allí, es una producción que desde el momento que la hicimos tuvo un éxito abrumador, tanto de taquilla como de público, al grado de que el año pasado que fui a dirigir La bohème —uno de los títulos que hizo que estrechara aún más mi relación con el teatro— hubo gente que todavía me decía que recordaban El barbero de Sevilla de 2022. Tres años después y con la cantidad de ópera que se hace allá, parte del público y de los asiduos la recordaban con muchísimo cariño. Efectivamente, será muy significativo iniciar así esta nueva relación artística a partir del próximo año.
¿Cuál será su impronta sobre la Ópera de Santa Fe?
El reto más grande es, en general, estar a la altura de las expectativas y de la propia expectativa. Quisiera que el legado, la huella que yo deje en Santa Fe y en los lugares a los que voy, sea que una interpretación logre cambiar a la persona que la está viviendo. Que la interpretación de una ópera logre cambiar al músico que le está tocando, al cantante que le está cantando, al público que le está escuchando, al equipo de producción que le está realizando, y al teatro que apoya esa visión y esa apuesta. Abrir el telón es probablemente uno de los actos más complicados del mundo. Para cocinar una ópera y hacer una función hay muchísimos meses y años de trabajo de cientos de personas.
Su llegada coincide con la celebración por los 70 años de la Ópera de Santa Fe
Sí, el año próximo me sumo a la casa de ópera justo en su aniversario 70. El fundador fue un hombre visionario, John Crosby, quien vio en el desierto de Nuevo México una oportunidad de oro para hacer ópera. Al leer sobre la historia de la Ópera de Santa Fe, sus inicios y las personas que trabajaron ahí, parecía inverosímil que en el desierto de Nuevo México se pudiera hacer un teatro de ópera, y hoy es uno de los teatros imprescindibles del panorama internacional. La Ópera de Santa Fe, el teatro, está dentro de los 10 más importantes de Estados Unidos y es el festival operístico más importante del continente. Esto fue por la visión de Crosby, que se atrevió a hacer esa apuesta y, claro, entre él y otras personas como Ígor Stravinsky, que pasó gran parte de su vida en Santa Fe, Estados Unidos, y es uno de los pilares del siglo XX. Es una institución con mucha historia. El año que viene hay una programación absolutamente espectacular para echar la casa por la ventana en el aniversario 70 de la ópera. Estoy agradecido con todo el equipo y, particularmente, con el director general, Robert Meya, un hombre visionario, trabajador, con un gran compromiso con la calidad y la excelencia, y una visión muy necesaria de cómo la ópera puede cambiar a la sociedad.
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¿Qué puede aprender México de la Ópera de Santa Fe?
Una de las cosas que a mí más me emocionan de la Ópera de Santa Fe es el compromiso brutal y absoluto de todas las personas que trabajan ahí. Es realmente una familia y un equipo de trabajo motivado, de forma absoluta, con muchas ganas, con mucho compromiso. Una de las áreas a mejorar en México es que vemos a la cultura como algo anexo, y no lo es. La cultura es parte de la sociedad. Y es parte crucial de la sociedad. No es ni un privilegio ni un entretenimiento. Es mucho más que eso. Es tan importante para una persona tener nutrientes físicos, a través de la alimentación, como obtener nutrientes intelectuales y emocionales, que son los que da la cultura.
Creo que México es, por excelencia, un país exportador de grandísimos talentos y, al mismo tiempo, siento que México aún tiene todo por hacer. Hay una gran cantidad de posibilidades por delante. Una de las cosas que Santa Fe Ópera nos tiene que enseñar —no sólo a México, sino al mundo entero— es que por encima de cualquier otra cosa, tiene que haber una vocación profunda, real e incansable por la excelencia.
¿Qué desafíos ve en el contexto mexicano del presente?
Una de ellas es el modelo mixto de dinero público con iniciativa privada. En los lugares del mundo que lo plantean y lo formulan, les ha ido bien. Es un modelo que valdría la pena analizar, evaluar y desarrollar.
Pero también creo, y esto es una reflexión personal, que estamos viviendo una época de una accesibilidad nunca antes vista, inédita, y eso repercute en el aprendizaje de los jóvenes músicos y talentos mexicanos. Se están acostumbrando a tener todo muy rápido y fácil. La música no es ni rápida ni fácil. La música es lo opuesto a la practicidad del siglo XXI tecnológico porque no puedes dedicarle 15 segundos como a un TikTok.
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Creo que la formación individual de los nuevos talentos mexicanos se está viendo ligeramente afectada por esa inmediatez y esa practicidad de la realidad del mundo actual. Es importante que ese gran aliado que puede ser la tecnología no nos juegue en contra a la hora de formar los nuevos valores de la música, los nuevos talentos. Los jóvenes tienen que hacer un estudio muchísimo más profundo, invertirle mucho tiempo, invertirle muchas horas. No es una cocción rápida. La música no es una carrera de comida rápida. La carrera de la música es una cocción lenta de muchas horas a fuego bajo, es un estofado de mucha paciencia y no un fast food de 15 minutos.
Creo, por otra parte, que está bien incluir la tecnología en la educación musical. Lo veo, por ejemplo, en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Panamericana, donde tengo un par de alumnos de dirección orquestal. Creo que es una institución que está tomando decisiones acertadas, se está incorporando bien la tecnología. La cuestión se trata, más bien, de un discernimiento que tiene que venir, por supuesto, del maestro, pero también tiene que venir del alumno. Una cosa es que alguien busque una partitura en Google y le aparezca fácilmente. Pero no se le puede decir a ChatGPT que practique tus escalas o arpegios. La tecnología no va a estudiar por ti y, por ende, debería recalcarse y mandar el mensaje de que eso no hará que una carrera sea exitosa.
¿Es este el mayor reto en la coyuntura actual para usted?
Yo estuve en el Conservatorio entre 2005 y 2008. No había teléfonos inteligentes, no había WhatsApp. Si veo un retroceso en la capacidad de estudio actual de las jóvenes generaciones, un poco por la dispersión que hay. La capacidad de concentración es mucho menor porque nos están bombardeando todo el tiempo con información. Todo eso debe cambiar para que una carrera se desarrolle con paciencia, tenacidad y mucho trabajo. Esto pasa en todas las disciplinas, pero en la música es particularmente grave porque un violinista, por ejemplo, que no le invierte tiempo a un pasaje, debe saber que el pasaje no saldrá solo. El músico va a pasar más horas de su vida estudiando que dando conciertos. Es importante que las nuevas generaciones entiendan, y se enamoren del proceso de estudio.
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