Coronavirus causa más de 30 muertos en cultura federal y local; aquí un homenaje a algunas de las víctimas

Entre las más de 90 mil víctimas por coronavirus, hay personas  que  dedicaron su vida al quehacer cultural desde distintas trincheras

Coronavirus causa más de 30 muertos en Cultura federal y local
Detalle del altar de muertos en Palacio Nacional. CORTESÍA: SECRETARÍA DE CULTURA
Cultura 03/11/2020 02:39 Periodistas Cultura Actualizada 12:30
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Más de 90 mil víctimas de coronavirus. Es un número doloroso, una cifra catastrófica.

Son más de 90 mil historias de abuelos, padres, hijos, tíos, primos, amigos, compañeros. Son luto y son tristeza. Son México. Y son memoria, no  sólo del año 2020 que transformó la vida cotidiana de la  humanidad, sino también de un país que los extrañará  y los necesitará.

Entre las víctimas  hay personas  que  dedicaron su vida al quehacer cultural desde distintas trincheras.

En la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, desde el inicio de la pandemia por Covid-19 y  hasta el miércoles  28 de octubre se había registrado la pérdida de siete personas que se desempeñaban en diversas áreas de la institución.

Tres de ellos laboraban en la Jefatura de Unidad Departamental de Operación Logística, uno en el Museo Nacional de la Revolución, uno en la Banda Sinfónica de la Ciudad de México, uno más en la Banda de Música de la Secretaría de Cultura capitalina, y otro en la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México.

En la Secretaría de Cultura federal, del 15 de marzo al 15 de octubre de 2020, 25 personas fallecieron. Además, durante el mismo periodo, un trabajador que prestaba servicios profesionales también murió.  A los 26 casos positivos de Covid-19 fallecidos se suman otros 9 que son sospechosos sin confirmación de Covid.

A continuación se encuentran las historias de algunas de las personas que dedicaron su vida a la cultura y el arte.

Rufino Melquiades

Técnico de sonido en Danza UNAM 

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Al centro, Rufino Melquiades. Foto: Especial

A Rufino Melquiades, el técnico de sonido más importante de la Dirección de Danza de la UNAM, lo llamaban con mucho cariño “Rufo” y a quien le preguntas de él lo recuerda como “un tipazo” que hizo célebre una frase: “¡Vámonos, no hay condiciones!”. Su muerte ocurrida el pasado 9 de junio por Covid-19, deja un dolor profundo en su familia, amigos y directivos, que aún ninguno supera.

Las historias en torno a ese hombre alto, moreno, apasionado de la danza y de los escenarios, gran ser humano y comprometido padre de familia que murió cuando apenas tenía 49 años y una linda vida por delante al lado de Mary, su esposa y sus tres hijos de 19, 14 y 10 años, son muchas e inagotables. No sólo porque trabajó en la UNAM, en el área de teatro y danza por 17 años, también porque su vida estuvo ligada a las actividades artísticas de la UNAM desde que era niño, gracias a que su padre, Ambrosio Melquiades, quien fue uno de los técnicos de sonido pioneros en la Universidad, llevaba a Rufino a las funciones de teatro.

Don Ambrosio, también murió de Covid-19 en junio, pocos días antes de que muriera Rufo. Rufino internó a su padre, sabía que se encontraba muy grave cuando él comenzó con los síntomas y se agravó a tal grado que Mary tuvo que pedir una ambulancia. Rufino nunca se enteró que su padre había muerto mientras daba su propia batalla contra el virus. Tampoco sabe lo que hoy dicen sus amigos, que padre e hijo fueron pilares de la escena artística universitaria.

Aunque Rufino era biólogo por la UAM, incluso ejerció la carrera y era un gran interesado en las cuestiones ecológicas, su vida estaba tras bambalinas, en la hechura de las obras dancísticas y teatrales universitarias. Evoé Sotelo, directora de Danza UNAM, dice que Rufino era una persona muy culta y preparada, muy sensible, que había desarrollado un conocimiento profundo sobre la danza.

“Siempre se interesó en los procesos de montaje y de construcción de toda la propuesta escénica”, cuenta Sotelo, quien dice que Rufino era muy propositivo y creativo; no sólo resolvía de manera cuidadosa la operación de sonido porque amaba la danza, además aportaba a los montajes. “Cuando hablabas con Rufino en el proceso de montaje, él te decía cómo veía la obra y en corto te daba su opinión como especialista”, dice Evoé de “Rufo” a quien describe como un hombre de buen corazón, divertido y con un carácter muy llevadero.

