La Navidad plasmada en ocho obras de maestros del Barroco y Renacimiento

El Museo del Prado alberga pinturas que ilustran la iconografía navideña. Aquí te mostramos algunas firmadas por Rubens, Velázquez, El Bosco, entre otros

Obras de arte navideñas
La obra "Tríptico de La Adoración a los Magos", del pintor Jheronimus van Aken, El Bosco. Foto: EFE/Ballesteros
Cultura 24/12/2020 12:59 EFE Actualizada 13:08
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La Navidad, o nacimiento de Jesús es uno de los acontecimientos de la liturgia católica más representado en el arte y de ello da fe la abundancia de grandes obras relacionadas con esta temática a lo largo del tiempo, especialmente desde el Renacimiento al Barroco. A continuación proponemos ocho obras del Museo del Prado de Madrid, dado los tiempos que corren, via "online".

El Museo del Prado de Madrid alberga grandes obras maestras relacionadas con la iconografía navideña que abarca, desde la Anunciación de la Virgen, la Natividad, la Adoración de los Pastores o la Epifanía de los Reyes Magos.

De entre las numerosas joyas sobre esta temática que conserva la pinacoteca española destacamos ocho obras de Fra Angelico, El Bosco, El Greco, Rubens, Velázquez, Zurbarán y Maíno, pintores que van del siglo XV al XVII.

En todas estas obras resalta el interés y esmero puesto por los artistas para ilustrar el mensaje de fe más trascendental: el nacimiento del Hijo de Dios, que viene al mundo, para salvar al hombre del pecado.

"La anunciación", de Fra Angelico

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La restauradora Almudena Sánchez, posa junto a "La Anunciación" de Fra Angelico. Foto: EFE/ Carlos Pérez
 

Comenzamos con la obra del fraile dominico, Fra Angelico (Vicchio 1395-Roma 1455), una tabla realizada en témpera y oro que, pese a su genialidad, corresponde a la primera etapa del pintor florentino.

Esto explicaría la torpeza en el uso de la perspectiva, el carácter irreal casi sublime de la arquitectura o el escueto conocimiento de la anatomía, rasgos todos del primer Renacimiento, al tiempo que perduran otros antiguos, como las bóvedas azuladas, propio del gótico internacional todavía vigente.

Durante el Quattrocento italiano trabajaban al mismo tiempo artistas del último gótico junto a otros más innovadores como Masaccio o Donatello. Fra Angelico tomó el refinamiento de los primeros y el realismo de los segundos, aportando además sus elementos característicos: figuras idealizadas, poco volumen y unos colores brillantes pero casi planos.

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Frente a estas novedades formales, la iconografía sigue siendo la tradicional. En un lado, el izquierdo, se muestra el pecado representado en la expulsión de Adán y Eva del paraíso pero, en contraposición, la escena principal muestra la esperanza, es decir el momento en el que el arcángel Gabriel anuncia a María que va a ser la madre del Salvador.

Pintor del dibujo y la elegancia, su mayor aportación es la exquisita dulzura y delicadeza que destila la obra, el lujo de los atuendos o el preciosismo que enlaza con la escuela de Siena.

"Tríptico de la epifanía", de El Bosco


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Foto: EFE/Ballesteros

Esta obra de El Bosco (Bolduque, Países Bajos), realizada en torno a 1510, seis años antes de su muerte, representa el periodo más maduro del pintor de “El Jardín de las delicias”. Su paleta de color se muestra tan brillante y luminosa como antes, sin embargo, ahora supera las limitaciones de ese miniaturismo tan característico del pintor flamenco, y donde lo divino es narrado evitando caer en lo macabro.

Los personajes alcanzan un volumen más sólido y monumental, incluso aquella perspectiva ingenua adquiere ahora más desarrollo. Sin duda el tema lo requiere por lo que adquiere un tono más solemne para enfatizar el mensaje de la redención: la llegada del Salvador al mundo.

