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Los lamentos suscitados por la universidad son tan añejos como ella. Ya Schopenhauer advertía de los peligros del plegamiento de la universidad prusiana a los anhelos políticos de la monarquía, mientras se le imponían las opiniones de la corte del rey Federico Guillermo III.
Son tales las adversidades afrontadas por la universidad, que el penar que provoca no sólo es viejo, también es constante. El viernes pasado, por ejemplo, Oswaldo Chacón Rojas señaló en este diario algunos desafíos. Hace mucho que las universidades «dejaron de ser un ascensor seguro de movilidad social; la inteligencia artificial ha desmantelado de un golpe sus sistemas tradicionales de evaluación y mantienen graves problemas estructurales».
[https://www.eluniversal.com.mx/opinion/oswaldo-chacon-rojas/educacion-superior-y-retos-pedagogicos/]
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En medio de lamentaciones y reclamos, cabe preguntar para qué queremos universidades. Hay quien las concibe como centros de adoctrinamiento; es decir, el estudiante acude a ellas para recibir una ideología inobjetable. Otros consideran que son escuelas de oficios; o sea, si la sociedad requiere de ingenieros, la universidad los produce. Derivada de esta creencia, está otra según la cual la universidad certifica saberes mediante títulos, sean de licenciatura, maestría o doctorado.
La certificación laboral parece ser la principal función universitaria, al grado de que ya no es exclusiva suya. La expresión «institución de educación superior» aglutina a toda entidad capaz de otorgar avales de competencias profesionales. La relevancia y justificación de las IES reside en ello. Según el Anuario estadístico y geográfico por entidad federativa 2024, del INEGI, en México hay 4,422 instituciones –no sólo universidades– que imparten licenciatura, de las cuales 324 están en la CDMX. El próximo 10 de agosto, por ofrecer otra cifra, la UNAM recibirá a 50,113 estudiantes de licenciatura, 1,454 más que el año anterior.
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A propósito, el examen de ingreso a la UNAM para el curso 26-27 llamó doblemente la atención. Primero, porque se aplicó totalmente en línea y, segundo, porque aumentó el número de aciertos con respecto a años anteriores (120 reactivos de opción múltiple).
¿Cómo debe ser un examen de admisión a la universidad? John Henry Newman propuso hace casi dos siglos que la materia principal de esa prueba «serán los elementos de gramática latina y griega» (Estudios elementales, 1856).
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Parece que muchos intelectuales coinciden en que la universidad es, permítaseme la expresión, el refugio de la palabra. Refugio y lugar propio. En Adiós a la universidad: el eclipse de las humanidades (2011), Jordi Soler advertía de la preeminencia de la palabra por sobre la impetuosa presencia de las pantallas en la universidad; ante ese emblema fantasmagórico, «toda vindicación de una enseñanza basada en el arte de la palabra, en la elocuencia y en la inteligencia de los profesores y de los alumnos, ha terminado por parecer una impertinencia, es decir, algo que no resulta adecuado para la educación».
Es cansina la insistencia en la importancia de las palabras. Por donde sea, escucho que «las palabras importan». Es una obviedad. ¿Qué sería de nosotros sin ellas? La clave del poder totalitario en 1984 –la distopía de Orwell– es la neolengua y el ministerio de la verdad. En el relato, la palabra ya no importa.
Pero esta cantaleta convive con un desconocimiento casi absoluto del lenguaje. Sin mencionar que la antiquísima Etimologías grecolatinas ya no es obligatoria en el sistema de educación media del país, las materias de Español y Literatura son olvidadas a mitad de la fiesta de graduación de la preparatoria.
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De ahí la relevancia de la universidad como salvaguarda la palabra. Cuando la universidad se concentra sólo en los procedimientos o los cálculos a partir de datos –estadística e informática–, cae en la tentación del progreso a toda costa. De esa ilusión surge la idea de que sólo vale lo útil. La utilidad es crucial; pero no suficiente.
Los datos no bastan para comprender qué somos. Lo humano carece de la claridad y rotundidad matemática. La tradición literaria ofrece respuestas a inquietudes humanas fundamentales sin apelar a los números. Al contrario; en vez de sujetarse a demostraciones aritméticas, la literatura se vale de mitos para intentar explicar lo que somos.
Aunque la humanidad creó los mitos antes que la universidad, ésta se dedica a escudriñar en ese pasado detenido en palabras. Sus hallazgos en el testamento verbal son vitales. Los mitos nos muestran quiénes somos sin el rigor de la ciencia.
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Si una misión tiene la universidad es la de seguir navegando el mar de palabras que es la humanidad. Un mar intempestivo e insumiso. Muy oscuro a veces. El desafío es tan grande como la vuelta de Odiseo a Ítaca. Sobre todo, si consideramos que, como leemos en la Odisea, «De cuantas respiran y se mueven sobre la tierra, no hay criatura más débil que el hombre».
Los asuntos humanos también son frágiles; están hechos de palabras. La política es ardua porque esencialmente es diálogo. El diálogo es tesoro y hazaña y nos obliga conocer ese intrincado universo verbal, no sólo sus reglas y pautas, sino las travesías de quienes nos precedieron, lo que otros imaginaron. Sin ello, la barbarie de la ignorancia destruirá nuestro mundo.
Uno los rasgos de Odiseo era hablar con belleza. Alcínoo, rey de los feacios, se rinde ante él con un halago: «Odiseo, de ningún modo al verte te imaginamos como un charlatán o un farsante, como hay tantos criados por la negra tierra, vagabundos enredadores y forjadores de patrañas que nadie podría constatar. Hay belleza en tus palabras y es perfecto tu juicio».
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Me parece que la universidad sobrevivirá como albacea de la palabra. Tal vez ya no se le llamará así y será más bien una especie de comuna donde se preservará y defenderá el testamento humano. Ahí conversaremos en una tertulia esperanzada. Vendrán otros y seremos otra vez como palabras –según un poema juvenil de Aurelio Asian– y ellas nos volverán de pronto de la sombra.
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