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Preámbulo
Álvaro y yo teníamos la costumbre de enviarnos por correo electrónico las versiones definitivas de nuestros libros, con el propósito –un poco setentero, me temo– de integrarlas al ciberespacio y evitar el riesgo de que se extraviaran sin remedio para nuestra pequeñísima porción de humanidad poblada por dos personas; también con el objetivo más obvio de que tanto él como yo conserváramos en nuestras respectivas computadoras respaldos en caso de que sucediera algún desastre tecnológico (siempre le opusimos soluciones prácticas a nuestro pesimismo cotidiano).
El 15 de octubre de 2021 me llegó el archivo de Suma de las partes con el mensaje que ambos habíamos adoptado para darle un toque lírico a un acto ya mecánico: “destinado al cielo virtual”. Yo había leído el compuscrito unas semanas antes, cumpliendo con otra de nuestras costumbres: criticarnos, corregirnos, sugerir hasta obtener la aprobación, incluso el triunfo mayúsculo de la aclamación casera: “¡bravo, bravo!”. Y así ocurrió: hubo aplausos y se pronunció la consigna burlona que habíamos extraído de una entrevista a algún colega muy orondo: “¡otro libro!”.
El 21 de noviembre se confirmó la pésima noticia de que Álvaro tenía un tumor maligno en el pulmón izquierdo. Comenzaron los días de intensos tratamientos, los horarios y las rutinas de la enfermedad, los nuevos hábitos y las nuevas ceremonias, pues dada nuestra pasión e inclinación natural por los rituales, era inevitable que las estableciéramos y que fueran, además, “bonitas”, como insistía Álvaro, con ese adjetivo deliberadamente ingenuo, casi infantil, que se erigió en la regla de oro para cualquier hazaña conjunta, cualquier esfuerzo, cualquier circunstancia que nos pusiera en aprietos. Lo “bonito” era y es (hasta la fecha lo uso como marco de referencia) no solo una actitud de moderado desafío, sino una voluntad escenográfica, la búsqueda e instalación de un ambiente límpido, hermoso, confiable, todo en su sitio –mesas, sillas, tapetes, ropa, plantas, gatos, aire, luz– para no atribularse, tropezarse, perderse en el camino.
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El 23 de febrero de 2022 la continuidad, ya frágil, se rompió cuando fue necesario hospitalizar a Álvaro. La noche del 25, un viernes, después de que el doctor me dio el pronóstico brutal, Álvaro y yo tratamos de organizar el futuro del pasado, por decirlo de manera complicada. Álvaro me habló de sus libros inéditos: Tríptico del Cangrejo –los diarios de sus tres cánceres, publicados en 2023–, La verdad sobre M. A., novela inconclusa cuyo desarrollo me reveló con detalle: sé lo que falta y cómo concluye (dentro de la novela hay cuentos que podrían publicarse de modo independiente), y Suma de las partes. La conversación fue extrañamente profesional. Tomé apuntes y numeré incisos. Discutimos opciones. No entiendo por qué, pero estábamos contentos. Álvaro murió el miércoles, 2 de marzo.
Suma de las partes contiene trece ensayos de cronología variada: “Nada será mejor” es el más reciente, de 2020; “Algo sobre la vida y la obra de Víctor Herrera”, el más antiguo, de 1997, y se divide en tres partes que no voy a describir para no arruinar las múltiples sorpresas. Solo diré que el volumen abre con dos ensayos extensos, uno sobre el novelista estadounidense, John Williams, y otro sobre el polifacético escritor mexicano, José Emilio Pacheco, y cierra con un “Credo cuentístico”, que carece de fecha, lo cual me parece apropiado porque se trata de una declaración de principios, de una especie de fe, cuyo origen por naturaleza debe permanecer indefinido. He puesto algunas notas a pie de página cuando he creído que se requiere una mínima explicación adicional. Por lo demás, tengo la certeza de que los ensayos de este libro son unidades autosuficientes y están escritos “con el obsesivo cuidado de la frase con la aspiración irrenunciable a alcanzar en cada párrafo la absoluta redondez”.