Juan Ortiz, amigo y compañero de Rufino en la Dirección de Danza, recuerda a “Rufo” como un ser humano extraordinario, amoroso padre de familia, con gran sentido del humor, creativo y trabajador como nadie, ferviente admirador de Soda Stéreo; dice que era tan seguro de sí y tan inteligente que se convirtió también en el maestro de ceremonias del salón de danza donde trabaja el equipo de cinco técnicos de danza que comandaba Rufino Melquiades, y del foro principal, cada año, en el Día Internacional de la Danza.

“Era nuestro buen ‘Rufo’”, dice Juan Ortiz, quien se reconoce como alumno de Rufino. “Él tenía la vieja escuela de su papá, el señor Melquiades; Era una gran persona, él era el que organizaba todo, era muy seguro de sí mismo, muy divertido, como padre de familia era genial, seguido llevaba a sus hijos al teatro. Cuando su esposa entró a trabajar a la UNAM, Rufino cambió de turno al vespertino para atender a sus hijos para llevarlos y traerlos de la escuela y luego viajar desde Cerro Gordo, donde vivía, hasta CU”.

Juan dice que él aprendió todo lo que saber hacer de Rufino, todas las conexiones, montaje de sonido, luces, tramoya, lo aprendió de su amigo, “Yo hacía las conexiones pero me respaldaba en él, sabía que si algo había conectado mal siempre estaba ‘Rufo’ para corregirlo y me enseñaba: ‘aquí está mal por esto, allá por aquello’, ¿pero ahorita que no esté él qué voy a hacer? él nos enseñó todo, sabía mucho, sabía demasiado”, dice Juan y cita al equipo: “éramos Juan Ortiz, César Hiram, Oscar Mendoza, Germán Vargas y nuestro Rufino Melquiades, somos los cinco técnicos que estamos en el salón de danza y nuestro jefe de producción es Gilberto Ortega”.

Relata Evoé que sus compañeros técnicos están devastados: “Rufino era como su padre, el líder del equipo, una autoridad moral que será difícil de suplir… era una persona muy linda, muy querida al que vamos a extrañar muchísimo. A Rufino siempre lo veías amable, atento porque para él era un disfrute estar ahí y hacía su trabajo de manera muy profesional”.

Incluso hacía más de lo que le tocaba, cuando los cables se dañaban, cuando la consola o el buffer, o los micrófonos sacaba su herramienta y se ponía arreglar los cables, las consolas, “de verdad era muy amigo y siempre estuvo al pie del cañón. Su muerte es una pérdida muy importante”, dice Juan, quien reconoce que cuando vuelva la UNAM a las actividades artísticas presenciales va a ser muy difícil la vida sin Rufino.

“Pero como decimos en el teatro, el show debe de continuar, tenemos que seguir dando funciones y lo haremos sabiendo que Rufo va a estar presente en el salón, todo el tiempo”, señala Juan Ortiz, su amigo que incluso lo une un parentesco con la familia Melquiades, que proviene de Guerrero.

“A Rufino le gustaba mucho el rock en español, él había tenido un sonido desde joven y lo llamaban para fiestas”, incluso Juan cuenta que fue Rufino quien promovió la separación de los equipos e impulsó que la UNAM dividiera Dirección de Danza de la Dirección de Teatro, que dio su vida a los escenario desde que lo comenzó a llevar su padre, don Ambrosio, quien trabajó durante más de 30 años en la UNAM y se fue jubilado.

“Fue el señor Melquiades quien le compartió a Rufino su pasión por el teatro, siempre lo llevaba al teatro desde niño, ahí empezó a aprender lo que era la tramoya, lo que era la iluminación, lo que era el sonido; el señor Melquiades fue un maestro para todos nosotros, como lo fue “Rufo” y hoy los dos ya no están con nosotros”. YANET AGUILAR SOSA

Roberto Mejía

Director ejecutivo de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México

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Foto: Cortesía Leticia Vázquez

La última vez que Roberto Mejía fue a su oficina llevaba puesto un traje, corbata, camisa y pañuelo de color azul. Una de sus compañeras le dijo que se veía particularmente feliz y quiso tomarle una fotografía. En ese retrato luce con una sonrisa franca, abierta, extrovertida. Sus compañeros y amigos lo recuerdan justo así, como un caballero nacido en 1954 con una amabilidad y generosidad inigualables.

