Ele es una coleccionista de ruinas y su madre, Perla, dejó de avanzar en el tiempo desde la muerte de la abuela. En Malacría (Sexto Piso), la narradora y poeta mexicana Elisa Díaz Castelo narra a esas tres mujeres que han habitado un mundo familiar en gradual colapso, uno que se está derrumbando desde que existe, uno donde los hombres, siempre al margen, son cercanos a ancestrales bestias mitológicas.

Ante la desaparición de Perla, su novia Jeni y su hija salen a buscarla sin cansancio. Ele atraviesa este proceso como una mujer que “olvidó cómo habitarse y aprendió a verse desde afuera”, con una tendencia a la nostalgia que la hace reescribir su memoria y reconocer las severas cargas del pasado, las cicatrices que no vemos y que también nos hieren: “la herencia del corte”.

El doloroso paso del tiempo ha dejado intermitencias en el corazón y en los cuerpos de todas, y Ele va descubriendo el mundo como un lugar abandonado, triste, desolado; la necesidad de una conversación imposible entre ella y su madre; su insistencia en la ruina, hermosa y deslumbrante, que nos hace lo que somos.

Lee también:

Elisa Díaz Castelo aborda el tema de las relaciones complejas entre madres e hijas. Foto: de Natalia del Carmen. sexto piso
Elisa Díaz Castelo aborda el tema de las relaciones complejas entre madres e hijas. Foto: de Natalia del Carmen. sexto piso

¿Dónde nació la decisión de intercalar la narradora en primera persona (con intervenciones más cortas) con la tercera persona y, además, trabajar diferentes tiempos narrativos?

Siempre me han gustado las novelas caleidoscópicas, en las que intervienen voces y puntos de vista diversos, y que funcionan en cierta medida como un rompecabezas que la o el lector debe ir armando poco a poco. Quería escribir una novela donde la fragmentación no fuera un mero artificio visual evocado por asteriscos o espacios en blanco entre párrafos, sino que apostara por una estructura abierta y discontinua en la que intervinieran voces y tiempos distintos. Con respecto a los tiempos, me propuse abordar el presente narrativo en pasado y el tiempo pasado en presente con la finalidad de cuestionar el papel que tienen el pasado y la memoria en nuestras vidas. El pasado, dijo (o dice) Faulkner, no está muerto. Ni siquiera es pasado.

¿Cómo traslada el concepto de la ruina física o material (las casas, los objetos, las lápidas) a la ruina emocional, afectiva de sus personajes?

Tanto los personajes de Ele como Perla, su madre, tienen un gusto extraño: buscan casas en ruinas, las fotografían y se las envían mutuamente por WhatsApp. Quería que esta obsesión de las protagonistas elaborara desde el mundo concreto de la materia el universo emocional que ambas habitan. A pesar de tener en común esta extravagante afición, Ele y Perla miran los sitios arruinados con ojos distintos: Ele se deleita en el mero abandono y Perla imagina restaurar esos espacios. De forma similar, su aproximación a la herencia envenenada que ambas han recibido es diametralmente opuesta.

Una de las ideas más fuertes del libro es la extrañeza ante uno mismo (ayudada por la presencia del espejo) y esto de "buscar en lo ajeno un espacio íntimo". ¿Cómo la trabajó narrativamente?

Ele vive alojada en un estado constante de extrañamiento. La naturaleza misma del mundo, desde sus manifestaciones más diminutas, la desestabilizan y sorprenden y, más que nada, siente una gran extrañeza con respecto a sí misma, a su propia identidad y a su cuerpo. Su noción del “yo” está dislocada. Me interesaba sugerir este vínculo inestable con la identidad relatando uno de sus ensayos preadolescentes por mirarse a sí misma desde afuera. Dese el costado formal, quise hacer un eco de esa escena y de su relación problemática con la identidad eligiendo narrar la novela, la parte protagonizada por Ele, utilizando no la primera sino la tercera persona. Me parecía interesante el ejercicio o de narrar algo tan íntimo, tan centrado en la realidad psíquica de la protagonista, desde afuera, utilizando la tercera persona del singular.

Cuéntenos sobre el poderoso lugar que le otorga a la lengua y al lenguaje (las palabras que no iluminan lo nombrado, sino que le prenden fuego; las frases que se quedan sin ímpetu y desembocan en silencios desconcertantes; el lugar de la palabra que se derrama).

En cierta medida, la presencia protagónica del lenguaje mismo en la novela tiene que ver con mi formación (o deformación) como poeta. Quienes escribimos poesía siempre pensamos no sólo en lo que el lenguaje denota sino constante y obsesivamente en el medio, en el lenguaje mismo, sus virtudes y carencias. Me gusta pensar que el universo peculiar que somos cada uno de nosotros, con nuestras afinidades y rechazos, nuestros recuerdos, manías y neurosis, le da forma a un lenguaje distintivo, intransferible. Estudiamos el idioma de quienes amamos con ahínco y sin éxito y, cuando morimos, ese idioma único se pierde para siempre. La importancia que tienen los idiomas y la lengua en este libro tiene que ver con esta relación personal que tengo con el lenguaje. Los personajes, por más cercanos que sean, parecieran vivir en mundos paralelos; no logran darse a entender y es imposible, a partir de los trozos de sus voces, darle forma a un solo universo coherente. También por eso era importante para mí la estructura fragmentaria.

La novela también hace un gran trabajo sobre las maneras en que la vida pesa material y simbólicamente sobre el cuerpo (como topografía, memoria y rastro a través de las cicatrices, las intermitencias y las rasgaduras).

