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"Nací en Botosani, una ciudad del noreste de Rumania. Durante la revolución de 1989 tenía 20 años, así que viví mi infancia y adolescencia bajo una dictadura", platica el autor rumano Dan Lungu (1969). Vivir esa experiencia de la dictadura y del comunismo marcó su escritura. Prueba de ello es que en su obra hay una constante crítica a la nostalgia por el pasado, muchas veces hecha desde la ironía y desde personajes marginales.
Este autor, que en su país también es reconocido por su labor de promotor cultural — fundador del Festival Internacional de Literatura y Traducción de Iași (uno de los eventos de literatura más importantes del sureste de Europa) y del Festival de Literatura para Adolescentes Apolodor—, visitará México en el marco de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara.
Lungu forma parte de lo que se ha llamado “la nueva generación” de escritores rumanos que debutaron tras la caída del comunismo. Sociólogo de formación y profesor de la Universidad Alexandru Ioan Cuza de Ias, se ha interesado por la memoria colectiva y las distintas formas en que las personas reconstruyen el pasado, sin temor a mostrar las fisuras entre la vida cotidiana y los discursos oficiales que marcaron a varias generaciones de rumanos. Se inició en la literatura en 1996 y ha publicado más de cinco volúmenes de prosa, además de otros de poesía y teatro. Una de sus novelas, El paraíso de las gallinas, se consideró libro del año en Alemania ( 2007) y fue adaptado al teatro y al cine. Ha recibido distintos premios literarios en Rumania y en 2008 fue nominado al galardón literario europeo Jean Monnet.
La obra de Lungu ofrece una reflexión necesaria sobre cómo se forman y se fracturan las identidades, y lo hace con una escritura donde aparece el habla popular, con personajes que invitan a leer la historia reciente de Rumania, por ejemplo, una viuda que añora el comunismo (en ¡Soy un vejestorio comunista!), familias que viven lejos de los centros urbanos y que buscan en el barrio sus entretenimientos (en El paraíso de las gallinas), y migrantes que reconstruyen sus lazos afectivos lejos de casa.
Conversamos con Lungu previo a su visita a Guadalajara sobre su obsesión por la periferia rumana, por entender el periodo de transición en su país y sobre algunos recuerdos que conserva de su infancia: leer libros abandonados en los vagones de los trenes.
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En sus libros, por lo general, sus personajes son marginados, ¿qué le atrae de estos personajes excluidos?
Tengo debilidad por las minorías, los marginados y los excluidos. Al escribir sobre ellos, a veces tengo la sensación de estar participando en un acto de justicia, ya que así ganan más visibilidad. En el periodo inmediatamente posterior a la caída de la dictadura en Rumania, la periferia de las grandes ciudades se convirtió en el lugar de los desempleados y los jubilados anticipados, de todos los perdedores del periodo de transición hacia la democracia y la economía de mercado. Toda esta reestructuración fue muy dura. Algunos, pocos, regresaron al campo, otros emigraron para trabajar en el extranjero, especialmente a Italia y España, y otros sobrevivieron en condiciones precarias. En cualquier caso, la periferia urbana y social, donde vivía una buena parte de Rumania en los años 90, se convirtió en una zona de resentimientos, nostalgias, miedos, pérdida de sentido, explotada al máximo por el populismo político. Mis dos primeras novelas, El paraíso de las gallinas y ¡Soy un vejestorio comunista!, exploran este mundo, esta caja de resonancia de la historia. No se puede entender el colapso de las dictaduras de Europa del Este y el nacimiento del nuevo mundo sin escuchar a estos marginados. La nostalgia de muchos de ellos por la vida durante la dictadura es paradójica, pero real, con consecuencias que no deben pasarse por alto.
En las periferias siempre se sueña con más de dinero y el entretenimiento no es la cultura, es ver televisión o tomar cervezas con los vecinos, ¿eso también sucede en Rumania?
La periferia tiene una cordialidad y un deseo de vivir el momento que me han fascinado. El futuro incierto y las carencias económicas hacen que los planes no se piensen a largo plazo, sino que la alegría se manifieste aquí y ahora, con lo que tienen a la mano. Una copa, un televisor y la compañía de los vecinos, como usted dice, son suficientes para disfrutar de la vida. Un consumo cultural elaborado supone una estrategia de vida a largo plazo, lo que se puede encontrar de forma excepcional en algunas familias de la periferia, como reminiscencia de la época en que el título escolar era una de las pocas garantías de ascenso social. La jungla económica del periodo de transición y la emigración masiva en busca de trabajo han devaluado significativamente los títulos escolares y, por tanto, el consumo cultural.