En el fondo, dice Leticia Vázquez, su viuda, Roberto era tímido, porque desde muy joven aprendió que no sólo debía ser el mejor en todo lo que hiciera, también entendió que la amabilidad, la empatía y el respeto abrían las puertas y las ventanas que la discriminación, a veces, quería cerrar. Si no era el más alto, entonces tenía que ser el más brillante.

Roberto nació en un barrio de la Ciudad de México, su padre era carpintero y tenía siete hermanos, pese a la situación económica, todos consiguieron tener una carrera. Estaba orgulloso de su familia, de la que nació, y de la que creó con Leticia y sus dos hijos, así como con su hijo de su primer matrimonio.

"Roberto era un gran conversador, pero en realidad era introvertido. En su niñez y en su juventud se dio cuenta que había un trato diferente hacia él, por eso quiso sobreponerse a ello. Esa época de su vida lo convirtieron en un hombre con una gran empatía por el prójimo. Su madre fue una mujer adelantada a su tiempo y siempre le dijo que fuera un hombre libre y lo fue, hizo todo lo que siempre quiso", dice Leticia.

Roberto Mejía era licenciado en administración y se desempeñaba como director ejecutivo de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, pero su carrera en el ámbito artístico y cultural surgieron a finales de los años 90, cuando trabajó como subdirector de Vinculación Académica en el INAH, en donde permaneció por más de 10 años. Más tarde se desempeñó como gerente de grupos artísticos en la Coordinación Nacional de Música y Ópera del INBAL, invitado por el compositor Eduardo Soto Millán.

"Era muy amable, melómano, aprendimos mucho del medio musical. En esta época es en donde se introdujo de lleno en el ámbito musical. Una vez le preguntaron al compositor Olivier Messiaen cómo elegía a los músicos que trabajaban con él, respondió que si tenían buen carácter, si se podía conversar con ellos, si eran buenas personas y si eran buenos en lo que hacían, eran los indicados.  Todo eso fue justo lo que yo vi en él. También lo recuerdo como un hombre amable, solidario y gran conversador", dice el compositor.

Miguel Roberto Mejía Murillo murió el 18 de agosto, víctima de Covid-19. Tenía 65 años. Algunas semanas antes de morir, conversó con EL UNIVERSAL acerca de las medidas que estaban preparando para el regreso a los escenarios de la Filarmónica de la Ciudad de México, pues era uno de los responsables de los protocolos sanitarios. En esa charla, se mostró preocupado por las aglomeraciones en las calles y por las personas sin cubrebocas.

Tras su muerte, no sólo la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, lamentó su muerte, también decenas de músicos y amigos que inundaron el muro de Facebook de Roberto. Mensajes de amor, de gratitud, de amistad, fueron escritos a lo largo del día en la red social, desde distintas partes del mundo.

La última vez que Roberto fue a su oficina, vestía de color azul y lucía una sonrisa abierta, franca, alegre. "Fue un hombre libre, un hombre feliz, lo extrañamos todos los días", dice Leticia. Que en paz de descanse. ALIDA PIÑÓN
 

Manuel Felguerez

Artista plástico

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Foto: Mercedes de O. de Felguérez

El 8 de junio, un  maestro del arte mexicano se convirtió en una de las primeras víctimas del Covid-19 en el mundo de la Cultura. Manuel Felguérez fue contagiado, al igual que su esposa, Mercedes Oteyza de Felguérez, quien durante varios días continuó enferma.

Durante los dos meses de cuarentena, el creador zacatecano estuvo haciendo arte, planeaba ampliar su estudio para crear en él obras todavía más monumentales de las que había hecho a lo largo de su trayectoria de más de 74 años.

En un video grabado el 17 de mayo, se refirió a la pandemia que sufría el mundo; dijo que esperaba que pronto pudiéramos vencer a “este diabólico virus”. No lo logró. Felguérez murió a los 91 años, en su casa en la Ciudad de México, luego de que la enfermedad le afectó las vías respiratorias.

A finales de 2019 había culminado la celebración sus 90 años, al abrir  la exposición "Trayectorias", en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo.

Fue un maestro generoso, protagonista en el proceso de búsqueda de una independencia artística y un ser con una calidad humana excepcional. Él decía de su vocación artística: “Notre Dame fue mi nacimiento al arte; la Sixtina, mi bautizo; y una exposición de Turner, mi confirmación”.

Felguérez fue uno de los grandes representantes del arte abstracto en México y uno de los protagonistas del movimiento de la Ruptura, que buscó distanciarse de la Escuela Mexicana de Pintura y hallar sus propios caminos. Creó esculturas, pinturas, obra mural y fue pionero en el arte digital.