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En “La ficción y la forma” Álvaro se permite un reproche melancólico: “a menudo se me califica de estilista. Agradezco el calificativo, que suele identificarse con un elogio, pero no deja de causarme cierta perplejidad”. Recuerdo esa perplejidad e incluso me atrevo a parafrasearla: como si el estilo –comentaría Álvaro– fuera un procedimiento muy elegante, privilegiado, para darle la vuelta a un contenido de escasos recursos; como si escribir muy bien impidiera contar una historia o elaborar un ensayo con un grado paralelo de excelencia y fuera en el fondo o, más bien en la superficie, una limitación; como si cualquiera pudiera escribir muy bien, pero prefiriera mejor escribir medio mal en beneficio de una imaginación, una trama o un pensamiento complejo, explosivo. En el ensayo sobre Williams, Álvaro argumenta que “aproximarse a la novela perfecta es, propongo, el mayor aliciente asequible a los grandes artistas de la palabra incapaces de crear novelas grandiosas”. El matiz entre la perfección y lo grandioso resulta tan tenue que sólo se percibe cuando se conceptualiza, cuando se quiere descubrir el lado oscuro de las cualidades. Si el estilo es el hombre, tal como cita Álvaro al conde de Buffon, entonces “todos somos fatalmente estilistas. Buenos o malos: es otra cuestión,” fácil de zanjar en la obra entera de Álvaro, y en términos además superlativos, sin temor alguno a exageraciones.
En el ensayo sobre el poeta peruano, Armando Rojas, Álvaro señala que “un proceso consumado... desata la inútil propensión del intelecto a interpretar todos los hechos que lo componen como una serie de causas y efectos que inevitablemente habrían de conducir al desenlace conocido”. Ni yo, cómplice íntima, logro sustraerme a esa tendencia de rastrear pistas. Pero la combato con mi memoria. La escritura de Suma de las partes se dio a lo largo de muchos años y no incluye la conciencia de un final que se avecina, sino más bien el placer de la creación, de las lecturas, de la amistad, de las celebraciones y las conmemoraciones; el perpetuo buen ánimo, la lucidez constante, la erudición, la ironía con un filo siempre atemperado por la bondad: palabras exactas, ritmos precisos, la belleza de la inteligencia y –valga la dialéctica– la inteligencia de la belleza. No prolongaré la lista. No quiero caer en trampas retóricas. En Álvaro las extraordinarias virtudes literarias se combinaron –se combinan– ejemplarmente con las vitales, un equilibrio envidiable, sorprendente entre su excepcional talento para inventar cuentos, novelas, ensayos, y para disfrazarse él mismo de alegría, hasta el último minuto.
Tedi López Mills
Mayo, 2025

Primera parte: dos modelos
John Williams: la frase como forma
1.
Una sola novela, no la más exitosa en lo inmediato de las tres obras maestras de la narrativa estadounidense que escribió, le granjea a John Williams (1923-1994) el favor de ese juez insobornable y tan voluble como el tiempo presente que es la posteridad. Publicada en abril de 1965, cuando el autor tenía 42 años, Stoner recibió unas cuantas reseñas y vendió 1,700 ejemplares en sus meses iniciales de circulación. Esos resultados, que serían bastante halagüeños para muchos escritores mexicanos en la tercera década del siglo xxi, eran casi catastróficos en los Estados Unidos de entonces (y lo siguen siendo en los de hoy). En febrero de 1966 el crítico Irving Howe elogió el libro en la influyente revista The New Republic: “serio, bello y conmovedor [ ] El Sr. Williams escribe con disciplina y fuerza; es devoto de la frase como forma y está libre de la fascinación de la imagen”. El artículo de Howe, sin embargo, se titulaba premonitoriamente “Las virtudes del fracaso” y las ventas no mejoraron. Stoner no le valió a Williams ni siquiera la hipócrita felicitación de sus colegas en la Universidad de Denver, en cuyo Departamento de Letras Inglesas trabajaba como profesor de tiempo completo.
