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Puntuales como reloj mundialista, ingenieros en Corea y Japón ya metieron la pelota Trionda de Adidas, balón oficial del Mundial, al túnel de viento. Dichos artefactos producen corrientes de aire con velocidades que normalmente sirven para probar las alas de los aviones. Pero esta vez no se trataba de cazas supersónicos, sino de algo mucho más delicado y banal: averiguar cómo corta el aire una pelota de futbol cuando sale disparada del botín de un jugador, a veces a 120 km/h, es decir, a unos 33 metros por segundo.
Cuando una pelota a esa velocidad se enfrenta al aire, lo rompe literalmente. Al hacerlo, se forman microtorbellinos sobre su superficie, pequeños remolinos que van “aceitando” su vuelo. La pelota se va frenando poco a poco: de 33 m/s baja a 30, luego a 25, luego a 20. Y entonces puede ocurrir algo inesperado: los torbellinos comienzan a desorganizarse sobre la piel del balón y la fricción con el aire aumenta de golpe. El balón deja de comportarse como un proyectil obediente y empieza a tener ideas propias.
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Eso fue, precisamente, lo que ocurrió con pelotas de diseño desafortunado, como Jabulani, utilizada en el Mundial de Sudáfrica 2010. A cierta velocidad, el aumento brusco de la fricción hacía que la pelota “temblara”: primero se iba hacia un lado, luego hacia el otro, trazando una curva impredecible para el guardameta.
Por eso, para lograr la estabilidad del balón, hay que diseñar bien las costuras, las incisiones y las protuberancias de los gajos plásticos que forman su piel. Es, en el fondo, el mismo principio de las pelotas de golf: sus pequeñas muescas orquestan los miniremolinos de aire que acompañan su trayectoria. En el caso de Trionda, Adidas apostó por cuatro gajos, cada uno con incisiones estratégicas y costuras con la profundidad y el perfil necesarios para producir una curva estable (según la computadora). La ambición es clara: que el balón pueda bajar de 120 km/h a 60 km/h sin que la fricción con el aire se dispare de pronto. Con Jabulani, en cambio, la temblorina comenzaba ya alrededor de los 75 km/h.
Si Adidas acertó esta vez con el diseño, validado en sus laboratorios con una pierna robótica dedicada, con admirable monotonía, a chutar el balón miles de veces bajo la mirada implacable de sistemas de visión computacional, lo que veremos en este Mundial debería ser una pelota dócil. Una pelota que responda a la caricia del botín, como habría dicho Maradona, porque a la pelota no se le pega: la acariciás, la convencés.
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