Nació el 12 de diciembre de 1928, en Valparaíso, Zacatecas. Estudió en la Academia de San Carlos y en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”; luego en la Academia de la Grande Chaumier y en la Academia Colarossi (París).

A lo largo de su carrera, Felguérez creó otras obras monumentales, como la “Puerta 1808”, que hizo para conmemorar el bicentenario de la Independencia, y “Agenda 2030”, que pintó en la ONU.

El Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez, primero de su tipo en México y América Latina, se fundó en 1998, por iniciativa del artista, con apoyo del gobierno del estado y del INBA; el recinto reúne obras de Felguérez y de más de 170 artistas.

Además de creador, el zacatecano no también se desempeñó como investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, de 1977 a 1990; investigador huésped en la Universidad de Harvard, en 1976; y profesor invitado en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos. El artista siempre se mantuvo muy cercano a la UNAM y le donó más de 40 obras, así como su archivo, que se conserva en el MUAC. SONIA SIERRA

Jesús Fonseca 

Fotorreportero  

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Foto: Especial

El fotorreportero Jesús Fonseca y Juárez falleció por Covid-19 el 6 de octubre; tenía 93 años. Dos días antes, con apoyo de unos amigos, fue internado en la Clínica del IMSS de Calzada de las Bombas. A esa misma clínica, hacía una semana que había acompañado a su único hijo --Jesús Fonseca Escamilla-- quien debió ser internado porque su oxigenación era baja y había sospechas de que tenía Covid-19.

En la conversación telefónica, Jesús Fonseca Escamilla hace el relato de esos últimos días: "Fue algo muy triste", dice. Él nunca supo que su papá estaba internado cerca de él. El martes 6 de octubre una doctora le avisó que su padre estaba en esa clínica y que había fallecido.

Hoy, cuando empieza a sentirse mejor y puede conversar con tranquilidad, Jesús recuerda a su padre como un ser humano "contento con la vida, contento con todo". En los últimos meses --cuenta-- estuvieron  organizando sus fotos.

"Llevaba tiempo en su estudio revisando, mostrando fotos que eran recuerdos de viajes juntos, de cuando me acompañaba a la montaña o fotos de cuando inició en el futbol americano; añorando, viviendo de los recuerdos de una época. Le gustan los eventos del clima, los rayos, la Luna, el cielo, cómo se mueve la Tierra. Todas las mañanas bajaba y leía EL UNIVERSAL (donde fue fotorreportero durante más de medio siglo)", relata su hijo.

Incluso, durante el encierro, don Jesús estuvo contento con la vida. "Siempre estuvo guardado. El único momento en que salíamos era a hacer las compras. Estuvo muy cuidado todo el tiempo. Yo trabajaba en home office y una o dos veces a la semana iba a la oficina. Después del 15 de septiembre me enfermé de gripa; pensamos que sólo era eso, pero hubo otros síntomas. En un kiosko nos negaron la prueba; al día siguiente, en un centro de salud me hicieron la prueba, y tenía 82 de oxigenación; por recomendación del doctor del módulo de prueba  nos fuimos a la Clínica de Traumatología y Ortopedia de las Bombas,  del IMSS. Fui con mi papá, me entregó al hospital. Él ya tenía tos. Yo me interno y me pierdo del exterior; el 30 de septiembre me pasan a piso. Yo sin celular... Consigo llamar a mi papá, no contesta; por mi prima supe que estaba débil. El martes seis me avisa una doctora que él estaba ahí y que falleció. Nos pudimos ver y no nos vimos".

El hijo de don Jesús Fonseca supo, después de que fue dado de alta (el 12 de octubre), que su padre había sido llevado por unos amigos, que hasta ese domingo en que fue internado, estuvo bien de la memoria.

Hoy, cuando habla de su padre, le gusta recordar que don Jesús --el fotorreportero que fue testigo de sucesos como el movimiento estudiantil del 68 y los sismos de 1957 y 1985-- no descansaba de seguir revisando sus fotos "como si fueran nuevas, como si las acabara de imprimir". A sus 93 años, don Jesús estaba fascinado con la tecnología que en segundos dejaba ver las fotografías, y conservaba una memoria increíble.

Jesús Fonseca dejó un legado invaluable, fue testigo de sucesos de la historia de México que retrató. Amó su trabajo y amaba compartirlo con su familia, sus amigos y los lectores. SONIA SIERRA
 

Miguel Ángel Sánchez Monroy

Chofer en el INBAL

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Foto: Especial

Miguel Ángel Sánchez Monroy, chófer en el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), falleció el 19 de mayo a causa de Covid-19 y su compañero Enrique Hernández lo recordó como un hombre generoso, que ayudaba a los demás y que siempre lo recibía con una sonrisa.  