Solo hasta el cambio de siglo y de milenio esta narración paradigmática empezó a encontrar los numerosos lectores que merece. En 2006 el editor neoyorquino Edwin Frank incluyó la novela de Williams entre los Classics de The New York Review of Books. Otra vez se vendió relativamente poco: unos cuantos miles de ejemplares. En 2007 el crítico estadounidense Morris Dickstein, en The New York Times, aclamó Stoner como “la novela perfecta”. Más adelante el narrador irlandés Colum McCann, en The Guardian, la puso en el primer lugar de sus diez libros favoritos. La escritora francesa Anne Gavalda vio esa lista y se apresuró a leer la novela y se enamoró de ella y se puso a traducirla a su idioma. Tito Expósito, editor jefe de la casa canaria Baile del Sol, leyó una entrevista donde Gavalda expresaba su entusiasmo por Stoner y publicó el libro en España en 2009: su primera edición en la Europa continental. Siguieron Francia (2011), Italia (2012) y Holanda (2012), países donde se convirtió en un rápido best-seller. Mientras se difundía en América Latina merced al ejemplo español, el libro por fin se vendió en serio en Estado Unidos y en Gran Bretaña. El periodista británico Bryan Appelyard resumió así la impresión que causaba el descubrimiento de Stoner: “es la novela más grandiosa que usted jamás leyó”.
2.
John Edward Jewell, llamado así para reproducir los nombres y el apellido paterno de su padre, nace en Clarksville, Texas, el 29 de agosto de 1923. La familia se muda a Wichita Falls, población también texana, para beneficiarse del auge petrolero. J. E. Jewell senior desaparece al poco tiempo, asesinado para robarle (según la versión de su esposa) o quizá fugado para ayuntarse con otra mujer (según plantea Charles I. Shields en su biografía The Man Who Wrote the Perfect Novel –“El hombre que escribió la novela perfecta”– de donde procede mi información). Su madre oficialmente viuda se casa en 1925 con George Clinton Williams, diez años mayor que ella, borracho y apenas capaz de trabajar. Con un nuevo apellido, el niño John Edward Williams se cría en la granja de su abuelo materno, en las afueras de Wichita Falls. Son pobres pero no indigentes.
Desde muy joven Williams es lector voraz y empieza a escribir. En la revista de su escuela preparatoria (high-school) publica poemas y reseña libros. Es chaparro y menudo y en la adolescencia adquiere la costumbre de compensar su físico escueto con ropa tan elegante como se lo permite su pobreza. Para combatir el tartamudeo provocado por su timidez, o la timidez provocada por su tartamudeo, escribe y actúa en una obra de teatro sobre Lincoln. Alumno brillante, gana un concurso estatal de poesía y termina su high-school en tres años y no los cuatro que son la norma.
En su primer año universitario, que cursa en Hardin Junior College en Wichita Falls, Williams escribe y dirige y actúa en piezas teatrales radiofónicas. Pronto abandona los estudios para dedicarse al teatro y a leer. En 1941 se va a vivir a Denton, Texas, donde trabaja en una estación de radio. Allí conoce a la mexicano-irlandesa Alyeene Rosida Bryan, poeta y editora, y en abril de 1942 se casa con ella a los diecinueve.
Seis meses después, acaso para huir de ese matrimonio demasiado prematuro, se enlista voluntariamente en el Army Air Corps (Fuerza Aérea de Estados Unidos). Su entusiasmo bélico no es mucho y pasa el examen para ser técnico de radio. En 1943 lo mandan a la base militar de Sookeranting en la India, desde donde los cargueros estadounidenses abastecen al ejército nacionalista chino de Chiang Kai-shek en vertiginosos vuelos sobre el Himalaya. Más tarde Williams relatará a propios y extraños que una vez los japoneses derribaron su avión y él salvó la vida atravesando la selva a pie y sin armas. Su biógrafo Charles I. Shields no ha encontrado en los archivos del Pentágono ni un solo documento que corrobore este relato.
En una carta fechada en 1944 su esposa le pide el divorcio. Williams en ese mismo año aprovecha sus ratos libres en la base militar para escribir los bosquejos de algo que podría ser una novela. Regresa a Estados Unidos a principios de 1945. Se divorcia de Ayleene en Wichita Falls. Visita a su familia en Pasadena, California, adonde se han mudado. Se va a Florida. Bebe con intensidad literaria. Fuma sin parar. Gasta un bigote artístico que en su madurez y vejez será una barba en candado. Se instala en la isla de Key West, donde trabaja como radioperador. Allí viven los poetas Elizabeth Bishop, Wallace Stevens y Robert Frost, el dramaturgo Tennessee Williams, el narrador Ernest Hemingway.
