Estoy seguro que no hubo fiesta de fin de año en la que faltara Disco Samba, ese célebre popurrí que arranca con el célebre “pe pe pepepepe…” y se pincha cuando el grupo versátil quiere descansar o cuando la celebración de la quinceañera, la boda o la posada llega a su punto más alto. Desde que se escuchan los primeros acordes de la canción, hasta el que no baila es obligado a unirse al improvisado trenecito humano que se apropia del patio, el salón, la calle e incluso la oficina donde se celebra el guateque.
La banda belga Two Man Sound lanzó el tema en 1978 –en la cima de la música disco– que no era más que la actualización de un vasto conjunto de canciones brasileiras, sambas y bossa nova, que vivieron un segundo aire internacional gracias a un medley que incluía los primeros versos de una antigua tonada carioca: “Brigitte Bardot, Bardot, Brigitte beijou, beijou. Lá dentro do cinema, todo mundo se afobou”, que puede traducirse como “Brigitte Bardot, Bardot, Brigitte besó, besó. Dentro del cine, todos se pusieron nerviosos”. Interpretada originalmente por Jorge Veiga, la canción se volvió una de las más populares del Carnaval do Rio de Janeiro en 1961, en plena gloria de una actriz francesa que había enloquecido al mundo desde la década anterior. Un mundo que intentaba recuperar su joie de vivre durante la posguerra, un mundo donde las siglas de su nombre, B.B., se convirtieron en sinónimo de erotismo y libertad sexual.
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No solo el cine, sino –sobre todo– los medios convirtieron a la Bardot en la encarnación del deseo, la provocación y la juventud eterna. Su imagen de mujer-niña, vital y despreocupada, transmitió desde la década de los cincuenta una forma de vivir libre, gozosa y espontánea, ajena al cálculo o a la impostura. Su intensa vida privada –cuatro maridos, un sinnúmero de amantes confesos y varias tentativas de suicidio–, así como el aparato publicitario que la rodeó construyeron una leyenda donde realidad y ficción se fundieron, convirtiendo a sus películas en la prolongación de esos infinitos retratos en las portadas de incontables revistas donde su indomable melena rubia con flequillo, la boca entreabierta sosteniendo una margarita, la mirada sugestiva, los pies descalzos, la camisa anudada a la cintura o su andrógina desnudez eran acompañados por declaraciones colmadas de sinceridad y desparpajo. Esa imagen arquetípica fue admirada e imitada por mujeres de todo el orbe, que buscaron reproducir su aparente sencillez y alcanzar, como ella, la fama, el éxito y, a la vez, una felicidad siempre esquiva.
En la primera escena de Y Dios creó a la mujer (Et Dieu... créa la femme) la presentación de Brigitte insinúa su desnudez mientras toma el sol detrás de un tendedero que apenas la oculta de la mirada lasciva del maduro Curd Jürgens, quien se obsesiona con la joven huérfana que la actriz interpreta y que, a la postre, se convierte en el centro de la tensión erótica de todos los hombres que orbitan a su alrededor, incluyendo a su marido y al hermano de este.
La cinta, filmada en 1956 con los lujos del CinemaScope en Saint-Tropez –una pequeña ciudad de la Costa Azul aún lejana del jet set que la poblaría en los años siguientes– tuvo un éxito relativo en Francia durante su estreno. En cambio, en Estados Unidos –donde el eslogan que acompañaba al título era “Y el diablo creó a Brigitte”– fue acogida con un recibimiento triunfal y escandaloso, que incluyó manifestaciones de la Liga de la Decencia en contra de la impúdica veinteañera que encarnaba el amor libre, con lo cual se rigió la mitología internacional de la Bardot como fenómeno social.
En la película, no es una femme fatale, sino una figura núbil, casi adolescente, con la sexualidad a flor de piel y la pasión como guía. Su personaje es descrito por Jürgens como una “chica que está hecha para perder a los hombres”, que “tiene el valor de hacer lo que le place cuando le place”; lo cual recuerda el texto Brigitte Bardot y el síndrome de Lolita (1959), la apología escrita por Simone de Beauvoir, que encontró en la actriz a una abanderada del feminismo contemporáneo porque “sigue sus instintos. Come cuando tiene hambre y hace el amor cuando le apetece. Deseo y placer son para ella una certeza mayor que las reglas y los convencionalismos. No critica a nadie. Hace lo que le viene en gana y por eso es tan desconcertante”.
No fue esta su primera película, pero sí la definitiva. La carrera de esa jovencita burguesa había iniciado como modelo adolescente en las revistas de moda Elle y Les Veillés des Chaumières, donde fue vista por el director Marc Allégret y su asistente, Roger Vadim –figurante ocasional, aspirante a guionista y reportero de Paris Match–, quien pronto se convirtió en el primer esposo y Pigmalión de la futura estrella. Fue así como, a instancias suyas, abandonó una prometedora carrera en el ballet para actuar en papeles medianos a lo largo de una quincena de cintas de muy diversa valía con directores casi siempre mediocres, pero aprendiendo el oficio de estar frente a las cámaras y de llamar hacia sí la atención de la prensa. Fue precisamente Vadim, que conocía a la perfección la voluptuosa potencia fílmica de Brigitte, quien concibió y dirigió Y Dios creó a la mujer a la exacta medida de su cónyuge, aunque durante el rodaje tuvo que sufrir el abandono de la actriz que lo dejó para vivir una tormentosa relación con el debutante Jean-Louis Trintignant, su coprotagonista.