“Yo conocí a Miguel en 1989, cuando comencé a trabajar en el Instituto. Fue de los primeros que me tendió la mano, porque yo estaba joven y tenía muchos nervios; sin embargo, recuerdo muy bien que Miguel se me acercó y sin conocerme, me dijo que no tenía por qué estar nervioso. Desde entonces me quedé con esa imagen suya”, señaló Hernández.

En el INBAL, Miguel Ángel desempeñó diferentes labores, fue chofer de varios directores, también laboró en la subdirección de prensa y también trabajó en la parte administrativa, aunque más allá de esas labores, Hernández comentó que se dio a conocer por su forma de ser tan educada.

“Siempre tenía un ‘buenos días’, un saludo. No recuerdo haberlo visto enojado nunca. Lo que hacía para toda la comunidad era estar ahí, con una sonrisa, con la intención de ayudar. También recuerdo que una vez se me descompuso el carro y él estuvo ahí hasta que pude arrancar. Eso era Miguel, un señor sonriente, que siempre estaba preocupado por los demás y muy trabajador”.

Durante los 30 años de convivencia con Miguel Ángel Sánchez Monroy, Enrique Hernández explicó que su compañero siempre trabajó para crear un ambiente laboral agradable.

“Lo más bonito que tenía Miguel es que no hablábamos de la oficina, hablábamos de sus hijas, de mis hijos, de la comida, la ropa, pero de lo que más hablaba era de carros. Muy difícilmente conversábamos de trabajo, cuando lo hacíamos era porque yo le compartía algún problema y él, desde su sabiduría y experiencia, me daba algún consejo, porque también tenía el don de escuchar”.

Al ser una persona con esas características, dijo Hernández, Miguel Ángel siempre estaba rodeado de personas, en una plática muy amena y por lo mismo, su fallecimiento les tomó por sorpresa.

“Cuando nos fuimos a trabajar desde casa por la pandemia, pensamos que era lo mismo que cuando la influenza AH1N1 y cuando supimos de su deceso fue realmente doloroso, porque es ese tipo de personas que siempre tienes en tu vida. Fue una pérdida para todo el INBAL. Ahora, a ‘Miguelón’, como le decíamos, se le recuerda por todas sus acciones, por su saludo estruendoso”, señaló Hernández.  ANTONIO DÍAZ
 

Amador González Sierra

Mantenimiento y montaje en el Museo Nacional de la Revolución

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Foto: Cortesía Miguel Enríquez

El Museo Nacional de la Revolución se encuentra en el sótano del Monumento a la Revolución, fue inaugurado el 20 de noviembre de 1986 y, desde entonces, Amador González Sierra, le entregó su vida y su tiempo. Amaba su trabajo como encargado del área de mantenimiento y montaje. Era el primero en llegar y el último en irse. Y era, sobre todo, un hombre confiable y un amigo solidario. El Güero, como lo conocían sus seres queridos, murió de Covid-19 el 21 de mayo, tenía 69 años. Su esposa, sus dos hijos y sus tres nietos, lo extrañan todos los días.

"Amador, el Güero, se distinguió por su trabajo, su amabilidad, honestidad y su respeto para con todos los que tratamos con él. Fue un hombre que, a pesar de su corta escolaridad, tenía una gran inteligencia y muchas habilidades, era fundamental para las labores que se llevaban a cabo en el museo", cuenta Miguel Enríquez, quien fuera su amigo y jefe por casi 30 años.

No tenía enemigos ni enemistades, por el contrario, su carácter afable y su disposición a colaborar, le permitían reconocer cuándo era momento de ser serio durante una reunión de trabajo y cuándo hacer un comentario alegre, una broma, un chispazo de su sentido del humor. Nunca se negó a un encargo y siempre estuvo dispuesto a ofrecer más de lo que su cargo le exigía.

No sólo el Museo lamentó su muerte, también el entonces secretario de Cultura de la Ciudad de México, José Alfonso Suárez del Real, hoy secretario de Gobierno. Sus compañeros destacaron su solidaridad y desempeño laboral.

"Amador dejaste una gran huella difícil de igualar. Todos los que te conocimos te vamos a extrañar mucho. Descansa en paz", dice Miguel.

Aquí encontrarás otras historias de hombres y mujeres que dejaron un vacío en otros campos de la sociedad. Que en paz descansen.

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