Inspirado o quizá desafiado por la vecindad de tantos autores talentosos, en el otoño de 1945 termina la novela que había emprendido en Sookeranting. Su título es Nothing But the Night (“Nada salvo la noche”) y Williams, de acuerdo con su biógrafo, apenas la corrige. Para evitar las revisiones, que aborrecía según Shields, “ensayaba pasajes en su mente antes de confiar las palabras al papel, un método que usó durante toda su vida”.
Conoce al crítico y académico George K. Smart, quien lee el manuscrito de la novela y le dice que está lista para enviársela a un editor. Harper & Brothers la rechaza. También la rechaza Allan Swallow, dueño de Swallow Press en Denver, Colorado, pero declara a Williams escritor y lo anima a perseverar.
En 1947 se casa con Yvonne Elyce Stone, amiga de su hermana George Rae. Swallow acepta una nueva versión de la novela (que Williams por lo visto se rebajó a corregir) y lo invita a estudiar en la Universidad de Denver, donde es catedrático y dirige la editorial universitaria. Inaugurando una costumbre tenaz en la vida de Williams, el libro se vende apenas: ni siquiera unos cuantos miles de ejemplares.
3.
Nothing But the Night es la prometedora novela debutante de un joven que parece haber leído con provecho, si no con empacho, La naúsea (1938) de Jean-Paul Sartre y El extranjero (1942) de Albert Camus. Si el existencialismo se caracteriza en la narrativa por la persistente extrañeza ontológica del narrador ante los objetos que lo rodean y los sujetos que se empeñan en ser otros yos, así como por su no siempre explicable incomodidad ante el hecho elemental de existir, la primera narración de largo aliento de John Williams es una obra existencialista. Vale decir: un relato que se mueve sobre una cuerda floja tendida entre los extremos del tremendismo y del solipsismo, con el riesgo de caer a veces en el punto medio de la obviedad.
La narración, cuyo título proviene de un verso del poeta inglés A. E. Housman (1859-1936), comienza con un sueño paranoico de siete páginas donde una multitud acosa al protagonista Arthur Maxley en una fiesta. Sigue un día caótico (uno solo, como en Ulysses de James Joyce) en que el joven Arthur no se baña; ordena en una cafetería un desayuno que apenas prueba; recibe una carta de su padre, a quien no ha visto en tres años; acepta a regañadientes su invitación a cenar; recuerda a su madre fallecida, que en la niñez iba a su cuarto a despedirse de él antes de dormir; recuerda también que tiene una cita para almorzar con su amigo Stafford Long; almuerza con él y se pelean porque Arthur le niega un préstamo a Stafford y este menciona despectivamente a la madre de Arthur; lo expulsan del restorán por borracho, aunque solo ha tomado un par de martinis; cena con su padre, que lo mantiene pese al distanciamiento entre ambos; una mujer parecida a su madre se acerca a saludarlos y Arthur entiende que ella es amante de su padre; se va furioso del restorán; se mete en un club nocturno; bebe; una joven borracha como él se sienta a su mesa y beben más y bailan y se toman de la mano; y así hasta que aparece en escena Violita, la estrella del club, y su baile desenfrenado arroja a Arthur al abismo de la memoria. Para no incurrir en la abominable práctica del spoiler, no abundaré en los pormenores del escabroso episodio que Arthur evoca en ese momento, salvo para decir que involucra a su madre y a su padre y a él, ni revelaré qué sucede con la muchacha a quien conoció en el club. Anoto únicamente que al terminar la novela, maltrecho y sin sus anteojos (de los que no se ha hablado antes), Arthur camina por una calle oscura “donde nada lo esperaba, donde él estaba, por fin, solo”.
Se antoja argumentar que un relato cuyo protagonista conoce desde el principio un hecho esencial que el lector desconoce, y desvela ese conocimiento solo cuando resulta oportuno para alcanzar un desenlace eficaz, es un relato tramposo. (Otros menos indulgentes lo llamarían quizá fallido.) Arthur recuerda a su madre después del malogrado desayuno, vuelve a recordarla durante el almuerzo pendenciero con su amigo Stafford y la recuerda otra vez durante la tormentosa cena con su padre. Pero hace falta esperar hasta que la noche avance para que el recuerdo decisivo comparezca entero y dote de sentido a su conducta errática y a su patente dolor. Como si la memoria de Arthur tuviera un fino instinto narrativo y supiera en qué precisa página es más útil recuperar redondo el incidente recordado.