En cuanto a la infraestructura cultural, paradójicamente, durante la dictadura llegó a penetrar bastante profundo tanto en la periferia urbana como en las zonas rurales. La razón de esta capilaridad era que la propaganda oficial llegara a todos los rincones de la sociedad. Los centros culturales y las bibliotecas públicas se concebían principalmente como centros de propaganda, formación ideológica y adoctrinamiento. Por supuesto, esto no significa que allí no se llevaran a cabo también actividades culturales normales.
Otro tema en su literatura es la migración, ¿Rumania es un país con alto número de emigrantes?
Desde hace algunos años, hemos sido testigos del fenómeno de la remigración a Rumania. Muchos regresan a casa. Pero sí, el número de rumanos que se han ido a trabajar al extranjero sigue siendo muy elevado. La mayoría de los que se han ido lo han visto como una solución a sus problemas económicos, y otros se han ido por motivos familiares, para ver cómo es, para experimentar. Las consecuencias son múltiples y complejas. En La niña que jugaba a ser Dios me ocupé de los llamados huérfanos blancos, es decir, los niños que se quedaron solos en casa, al cuidado de sus abuelos o vecinos. Su experiencia fue a menudo traumática.
Ha hablado de la nostalgia comunista, ¿considera que añorar un pasado siempre es dañino para construir democracias?
La nostalgia es un sentimiento humano muy poderoso y tiene su lado legítimo. Cuando echamos de menos la infancia sin responsabilidades, nuestra juventud llena de vitalidad o la salud de antaño, no hay nada de malo en ello. El problema surge cuando extrapolamos la nostalgia de nuestra propia juventud al contexto en el que se desarrolló y, con ello, legitimamos o blanqueamos la imagen de un régimen criminal. El problema surge cuando populistas de todos los colores instrumentalizan nuestras nostalgias con fines políticos.
¿Sus padres fueron inmigrantes?
Nací en Botoșani, una ciudad del noreste de Rumania. En la revolución de 1989 tenía 20 años, así que viví mi infancia y adolescencia bajo una dictadura. Mis padres trabajaban en una fábrica y nunca salieron de Rumania. Pasé mi infancia en la zona industrial de la ciudad, cerca de la estación de tren. Jugábamos en las obras de construcción o entre los vagones abandonados. Uno de mis recuerdos más bonitos está relacionado con los vagones de papel usado de la estación. Entre las toneladas de papel destinado al reciclaje, a menudo se encontraban libros. Como en casa teníamos muy pocos, solíamos leer los que encontrábamos entre el papel usado. Pero estos tenían un problema: a menudo les faltaban las últimas páginas. Como me moría de curiosidad por saber el final de la historia, iba a la biblioteca a pedir prestado el libro y leer el final.
¿La sociología es su principal herramienta para crear a sus personajes e historias?
Empecé a escribir y publicar antes de estudiar sociología, así que me considero ante todo escritor. Sí, la sociología puede ser una herramienta muy útil para comprender el mundo y los fenómenos, pero la literatura es otra cosa, es estilo, emoción, historia... En la literatura utilizo mis conocimientos de sociología con mucha precaución.
Impulsó dos festivales literarios importantes en Europa, ¿qué tan complicada es la labor de promotor cultural en Rumania?
El Festival Internacional de Literatura y Traducción de Iași y el Festival de Literatura para Adolescentes Apolodor son dos festivales importantes que inicié y desarrollé junto con un equipo. Para eventos de calidad y con gran impacto en el público, es posible encontrar financiación en Rumania. No digo que sea necesariamente fácil, pero lo importante es que es posible. Tras el éxito de ambos, recibo todo tipo de propuestas para nuevos eventos, y tengo que rechazar algunas, porque quiero dedicar tiempo para escribir.
¿Qué autoras o autores rumanos considera fundamentales, quiénes deberían traducirse al español?
La literatura rumana está en plena efervescencia, por lo que habría mucho que traducir. Menciono aquí algunos nombres, pero sin duda la lista es mucho más larga: Gabriela Adameșteanu, Stefan Agopian, Radu Andriescu, Gheorghe Crăciun, Cristian Fulaș, Claudiu Komartin, Florin Irimia, Florin Lăzărescu, Ion Mureșan, Ovidiu Nimigean, Simona Popescu, Andreea Răsuceanu, Octavian Soviany, Bogdan Alexandru Stănescu, Doina Ruști, Lucian Dan Teodorovici, Radu Vancu y muchos otros.
Traducción cortesía de la embajada de Rumania.
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