"La natividad", de El Greco 

 

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En la imagen, a la derecha del cuadro, Leticia Ruiz, conservadora del Museo del Prado. Foto: EFE/José Huesca

Inmensa es esta obra de El Greco (Heraclión, Grecia, 1541- Toledo, España, 1614), y no solo por su tamaño, considerada la última obra maestra del pintor cretense que vivió gran parte de su vida en España. El destino de esta pintura era precisamente su tumba en el convento de Santo Domingo el Antiguo de Toledo, donde el pintor recibió su primer encargo al llegar a España en 1575.

Se trata de una escena nocturna desarrollada en un espacio estrecho e irregular, una especie de gruta en torno a la que se cobijan María con su recién nacido sobre el regazo, San José y tres pastores que evidencian la intensa devoción del momento. 

Iconográficamente, el Niño Jesús es el foco de la luz que ilumina la escena, aquí potentísima y que alumbra al grupo que lo contempla. Todo el conjunto coronado por un grupo de ángeles a modo de bóveda celeste. La composición en espiral crea un movimiento en ascensión que acentúa el alargamiento y distorsión de las figuras, mientras que las poses poco naturales pero dinámicas potencian esa sensación de éxtasis que parece envolverlo todo. 

De la misma manera los fuertes contrastes entre luz y sombra realzan el dramatismo, sin renunciar a los colores vivos y brillantes, tan venecianos, que tanto influyeron en El Greco, y que convierten esta obra en una de las obras más reconocidas del autor, considerado uno de los precursores del arte moderno.

"La Adoración de los reyes magos", de Rubens


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Dos personas pasan ante la obra de Rubens "La adoración de los Reyes Magos". Foto: EFE/Ballesteros

El Museo del Prado conserva una de las obras maestras de Pedro Pablo Rubens (Siegen, Alemania 1577- Amberes, Bélgica 1640), “La Adoración de los Reyes Magos” realizada en torno a 1609 por encargo del Ayuntamiento de Amberes tras pasar unos años en Italia. Una obra que exhala pasión y dramatismo por los cuatro costados, en la que el autor parece sintetizar todo lo aprendido en Italia.

La monumentalidad de sus proporciones se acentúa con esa disposición majestuosa de los personajes que convergen en el Niño, situado en el lateral izquierdo, punto central de la obra y única fuente de luz de la escena que se irradia a los rostros de la Virgen y los Magos.

A pesar de ser una de sus obras más desbordante está organizada con esmero; una diagonal parte simbólicamente del Niño hasta llegar al ángulo superior derecho.

Una composición en la que todo es grandioso y arrebatado, pero donde cada personaje se estudia de manera individualizada.

El ropaje de los Magos de rico colorido o las joyas de Baltasar, acentúan el lujo y la opulencia del cortejo.

La obra fue realizada con una composición más horizontal, cuyas primeras figuras recuerdan los vigorosos cuerpos de Miguel Ángel o Caravaggio, a la que Rubens añadió, veinte años después, otra franja superior en la que incluyó un autorretrato, a la derecha montado a caballo con espada y cadena de oro, símbolos de la condición nobiliaria que le otorgó el rey español Felipe IV, dejando claro que, además de pintor, políglota, adinerado y con don de gentes, fue diplomático de la corte.

"La Adoración de los Magos", de Velázquez

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La obra "Adoración de los Magos" (1619) del artista español Diego Velazquez. Foto: EFE/Herbert Neubauer

El genio del barroco español Diego Velázquez (Sevilla 1599- Madrid 1660) representó “La Adoración de los Magos” durante sus años de juventud en Sevilla, en la que confluyen el Naturalismo propio de aquella etapa, con elementos biográficos aportados tras el hallazgo de un autorretrato del pintor Francisco Pacheco, maestro del genio sevillano y después su suegro, que ha permitido -en opinión de sus biógrafos- reconocer a éste en la figura de Melchor, por lo que es presumible pensar que su esposa, Juana, y su hija Francisca, de pocos meses, sirvieran de modelos para la Virgen y el Niño.