Mi argumentación, sin embargo, no le hace justicia a una buena primera novela, publicada cuando el autor tenía 24 años. Lo que importa en Nothing But the Night, lo que interesa al lector (a este lector) desde el principio hasta el final y más allá, no es la estricta verosimilitud de la trama. Importa la atmósfera onírica, que arranca en un sueño soñado y culmina en una pesadilla vivida. Importa el desamparo del protagonista, que no puede no conmover a quien haya padecido una juventud indecisa y doliente (es decir: a casi todo el mundo). Importa sobre todo la prosa, que si bien abusa de las analogías en que todo objeto es como otro y toda acción como si fuera otra, anuncia ya la maestría posterior de Williams: aún no el cultivo intachable de la frase como forma, pero sí la atención obsesiva a la forma de la frase.
4.
La vida de John Williams a los veintitantos es mucho más adulta que la de su personaje Arthur Maxley. Al año o poco más de casados, su esposa Yvonne se hace amante del escritor estadounidense Douglas Woolf (pariente de Leonard Woolf, el marido de Virginia). Williams tiene sus propias aventuras. Se divorcian en febrero de 1949. Ella escribe en una carta: “Mis pertenencias estaban en un clóset cerrado y había cosas de otra mujer por todas partes en el departamento”. Un mes después del divorcio él se casa en terceras nupcias con Avalon Smith, “Lonnie”.
No le va mucho mejor en el mundo editorial. Al finalizar la década de 1940 la revista Mademoiselle le rechaza el cuento “The Summer” (“El verano”) por su “tratamiento alambicado”. Swallow Press le publica el poemario The Broken Lanscapes (“Los paisajes rotos”), pero tiene pocas ventas y menos críticas favorables.
Por esos años lee In Defense of Reason (“En defensa de la razón”, 1947) de Yvor Winters (1900-1968) y se convierte al “winterismo”. Profesor en la Universidad de Stanford, California, Winters es conocido socarronamente como “el sabio de Palo Alto” y aboga, de acuerdo con Shields, por una poesía llana y directa, racional y refractaria al sentimentalismo. Para impartir sus cursos de literatura hace un canon de la poesía en lengua inglesa de 1500 a 1950. El poeta Kenneth Rexroth (1905-1982), “padre de la contracultura” estadounidense, declara a Winters “responsable de parte de la crítica más testaruda y excéntrica jamás escrita”. Pero sus devotos, entre ellos Williams, lo veneran como a un semidiós.
Influido quizá por su “winterismo”, decide seguir la carrera académica. En 1950 se inscribe en el doctorado en letras inglesas en la Universidad de Misuri en Columbia, que será el escenario de Stoner. Mientras prepara una tesis doctoral sobre Fulke Greville, un poeta menor de la época isabelina rescatado por los “winteristas”, hace una reseña de los Collected Poems (“Poemas reunidos”) de Winters. No consigue publicarla, pero se las arregla para que Winters la lea y sepa que tiene en él a un ferviente admirador.
Williams termina su segunda novela en 1950, ya en Misuri. Su título, Splendid in Ashes (“Espléndido en cenizas”), está entresacado de una frase del tratadista inglés Thomas Browne (1605-1682): “El hombre es un animal noble, espléndido en cenizas y pomposo en la tumba”. Su protagonista Douglas Morley es, según Shields, “un héroe nietzscheano, que lucha contra los límites de la vida convencional”. Allan Swallow le dice a Williams que su nueva obra merece más lectores de los que suelen tener los libros de Swallow Press. El agente literario Berthold Fres, en Nueva York, la considera “una de las más distinguidas piezas de ficción” que haya leído. Veinte editores neoyorquinos la rechazan. Uno de ellos opina: “es una lástima que un escritor con la obvia capacidad y potencialidad del Sr. Williams haya pasado tanto tiempo delineando un personaje que básicamente no vale la pena”. Caracterizada por Shields como “experimental”, la novela nunca se publicará.
En 1954 se acepta en Misuri la tesis doctoral de Williams sobre Fulke Greville. Allan Swallow le ofrece una plaza académica en la Universidad de Denver. Antes de iniciarse como profesor asistente de letras inglesas viene a México de vacaciones junto con su tercera esposa Lonnie. Pasan tres semanas en San Miguel Allende con su hermana Goerge Rae y su cuñado el escritor Willard “Butch” Mars. Leen, escriben, nadan en albercas, fuman y toman tantos bloodymarys que, según comenta Shields, agotan las existencias de jitomate en el pueblo.