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En los años siguientes, Brigitte tendría un hijo con el actor Jacques Charrier; afianzaría su carrera con una veintena de películas que la emparejaron con los actores más importantes de su tiempo –Alain Delon, Jean Gabin, Marcello Mastroianni, Jean-Paul Belmondo y Anthony Perkins, entre otros–; comenzaría una exitosa carrera musical que la convertiría en la primera intérprete de la Je t’aime, moi non plus, compuesta para ella por Serge Gainsbourg; se volvería musa ocasional de la Nouvelle Vague –muy conservadora en sus retratos femeninos– gracias a la contundencia de su actuación en El desprecio (Le mépris), obra maestra de Jean-Luc Godard y se daría el lujo de rechazar reiteradamente a la industria hollywoodense, en cuyos platós jamás filmó reafirmando con ello su estatus de gran estrella. En cambio, los gringos se rindieron ante ella dedicándole una película titulada Querida Brigitte (Dear Brigitte, Henry Koster, 1964) sobre la obsesión de un niño por la actriz. Ahí, Bardot hizo un cameo de apenas diez minutos y prohibió que utilizaran su imagen para la publicidad. No en balde, de acuerdo a la afirmación de Antoine Pinay, ex primer ministro galo: “B.B. produce a Francia tantas divisas como la industria nacional de coches Renault.”
La actriz que llegó a México el 12 de enero de 1965 no era ya la pin-up transgresora, sino la vedette internacional que de camino a nuestro país –proveniente de Brasil, con Bob Zagury, su pareja de entonces– no quiso bajarse en sus escalas en los aeropuertos de Lima y Bogotá por temor a la muchedumbre que la esperaba. Había sido convocada por Louis Malle para estelarizar ¡Viva María!, una extravaganza con aires de opereta, cómica y épica a la vez, donde el director y su coguionista Jean-Claude Carrière –ungido ya por Luis Buñuel–, la enfrentaron con otro monstruo sagrado de iguales dimensiones míticas: Jeanne Moreau.

Se trataba de una superproducción filmada en Morelos, Guanajuato y Veracruz, ubicada en un imaginario país latinoamericano regido por un dictador a principios del siglo XX. En ese contexto, Bardot era una pequeña terrorista irlandesa –por influjo paterno– llamada María que, durante una de sus escapatorias de la policía tras un atentado, se cruzaba con un circo trashumante, donde la Moreau –que también se llama María y es actriz en la ficción– la reclutaba para realizar un número de music hall que acaba convertido en uno de striptease, causando el azoro de una población vernácula más o menos ignorante y salvaje.
La troupe es testigo de una matanza y pronto las dos Marías están encabezando la rebelión en contra del dictador, de un cacique local y hasta de la iglesia católica en medio de persecuciones, bombas y ametralladoras; lo cual no impide que la pícara María de Brigitte mantenga relaciones efímeras con cuanto hombre se le cruza en el camino. Sujetos que acaban siendo solo nombres que la anarquista apunta puntualmente en la pared de su carreta de estrella de vaudeville.
Producida por el ruso-francés Óscar Dancigers, nacionalizado mexicano –el mismo que había construido la carrera de Buñuel en México–, la cinta no estuvo exenta de problemas, encabezados por la reunión de las dos protagonistas. Mientras Bardot era la nínfula del cine francés, Moreau se había consagrado como actriz de número de la Comédie-Française y en el cine de la mano del propio Malle, para quien había protagonizado Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l'’échafaud, 1957), Los amantes (Les amants, 1958) y Fuego fatuo (Le feu follet, 1963). Actriz y director habían estado a punto de casarse, pero la aristocrática familia de Malle lo impidió. Esta circunstancia romántica resultaba una aparente desventaja para Bardot quien solo había sido dirigida por Malle en El amor es asunto privado (Vie privée, 1961), una curiosa paráfrasis de la vida de la actriz víctima del acoso constante de los paparazzi.
Aunque públicamente la relación era más que cordial, tal y como lo atestiguan las declaraciones de Brigitte (sorprendentemente exuberantes para una mujer acostumbrada a contestar a la prensa con monosílabos) a la revista Life: “Para mí hay dos clases de mujeres: las que tienen un carácter típicamente femenino, con todas las fallas que eso implica, y las que tienen el carácter de un hombre. Yo soy de esas, y también lo es Jeanne. Las dos somos espontáneas y francas en todo. Por eso seguramente nos apreciamos mutuamente”, la rivalidad entre ambas era constantemente alentada por el ejército de maquillistas, peinadoras, vestuaristas, choferes y agentes que cada una tenía bajo su égida.
