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A Selene Quintanilla le pasó como a Silvia Plath: la manera en que murieron fueron definitivas para ser recordadas mucho, mucho tiempo. La poeta norteamericana se suicidó metiendo su hermosa cabeza de cabello rubio en el horno mientras a la cantante del TexMex, de cabello largo y labios sensuales la asesinaban por amor o envidia o lo que haya sido.
Tenía 23 años, era hermosa, y unió dos mundos raciales y musicales: los latinos y los texanos (Texas es uno de los estados más racistas de estados unidos); la cumbia y la música texana.
En México, antes de que Selena muriera, muy pocos la conocían. Su música aun si popular no tiene mayor trascendencia. Algunos afirmaron que su proyecto musical era también político: volverse una vocera para los latinos en Estados Unidos. Pero el TexMex creador de abominaciones como la chimichanga no sufrió tanto por su ausencia. Se habría disipado por fuerza natural a los pocos años. Y habría quedado como una cantante más entre las múltiples Madonnas locales que parecen más bien concursantes de belleza.
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Jeniffer López, por otro lado, tiene mucho que agradecerle al papel de la película sobre su vida (Selena, Gregory Nava, 1997). Es por ella que fue “mirada” y dio el salto a la fama entre cantante mediocre, actriz mediocre, pero figura relevante para Coppel, por ejemplo. Perpetúa el estereotipo de la latina fogosa, culona (antes de las barbies producidas de las Kardashians).
Hay muchas mujeres latinas fundamentales: Rita Moreno, la actriz puertorriqueña de Amor sin barreras; la actriz brasileña Carmen Miranda que salía con un turbante con frutas tropicales; y por supuesto, la colombiana Sofía Vergara que marca su acento latino como si fuera una máquina rellenadora de concreto cada vez que habla. Mujeres que sufrieron y aprovecharon el estereotipo latino. Lo produjeron y lo vendieron, lo exportaron e inventaron otro sueño para las niñas morenas del tercer mundo del sur del continente.
Por qué, al final, Selena trascendió tanto. ¿El morbo de su asesinato? ¿Que su asesina jurara que la amaba? ¿Sus brasieres con lentejuelas, el baile sexy mientras el padre y los hermanos vigilaban todo lo que hacía como proxenetas provincianos que hacían una excepción de su moral mexa sólo por el dinero? De acuerdo al documental sobre Yolanda Saldívar, Selena era explotada por ella, Saldívar, y por su propio padre. Saldívar cumple una condena perpetua (lleva 30 años y pidió libertad condicional, que le fue negada).
Padres explotadores hay muchos, el de Michael Jackson, Britney Spears, Amy Winehouse. Muchos representantes que también explotaban a su “talento”, ejemplos sobran. El mundo de la música, como todo, es sucio, corrupto y abusivo. Matón. No hay cielo ni infierno, es un solo plato que combina todo.
Lo que le pasó a Selena es que su asesinato la hizo un ícono pop binacional. Cantaba en español y en inglés. Lo tenía todo: cuerpo, juventud, ganas de comerse el mundo con esos labios gruesos con lipstick rojo que dejaba siempre marcado en el micrófono (en exhibición en el Museo Selena en Corpus Christi, que su familia abrió para que no fuera olvidada, y claro, para generar ingresos todavía); su imagen no llega a ser tan reconocida como la del Che o la de Frida Kahlo pero está cerca. ¿Qué representa su música? Una eterna enamorada del amor no correspondido, una coqueta que juega a la seducción, una mujer joven que busca su identidad y su sexualidad en el camino, una voz propia, un lugar de pertenencia entre dos idiomas y una familia muy presente en ese destino que quería hacerse por sí misma.
En el rock mueren a los 27, decían. Selena murió a los 23. Es trágico, sí. El asesinato fue conmovedor, tremendo.
Estuve en El Paso en 1995 (entremos por carretera; habíamos viajado desde Acapulco en auto y la finalidad era ir a Chicago pasando por la casa de Elvis en Memphis; ese paseo a Graceland recomiendo saltárselo). Yo tenía 19 años y el de aduana viendo mi pasaporte me dijo que sentía lo de “Selina” y yo di por hecho que se compadecía por el asunto con Carlos Salinas y el fiasco tremendo de 1994 cuando nos estrellamos de manera irreparable después de haber creído como idiotas en una prosperidad invisible. Le debí contestar algo incomprensible, seguramente porque me miró de forma extraña mientras sellaba mi pasaporte. Ya en la ciudad, vi autos y autos con moños negros y leyendas en español e inglés que decían “Te amo, Selena”. No tenía la menor idea de quién hablaban. El periódico local que vimos en el lobby del hotel decía que había muerto la reina del TexMex. No sabía qué era lo Texmex y tampoco sabía de la monarquía que terminaba tan pronto.