Ya en Denver, Williams comparte la pasión de su amigo Allan Swallow por el Viejo Oeste de verdad: no el de espectáculos populacheros como “El Salvaje Oeste de Buffalo Bill”, que tergiversan y empobrecen la realidad histórica, ni el de las muchas novelas de tercera y películas mejores o peores que lo idealizan. Él quiere hacer por el Oeste, de acuerdo con Shields, lo que William Faulkner, Katherine Anne Porter y Tennessee Williams hacían por el Sur.
Durante un año investiga para escribir una novela titulada The Naked World (“El mundo desnudo”). En una mudanza del Departamento de Letras Inglesas de la Universidad de Denver pierde la mayor parte de sus fichas. Escribe entonces la novela sin notas, o solo con el recuerdo de las notas, y luego de cuatro años de trabajo termina la primera versión en 1958. Consigue una agente literaria en Nueva York, Mary Rodell. Mientras otros editores neoyorquinos rechazan el manuscrito, Cecil Scott, de Macmillan, lee las 40 cuartillas iniciales y le aconseja participar en un concurso de ficción de esa empresa. Queda en segundo lugar entre dos mil participantes. No gana el premio de 7,500 dólares, equivalentes a dos años de su salario en la universidad, pero firma su primer contrato comercial con una casa editora seria.
Con la venia de Cecil Scott cambia el título de la obra a Butcher’s Crossing (que significa “el vado –o el cruce– de los carniceros”, aunque es el nombre de un villorrio y no admite traducción). Los pedidos anticipados de los libreros son considerables. La primera reseña, en The New York Times, es devastadora. Según la resume Shields, dice que la novela de Williams es un western, pero sin trama, ilegible y aburrido. Hay otras reseñas favorables en The Chicago Tribune y Denver Post. El daño, sin embargo, está hecho. En el año de 1960 en que se publica, el libro vende “solo unos cuantos miles de ejemplares” y casi nadie le presta la debida atención.
5.
La segunda novela publicada (y tercera escrita) por John Williams narra el paso a la vida adulta del joven William Andrews, quien abandona en 1873 sus estudios humanísticos en la Universidad de Harvard y, provisto de una herencia de 1,400 dólares que constituyen una pequeña fortuna, llega desde su natal Boston a Butcher’s Crossing, población de una sola calle y seis edificios de madera en el entonces Territorio de Kansas, con el propósito de conocer The Wildness, término que el Diccionario Internacional Simon and Schuster traduce como “selva o tierra virgen” y como “ferocidad, fiereza, brutalidad”, pero también como “locura, desvarío”, y que el propio Andrews define en su consciencia como “una libertad y una bondad, una esperanza y un vigor que percibía subyacentes a todas las cosas conocidas de su vida”.
Lector y alumno de Ralph Waldo Emerson (1803-1882), a cuyos cursos asistió en Harvard, a Will Andrews lo mueve la idea (para tomar prestadas las palabras de Michelle Latiolais, prologuista de Butcher’s Crossing) de que “lo bueno y lo verdadero y lo bello se encuentran solo en la naturaleza”. Su experiencia en los territorios de Kansas y Colorado lo desengañará de esa ilusión emersoniana. Andrews se ofrece a financiar una cacería de búfalos con 600 dólares de los 1,400 que posee. El jefe de la expedición es Miller, un cazador que asegura haber descubierto, diez años atrás, cierto valle virgen donde abunda el búfalo. Con él trabaja Charley Hoge, carretonero y cocinero manco, que apenas despega su única mano de una copa de whisky y sus ojos de una gastada Biblia. Se les suma Fred Schneider, peletero experimentado y tozudo. Los cuatro, a caballo y con una carreta tirada por bueyes, emprenden el viaje por una llanura cada vez más agreste y al decimocuarto día de padecer toda clase de incomodidades, empezando por la sed, avistan las montañas. Mientras se acercan a ellas Andrews se ve invadido por “un sentimiento que prometía, aunque fuera vagamente, una riqueza y una plenitud para las que él no tenía nombre”. Ya ahí, sin embargo, la montaña le parece “sin identidad o tamaño, como un mar seco”, y frente a su “compacta masa verde” se siente “oscuramente solo”.
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