Cuando la mánager de Brigitte le contó, a la mitad de un rodaje de más de cuatro meses, que las mejores secuencias de la película y la atención de la prensa internacional estaban siendo acaparadas por Moreau, aquella sintió picado su orgullo y, como nunca en su carrera, se mostró generosa con cuanto periodista quiso entrevistarla o fotografiarla, amén de que enfrentó con entereza las difíciles condiciones de filmación en Tecolutla, donde los lujosos cámpers y las opulentas haciendas para hospedarse se habían trocado en el único hotelucho de la región, donde el calor era insoportable, no había ni siquiera agua potable y tenían que lavarse los dientes con Coca-Cola.
Tan agrestes llegaron a ser las condiciones que un día, mientras una furiosa Brigitte esperaba sentada en una piedra a que el director la llamara, uno de los actores mexicanos se acercó corriendo a ella mientras gritaba “¡Peligro, peligro!”. La tomó de los brazos y la levantó brutalmente porque justo en esa piedra había un nido de alacranes. El episodio la hizo exclamar más tarde: “¡El culo más célebre de la época se salvó de milagro!”
Sin embargo, en Iniciales B.B., su libro de memorias, Bardot habla con particular amor del suelo patrio: “De todos los países que he recorrido, México es el que más me ha gustado, es a México donde me gustaría volver y es de México que conservo el más profundo y bello recuerdo”. Además de narrar las vicisitudes de la filmación, la actriz se solaza en su autobiografía narrando las excursiones que pudo realizar en sus días libres por Tajín, Teotihuacán, Taxco y Xochimilco, su repulsión por las momias guanajuatenses y su fascinación por la gente de un pueblo indomable y enigmático.
En México, Brigitte encontró una paz que no volvería a experimentar hasta su prematuro retiro de los sets en 1973. Aquí, tal y como lo declaró a la revista Cinema Reporter pudo vivir “como una persona común y corriente, sin fotógrafos, sin periodistas y sin pretendientes persiguiéndome a todos lados, espiándome, rondando alrededor de mi casa, subiéndose por las ventanas y metiéndose a hurtadillas solo para conseguir una foto o un autógrafo. Aquí he podido salir tranquilamente a la calle, ir al restaurante, ir de compras y a otros lugares sin que nadie me moleste. Es algo absolutamente extraordinario y es, lo repito, la primera vez en mi vida que esto me sucede”.
En ¡Viva María! Brigitte se encontró no solo con su ansiada privacidad sino con una conciencia solo intuida hasta entonces –gracias a una perrita rescatada en la carretera, que bautizó como Gringa, y a un pequeño pato regalado–, aquella que la llevó a entender el amor mutuo e incondicional con los animales. Ambas mascotas fueron sus compañeras más fieles durante su estancia mexicana y también el origen de una cruzada de la que fue pionera y que ocupó los últimos cincuenta años de su vida, que puede resumirse en una declaración suya para la televisión francesa: “Di mi juventud y mi belleza a los hombres y ahora estoy dando mi sabiduría y mi experiencia y lo mejor de mí a los animales”. Su defensa contra el maltrato humano sería el verdadero gran legado de su vida.
Inolvidable es aquella imagen de 1977, cuando la actriz apareció abrazando a una pequeña foca en el ártico canadiense. La fotografía y su militancia animalista recorrieron el mundo como lo había hecho su cuerpo desnudo en los años cincuenta y fueron muchas de las fotografías y prendas de antaño las que subastó para mantener ese impulso que la llevó a crear, en 1986, la Fondation Brigitte Bardot que hoy se extiende por setenta países y que es la depositaria principal de su millonaria herencia –que incluye sus famosas fincas La Madrague y La Garrigue en su amado Saint-Tropez, en menoscabo de los derechos de su hijo Nicolás, al que prácticamente abandonó desde que tenía dos años.
Ese mismo activismo es el que ahora, tras su fallecimiento a los noventa y un años, le cobra factura en las redes sociales por haberse radicalizado. Criticó conductas y ritos atávicos en contra de los animales realizados por la comunidad musulmana, lo cual la hizo enfrentar y perder demandas millonarias cuando fue acusada de incitación al racismo. También se le reprocha su cercanía con la familia Le Pen, estandarte de la extrema derecha francesa, su descalificación del movimiento #MeToo y su repulsa hacia los homosexuales (al “colectivo” sí le pidió disculpas). Acaso pueda pensarse que esa mujer de ideas libertarias se traicionó con el paso de los años, pero en realidad es todo lo contrario. Ella nunca necesitó el perdón de una sociedad que la condenó desde el inicio de su vida pública por romper, una y otra vez, con el establishment y la corrección política actual es esa nueva burguesía opresora contra la cual rebelarse. Los mitos fílmicos no se disculpan, construyen su leyenda a fuerza de conmoción y fortaleza, y van dejando muchos misterios a su paso.
Prefiero quedarme con los últimos versos de aquella antigua samba que, tras atestiguar la conmoción que su figura causa en la gran pantalla, le pregunta a Brigitte por qué todos la miran tanto y concluye diciendo: “Você, que é boa e que é mulher, me diga então por quê que é” (“Tú que eres buena y eres mujer, dime entonces por qué”). La respuesta, como siempre, está en las películas.
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