Destaca la variedad de tipos y actitudes humanas representadas o la variada gama cromática que, aunque abundante en ocres y oscuros, propios de esta primera etapa, ya anticipa los rojos, blancos y azules.

Desde un punto de vista narrativo el tema está abordado de forma sencilla pero eficaz: cuerpos monumentales que llenan toda la composición y dispuestos en un plano muy próximo y directo al espectador, lo que acentúa la intensidad expresiva, una combinación de grandeza e intimidad que nunca abandonarán al genio sevillano.

"La Adoración de los pastores", de Zurbarán

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Detalle de la obra de Zurbarán: "Adoración de los pastores". Foto: vía EFE

El extremeño Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz 1598 -  Madrid 1664) otro de los grandes del barroco español, recurre al Naturalismo tenebrista para pintar “La Adoración de los Pastores”, una escena llena de solemne intimidad. Todos los personajes están envueltos de una majestad, de una dignidad que no contradice su condición humilde. Destaca, sin embargo, la figura de la pastorcilla que ofrece una cesta de huevos, un personaje realista que contrasta frente a la idealización de los principales.

 Las figuras están dotadas de un volumen casi tangible, gracias a los efectos lumínicos aplicados sobre ellas. Para recrear la noche en la que nació Jesús, el autor crea un ambiente oscuro y misterioso, una escena iluminada desde el cuerpo del recién nacido, en referencia, nuevamente, a la idea del nacimiento del Salvador como luz del mundo.  

"La Adoración de los Pastores", de Maíno

 
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Adoración de los pastores, de Fray Juan Bautista Maíno. Foto cedida por el Museo del Prado

Para terminar  “La Adoración de los Pastores” del fraile dominico Juan Bautista Maíno (Pastrana, 1569- Madrid 1649), uno de los grandes de la pintura española del siglo XVII pero también uno de los más desconocidos debido a la tardía identificación de sus obras.

Nacido en Pastrana (Guadalajara), de una familia de comerciantes de telas de origen milanés, Maino recibió su formación en Roma donde se introduce en el Naturalismo de Caravaggio. 

“Una corriente que interpreta de forma magnífica y personal y de la que deriva esa rotundidad de volúmenes, esa monumentalidad escultórica de sus figuras, donde los ángeles más que ángeles parecen chicos de la calle y los pastores, hombres curtidos y desaliñados, que recuerdan a los del maestro italiano”, resume la conservadora e historiadora del arte, Leticia Ruiz. 

“No hubo un pintor más cercano al caravaggismo romano y al naturalismo tan deslumbrante como Maíno, por lo que puede ser considerado como una ‘rara avis’ dentro de la pintura española debido a su gran influencia italiana”, añade la historiadora.

“La Adoración de Los Magos”, de Maíno

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Una foto del Oleo sobre lienzo ''Adoración de los Magos'' de Juan Bautista Maíno pintado entre 1611/13. Foto:EFE/Museo Nasher

En esta "Adoración”, contrapunto de la anterior, Maíno mantiene su dibujo vigoroso y descriptivo junto a un colorido más intenso y una luz contrastada, pero ahora se inmortaliza autorretratándose detrás, cubierto con sombrero renacentista, a la manera también del maestro italiano.

Como en “La Adoración de los Pastores”, el autor mantiene una visión muy próxima al espectador, una cuidada composición que, pese a estar muy encajada espacialmente, sirve para potenciar la emotividad que el momento requiere. Una escena donde abundan las ricas vestimentas en las figuras de los Reyes Magos, toda una variedad de telas y sedas de todos los lugares, tan exquisitamente tratadas, tanto en color como en texturas, que revelan ese gran conocedor de los tejidos que fue, ante los que solo faltaría, tocarlos.

fjb

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