Me encanta pensar en la identidad como un paisaje orográfico que está en perpetuo estado de cambio, una potencia proteica que no deja de alterarse, pero cuya transformación sucede tan lentamente que puede pasar inadvertida por quien la experimenta. No somos sólo lo que heredamos sino también y sobre todo lo que hemos vivido y queda marcado ineludiblemente en nuestro cuerpo. Creo que es un ejercicio que todos hemos llevado a cabo: contarle nuestra vida a alguien a partir de nuestras cicatrices. Dejarlo entrar en nuestra historia, en nuestro cuerpo, de esa forma. O quizá sólo soy yo, que soy rara. En Malacría me interesaba pensar en las cicatrices como punto de inicio para narrar la propia historia: quise relatar la infancia y juventud de Ele a partir de una serie de cicatrices que marcan casi siempre su propio cuerpo, pero en ciertas ocasiones también los cuerpos que ama.

¿Cómo trabajó el lugar marginal, ancestral y mitológico de los hombres en la vida de esta familia?

La figura del padre ausente es una piedra de toque en la literatura mexicana. Libros brillantes se han estructurado alrededor de esta ausencia fundadora, de la fuerza de gravedad que ejerce esta carencia. Cuando comencé a escribir Malacría quise desmarcarme un poco de esa fijación y trabajar, más que una ausencia literal, una presencia ambivalente: la figura de una madre que está ahí, pero no lo está del todo. Quise colocarla a ella al centro, a esa figura herida, cuyo amor no se distingue con facilidad del veneno. Esto no quiere decir que las figuras masculinas no sean importantes en los sucesos que narra, sólo que me propuse averiguar qué sucedía si dejaba a los hombres en los márgenes. Son imprescindibles para efectos de lo relatado, y también son seres complejos, pero en esta ocasión me interesaba más ese amor magnético, adulterado, que se gesta entre las mujeres de una misma familia.

¿De qué manera la memoria es el lugar de la ficción y la fabulación?

Pienso mucho en nuestro vínculo con el pasado, en cómo reescribimos constantemente nuestros propios recuerdos y, al mismo tiempo, construimos sobre ellos nuestra endeble noción del “yo”. Nada me da más vértigo que la memoria. Todo aquello que damos por cierto e instauramos como piedra de toque de nuestra identidad no es más que un cúmulo de fábulas oscuras a las que les hemos sacado brillo a fuerza de repetirlas.

Me pareció muy valioso el lugar que ocupan los objetos (grandes y pequeños), como correlato afectivo y psíquico de los personajes (llaves, rejas, anillos, muebles, figuras religiosas e incluso una colección de objetos hurtados).

Solemos pensar en la vida humana, la identidad, como el mínimo común denominador para la narración. Es decir, solemos contar historias partiendo de la experiencia de un individuo. Algo se transforma en nuestra visión del mundo, del tiempo, si en lugar de pensar en la identidad como principio organizativo de la narración, pensamos en un objeto. Todo lo que ha atravesado, su propia, diminuta e inaccesible historia. Un universo entero que no tenemos de otra más que imaginar.

Resulta muy llamativa la presencia de constelaciones, estrellas, cielos recortados, planetas, pequeñas galaxias, el espacio exterior, la luna, la Vía Láctea. ¿Qué le permiten metaforizar estos conceptos y cómo alimentan la narración?

Los conceptos y teorías pertenecientes a la astrofísica, así como las ficciones que hemos inventado para explicar lo que sucede y deja de suceder en la bóveda celeste, me fascinan desde la temprana adolescencia. Cuando comencé a escribir, descubrí que, además de su belleza intrínseca, funcionan como espléndidas metáforas de nuestra vida íntima, nuestro mínimo universo interior. La presencia de estos conceptos de origen científico surgió desde muy pronto en la novela y quise abrirles espacio. El personaje de Perla, por un lado, desarrolla una estrambótica obsesión con un planeta hipotético, idéntico a la Tierra, pero inaccesible. Ele, a su vez, comparte conmigo el gusto por pensar en el espacio exterior, que comienza como una afición temprana por los viajes espaciales y las primeras astronautas.

Otro asunto clave es la presencia de la música y, más allá de esta, la melodía, el ritmo. ¿Cómo las trabajó para delinear la historia en Malacría?

En nuestra vida diaria, y en nuestra escritura, el sentido de la vista ocupa un sitio innegablemente preeminente. Es la piedra de toque de la narración. Sería difícil imaginar un texto que se desmarcara por completo de esta tendencia, pues en la vista radica tanto de nuestra forma de cartografiar el mundo. Aunque no me dispuse a hacer algo así, sí quise fabricar tensión entre lo visual y lo auditivo, sin dejar de lado el resto del espectro sensorial (en especial, en lo que respecta a la perrita Valeriana, al olfato). La música ocupa un lugar importante en la novela: es un punto de disidencia y encuentro para Jeni y Ele, dos personajes centrales. Además de referirme directamente a ciertas bandas de heavy metal (y a algo de rock cristiano) y de prestar atención a lo auditivo dentro de la narración, trabajé mucho el ritmo y la musicalidad del texto. Creo que, en parte por eso, me acerqué a la poesía como medio expresivo: porque me obsesiona la música que crean las palabras, porque me gusta escuchar la melodía que se esconde detrás (¿o delante?) del significado. Las palabras también pueden ser un vehículo para la música.

Google News

TEMAS RELACIONADOS

Noticias según tus intereses

[Publicidad]