Pocos años después, en Acapulco, la escuchaba todo el tiempo. Ni siquiera fue ahí cuando era tan popular sino hace poco, cuando los millenials la resucitaron como símbolo de algo. Una bandera lgbt+ y tema recurrente en el karaoke. Selena había ingresado al programa de música que comprendía lo más popular y llorón, al lado de José José, Flans, Amanda Miguel, etc. Quizá en el rubro de lo más alegre o ligador; permite el baile, al menos. Pero hay un escozor: mientras bailan y cantan hay una nube de duelo: nadie olvida cómo murió. Y eso languidece un poco el escenario. Nadie piensa en el cáncer de garganta de José José cuando canta “El triste” o alguna otra canción que exige estirar la voz que nadie tiene en el karaoke improvisado (o no suelen tener muchos), pero con Selena es distinto. Ella es algo trunco. Lo inacabado.
Selena no pertenece al olimpo de las lloronas despechadas que ahora retoman poder en la juventud gracias a la serie que las trajo a cuento: Lupita D¢Alessio, Amanda Miguel (su voz tiene el poder de cuatrocientos gatos en celo a las dos tres am), Yuri (que supo abandonar su religión a tiempo para su regreso), y Daniela Romo (dato inútil: cuando yo era niña había dos champús de moda: el de Daniela Romo y el de Farrah Fawcett). A todas ellas las escuchaban las madres de mi generación. La verdadera música de protesta decía un conocido. Música de desamor, infidelidades. Toda esa historia del príncipe mexicano que enamora y traiciona. Alimento del y para el endiosamiento masculino. Pero que las empodera de cierta forma: divinas, con cabellos al viento (excepto la D¢Alessio, todas tienen el cabello largo), retoman el fracaso amoroso y se reconocen únicas, solas. Etc. Ya sabemos el resto. El cuento de hadas contemporáneo es la mujer que retoma las riendas de su vida.
Selena pertenece al grupo de la chica que está por despegar. Que apenas comenzaba a decidir cómo vestirse, cómo ser. La vemos en la lucha de romper el cascarón protector de la familia unida mexicana (para bien y para mal) y la vemos triunfar por un breve periodo antes de la tragedia. No alcanzamos a verla involucrada en los excesos (salvo del lipstick), y ese limbo de lo que no alcanzó a hacer-ser contribuye a esa imagen de chica buena y posible: ella es la posibilidad que todos tenemos por triunfar y que estemos a dos segundos de lograrlo. Todos somos ella cuando alguien más colapsa su futuro. Porque la mayoría logramos colapsarnos a nosotros mismos, somos nuestro mejor y peor enemigo. Selena comenzaba a crear un espacio propio, lejos de la figura de control paterna. Ella sola. Hasta que.
Murió quizá un icono latino en el imaginario gabacho. Otra mujer triunfante. ¿Le hizo un favor a Texas? ¿Al español como lengua? ¿Es la identidad un escudo, un lema de campaña en pro de seguidores?
Los millenials mandaron a hacer camisetas con su imagen, fiestas temáticas. La hicieron parte de su estética pop-latin-mujerbonita-rompedora-echápalante. Crecieron escuchándola, es muy probable. Incorporarla a su gusto musical es rendir homenaje a sus propios padres o tíos. O quizá nada de eso es así y un día vieron la película con la López y les gustó verlas en un dos por uno, combo ideal, y fue todo. O en un bar la vieron bailar en una pantalla donde ponen videos mientras ponen otras canciones que no corresponden. O alguien les dijo Escucha esto, te va a gustar, se llama “Como la flor” y tiene onda.
Hay una canción de Elis Regina: “Como nossos pais” y dice esto: Minha dor é perceber/ Que apesar de termos feito tudo, tudo /Tudo o que fizemos/Nós ainda somos os mesmos/ E vivemos/ Ainda somos os mesmos/ E vivemos/ Ainda somos os mesmos/ E vivemos como os nossos pais.[1]
Es eso. No importa lo que hagamos, seremos ellos. Con el tatuaje del soundtrack. Los gustos, la comida, la ropa, la manera de hablar, ciertas expresiones idiomáticas. Un idioma, olor, música propios. Selena es un impasse entre un fenómeno que pudo haber sido tremendo culturalmentente y lo que no fue; con su muerte acaba la posibilidad del triunfo, como un partido de futbol donde estaba por ganar México pero no ganó. Y ese “pudo haber ganado” pesa más que todo. Su música suena en bodas, cumpleaños, fiestas latinas en Estados Unidos. Y en México. La gente baila, conoce la letra de las canciones. La chica se enamora de alguien en su mismo departamento. Se pone labial rojo, un traje cruzado, un bustier brillante. Quién no quiere por un rato ser joven, latina, poderosa. Y brillar toda la noche. La seducción es un arma poderosa. Y a veces atenta contra una misma.
Saldívar sucumbió al amor o la envidia, no se sabe. Pero fingió ser amiga, mánager. Una judas. Su crimen hizo un mito. Y su amor fue catástrofico. Pero ella es parte de esa glorificación del personaje. Todo lo bello tiene un lado invisible, hasta que este toma un arma y apunta.
[1] “Como nuestros padres”. Mi dolor es darme cuenta/ de que a pesar de haber hecho todo, todo/ Todo lo que hicimos/Todavía somos los mismos/Y vivimos/Todavía somos los mismos/Y vivimos/Todavía somos los mismos/ Y vivimos/ como nuestros padres.
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