“El teatro debe tocar la experiencia humana, debe incidir en el público. No tiene sentido que el público vaya a ver una obra y salga igual que como llegó. Tiene que pasarle algo durante la obra. Y para eso hay que moverlo, entrar en la pasión humana, ya sea en la maravilla y la sorpresa o en el dolor y la pesadumbre, según la obra, pero tiene que mover al público”, afirma Silvia Peláez (Cuernavaca, 1959), quien recibe hoy el Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón 2026 en la Plaza Borda de Taxco de Alarcón en la XXXIX Jornada Alarconiana.
Con este premio, uno de los más importantes para un dramaturgo en México, Peláez se dice honrada: “Una combinación entre agradecimiento y alegría. Es un compromiso, una responsabilidad que se adquiere. Para mí, siempre un premio es un compromiso con mi sociedad, con mis colegas, con las generaciones anteriores y futuras”.
La escritora, que ha sido becaria del National Endowment for the Arts de EU y del programa Gateways’96 del Guadalupe Center en San Antonio, explica que actualmente su exploración creativa tiene que ver con la interdisciplina y el premio la encuentra en un momento de mucha productividad: “Un momento también muy avanzado porque tengo más de 35 años escribiendo para la escena. Otros colegas lo han encontrado más jóvenes, pero todo llega cuando debe llegar. A mí me llega en este momento en que también gozo del favor del Sistema Nacional de Creadores, y que estoy reactivando mi carrera porque se había detenido un poco en puestas en escena”.
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Una pausa que tiene que ver con múltiples factores, como la vorágine de la producción y la propia gestión artística: “Yo escribo más rápido de lo que se pudiera montar una obra”, explica la dramaturga y adelanta que ya elaboró los libretos de dos óperas, cuya música está en proceso de escritura. El antecedente, en esta línea, es la obra que hizo y estrenó en 2018 con Gabriela Ortiz, Luciérnaga. 12 días de encierro no apagaron su luz, basada en la historia de la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo durante el movimiento estudiantil del 68.
“Todo teatro es político, así hable de la sexualidad. Todo teatro es político, no lo puedes separar. En el caso de Luciérnaga… , yo no diría que es un teatro que expresamente hable de política. No habla de política, habla de historia y del arte como salvación, de luchar contra el poder que se pone a mansalva, de la agresión y cómo te salvas. Es una obra en que se opone la poesía contra el poder y, por lo tanto, es política. En términos generales, todo teatro es político, pero el teatro sobre políticos o cuestiones políticas es otra cosa”.
Peláez ya terminó la obra Canción de amor para una desaparecida, sobre feminicidios y desapariciones forzadas, y forma parte del proyecto Estéticas de la ausencia. Cartografía de la pérdida”.
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