“Las vidas simples no hacen Historia”, leemos en la página 118 de La ausencia (Planeta, 2025) la más reciente novela de Mónica Lavín, libro que puede ser leído en dos niveles distintos. Ya desde el plano de las anécdotas resulta fascinante, pues nos recuerda que en 1941 tres célebres escritoras norteamericanas coincidieron en una apartada casa victoriana en Saratoga Springs, New York, para hacer una residencia literaria. Eran Carson McCullers, Katherine Anne Porter y Eudora Welty. Nos enteramos también de que la convivencia entre las tres no siempre fue sencilla. De acuerdo con la novela, una cuarta escritora llamada Beth se habría integrado al grupo. Si su nombre no consta en los registros es porque un día, mientras las cuatro escritoras nadaban en un lago cercano a la propiedad, Beth desapareció. ¿Huyó o fue víctima de un crimen?[Salto de ajuste de texto] Décadas más tarde, una novelista mexicana llamada Lavinia Melín establece contacto con quienes estuvieron en aquella residencia. Venciendo barreras temporales y físicas, Lavinia puede conversar con las tres autoras que atestiguaron la súbita desaparición de Beth. Lo que en un principio es una oportunidad para interrogarlas en torno al turbio pasaje, se convierte en una serie de conversaciones informales que abordan los temas más diversos: maternidad, sexo, moda, fotografía…[Salto de ajuste de texto] Que las vidas simples no hacen Historia, Mónica Lavín lo sabe desde hace tiempo. Basta recordar dos de sus novelas más celebradas: Yo, la peor (Planeta, 2009), que aborda la vida de Sor Juana Inés de la Cruz y Las rebeldes (Grijalbo, 2011), ambientada en el México revolucionario. Esta última toma como personajes a Leonor Villegas, quien fundara la Cruz Blanca Constitucionalista, y a Jenny Page, joven que huye de su casa para ser periodista y encontrar su propio camino.

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 Crédito: Archivo EL UNIVERSAL.
Crédito: Archivo EL UNIVERSAL.

Las vidas simples no hacen Historia, es cierto. También es verdad que, durante siglos, las mujeres que han elegido la literatura como vocación han enfrentado resistencias, incomprensión y rechazos. Las tres residentes de Saratoga Springs no son la excepción: leyendo La ausencia descubrimos que Katherine Anne Porter se casó cuatro veces, que sufrió violencia doméstica, que jamás tuvo hijos y que estuvo al menos tres veces en México. Más allá de los datos biográficos, la pluma de Lavín convierte a las autoras en personajes entrañables, con claroscuros y conflictos. Baste un ejemplo: como lectores asistimos a un momento crucial en la vida de Katherine Anne Porter: a los once años acompañó a su abuela en un viaje que se malogró cuando murió la anciana. Tocó a la muy joven Katherine hacer sola el trayecto de regreso en tren, con el cuerpo de su abuela en un ataúd.

La novelista estadounidense Carson McCullers (1917-1967), autora de The Heart Is a Lonely Hunter (1940), publicada cuando tenía apenas 23 años. Carl Van Vechten / Library of Congress.
La novelista estadounidense Carson McCullers (1917-1967), autora de The Heart Is a Lonely Hunter (1940), publicada cuando tenía apenas 23 años. Carl Van Vechten / Library of Congress.

En un segundo nivel, La ausencia puede ser leído como un laboratorio de creación literaria, pues es el tipo de libro que solo podría ser escrito por una autora hábil, experimentada, con múltiples recursos y herramientas para construir ficciones. Uno de los temas de conversación entre las escritoras que habitaron la casona es la técnica, de allí que la novela sea pródiga en recomendaciones en torno al oficio de escribir. No pocas entre las 342 páginas de La ausencia contienen estrategias, métodos e incluso ejercicios para quienes desean seguir el camino de la creación literaria. Consejos para vencer el miedo a la página en blanco, para trazar personajes, para dar tensión a la historia, para retratar entornos que no se desplomen como escenarios de mampostería… Un ejemplo de cómo esta novela funciona como laboratorio aparece en la página 145, cuando la voz narrativa propone a los lectores un ejercicio para crear personajes: “Yo pido a quienes oriento en el camino de la novela que llenen el expediente de sus personajes. Que conozcan a los protagonistas. No sabrán todo, pero que se esfuercen, la trama les revelará lo imprevisto de su carácter”. [Salto de ajuste de texto] Mención especial merece el capítulo 22, donde Lavinia Melín y Eudora Welty se encuentran en el Repertorio Español, teatro neoyorkino especializado en obras en lengua castellana. Se trata de un fragmento fundamental para comprender la propuesta de esta novela: más que teorizar, Mónica Lavín se impuso el reto de mostrar en clave narrativa los aprendizajes recogidos durante años de estudiar la obra de las tres autoras evocadas. Además estas páginas tienden puentes a la literatura de Capote, Faulkner, Hemingway, Cheever, Rulfo, Chejov, Dostoievski, Cortázar, McEwan y Joyce. Así, lo que podría haber sido un libro de ensayos con ideas y estrategias argumentativas al estilo de Leo, luego escribo (Lectorum, 2013) y Cuento sobre cuento (Lectorum, 2014) termina ante el lector como un poderoso relato que conjuga la tensión de una novela negra, los vaivenes emocionales de una novela psicológica y una serie de valiosas consideraciones en torno al oficio de narrar.[Salto de ajuste de texto] Como ocurre en todo buen laboratorio, no todo son certezas: en La ausencia, Mónica Lavín nos recuerda que escribir “es un asunto de vida o muerte”. A quien piense que esa frase es solo una figura retórica, conviene recordarle que dedicarse a escribir es un auténtico salto al vacío: hablamos de la precarización del oficio, sí, pero sobre todo de que en estos tiempos de hipercomunicación y saturación de mensajes, apostar por una historia contada en profundidad es lanzar un aullido en la niebla. [Salto de ajuste de texto] “Todo escritor quiere la complicidad de la otra orilla, alguien que tome las palabras como si fueran una cobija y se envuelva con ellas”, confiesa Lavinia mientras los lectores braceamos libro adentro. Es quizá esa ausencia la que más preocupa a quienes vivimos de y para la bendita manía de contar: imposible explicar, a quien no lo haya vivido, el temor de dedicar años a planear, documentar y escribir un libro para que al final de tanto riesgo y tanto esfuerzo no haya nadie del otro lado de la página. No se trata, por suerte, de un riesgo real para Mónica Lavín, que en treinta años de carrera literaria ha sabido forjar un nutrido grupo de lectores que, en cada nuevo libro, la esperamos al otro lado de las páginas.

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