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En el verano de 1749, Jean-Jacques Rousseau caminaba desde París hacia Vincennes para visitar a Denis Diderot, que cumplía entonces una breve condena en el castillo de aquel pueblo. Rousseau, según se cuenta, se detuvo a descansar bajo un árbol, con un número del Mercure de France en la mano. En ese periódico leyó el anuncio de un concurso de ensayo convocado por la Academia de Dijon, que preguntaba si el progreso de las ciencias y las artes había contribuido a mejorar o a corromper las costumbres. Según su propio relato posterior, lo que ocurrió en ese momento no fue exactamente una idea sino algo más parecido a una revelación: en cuestión de segundos, comprendió que toda la historia de la civilización era la historia de una caída. Que el ser humano había nacido bueno y que la sociedad lo había arruinado. Esa tarde, bajo ese árbol, nació el Rousseau que conocería el siglo XVIII. Digamos que todo esto que narro es muy romántico, pero sirve para lo que viene.
Jean-Jacques Rousseau nació el 28 de junio de 1712 en Ginebra, ciudad entonces independiente y calvinista, hijo de Isaac Rousseau, relojero de formación autodidacta y lector apasionado, y de Suzanne Bernard, que murió nueve días después del parto por fiebre puerperal. Rousseau nunca dejó de cargar con esa muerte como si fuera una deuda. Su padre leyó con él, desde muy niño, las Vidas de Plutarco y novelas de toda clase. A los dieciséis, en marzo de 1728, salió una tarde a pasear y encontró las puertas de la ciudad cerradas cuando quiso volver. En lugar de esperar al amanecer, simplemente siguió caminando. No volvió a Ginebra en muchos años.
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Lo que siguió fue una juventud errante y extraña que Rousseau convirtió después en materia literaria en sus Confesiones, el primer gran libro autobiográfico moderno. Llegó a Annecy, donde conoció a Françoise-Louise de Warens, una aristócrata convertida al catolicismo que se había especializado en acoger jóvenes protestantes para facilitarles la conversión. Rousseau aceptó la conversión, se instaló en la órbita de esa mujer que tenía doce años más que él y con quien mantendría durante años una relación que era al mismo tiempo maternal y amorosa, y que él nunca terminó de nombrar con precisión. Cuando por fin se marchó a París con la intención de presentar a la Academia de Ciencias un nuevo sistema de notación musical de su invención, el sistema fue rechazado por impracticable, aunque los académicos reconocieron que sabía de lo que hablaba.
En París encontró trabajo eventual, pobreza considerable y la amistad de Denis Diderot, con quien colaboró en la Enciclopedia escribiendo los artículos sobre música. El Discurso sobre las ciencias y las artes ganó el concurso de Dijon en 1750 y convirtió a Rousseau en una figura conocida de golpe. Cinco años después, el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres llevó la misma intuición más lejos: la propiedad privada era la raíz de la desigualdad social, y la desigualdad social era la fuente de casi todos los males morales. Esa tesis era radical no porque nadie hubiera criticado la riqueza antes, sino por la lógica que la sostenía. Rousseau no argumentaba que los ricos fueran malos. Argumentaba que la estructura misma de la sociedad civilizada producía la comparación entre los seres humanos, y que la comparación producía el orgullo, la envidia, la falsedad y la competencia. El ser humano en estado natural era bueno porque no tenía a nadie con quien compararse. La civilización lo había enseñado a verse a sí mismo a través de los ojos de los demás, y ese aprendizaje era la fuente de su miseria.
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Esa idea tiene consecuencias filosóficas que se extienden en todas las direcciones. En lo político, desemboca en El contrato social de 1762, donde Rousseau plantea que la única autoridad legítima es aquella que surge de la voluntad general del pueblo, no de la fuerza ni de la herencia ni del derecho divino. Ningún ser humano nace súbdito de otro. Si hay obligación política, tiene que haber habido alguna forma de consentimiento. Esa afirmación, que hoy suena como un axioma del pensamiento liberal, sonaba en 1762 como una amenaza directa a todos los órdenes establecidos de Europa. El libro fue quemado en Ginebra y París. Una orden de arresto fue emitida contra Rousseau en Francia. El mismo año había publicado el Emilio, que también fue condenado a la hoguera por su tratamiento heterodoxo de la religión, y Rousseau tuvo que huir a Suiza, luego a Prusia, luego a Inglaterra.
En Inglaterra lo recibió el filósofo escocés David Hume, que lo alojó en Staffordshire durante catorce meses. Fue en esa casa, entre 1765 y 1766, donde Rousseau empezó a trabajar en sus Confesiones y donde también empezó a desintegrarse de una manera que resulta difícil de ver sin incomodidad. Convencido de que Hume conspiraba contra él, de que sus enemigos habían organizado una red internacional para destruirlo, Rousseau rompió con su anfitrión de manera pública y violenta, acusándolo de traición sin prueba alguna. La paranoia que lo acompañó el resto de su vida no era una ficción ni una estrategia: era un deterioro real, visible en sus cartas y en los textos de esa época, que llegó a escribir un libro llamado Rousseau juez de Jean-Jacques donde un personaje que lleva su nombre juzga la obra de otro personaje llamado Jean-Jacques, como si hubiera necesitado desdoblarse para poder mirarse desde fuera.
Murió el 2 de julio de 1778 en Ermenonville, en las afueras de París, pocas semanas después de llegar al pequeño dominio que un aristócrata admirador le había ofrecido como refugio final. En 1794, durante la Revolución, sus restos fueron trasladados al Panteón y colocados frente a frente con los de Voltaire en una proximidad póstuma que ninguno de los dos habría tolerado en vida. Los revolucionarios habían leído El Contrato social y habían encontrado en él el vocabulario de la soberanía popular que necesitaban. Que Rousseau mismo nunca fue partidario de las revoluciones violentas, que su ideal político más elaborado era una pequeña república de ciudadanos iguales y modestos, resultó irrelevante para quienes necesitaban su nombre.
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