Los cambios de hábitos en los consumos culturales del siglo XXI acaban de cobrarse una nueva víctima: MTV, la señal televisiva que durante décadas convirtió el acto de escuchar música en una golosina visual, empaquetada en videoclips y comercializada a escala global. Ya instalados en una era donde la intimidad es otra especie en extinción, los artistas no necesitan de los videos musicales para mostrarse públicamente. Y cuando lanzan sus clips, la velocidad de circulación y el alcance masivo en plataformas digitales supera en mucho a lo que puede ofrecer un canal a la vieja usanza. MTV dejó de tener sentido y las razones que la justificaban han desaparecido. La cuestión es que, mientras se esfuma, tal vez valga la pena preguntarse si algunas de esas mismas razones se transformarán más pronto que tarde en motivos para extrañarla.

Semanas atrás, Paramount Global confirmó que MTV Music, MTV 80s, MTV 90s, MTV Live y Club MTV dejarán de existir el próximo 31 de diciembre, decisión que pone fin a una historia de transmisión continua inaugurada la medianoche del 1 de agosto de 1981 con la emisión del profético video de The Buggles, “Video killed the radio star”. Quienes vivimos esos años como jóvenes sedientos de música podemos recordar que, hasta entonces, descubrir a nuevos artistas era una misión personal a mitad de camino entre el rito y la aventura. Las posibilidades no eran muchas: comprar tal o cual disco o cassette, reunirse con amigos para escuchar lo que había conseguido cada uno, ir a todo tipo de conciertos con o sin entrada, explorar el dial de la radio hasta encontrar estaciones decentes, lograr que el encargado de la disquería preferida accediera a poner un disco gratis en la tienda o tomar nota mental de lo que sonaba en algún antro para luego pasarse semanas enteras a la caza de esa canción. El epicentro de esa búsqueda era, como resulta evidente, la música, no tanto el intérprete como tal; para saber más de quienes la hacían estaban las revistas especializadas y algún programa televisivo donde aparecían para someterse a un playback más o menos descarado. El ídolo era una entidad evanescente, fantasmal. Y el vínculo con él y su música lo determinaba la curiosidad.

En ese paisaje, la llegada de MTV fue lo más parecido a un cambio de paradigma que le daba respuesta a la curiosidad. Ya desde el primer día de emisión, la galería de videos presentaba una diversidad sonora inesperada, que iba de las baladas de Carly Simon al heavy metal de Iron Maiden, pasando por el pop rock de Rod Stewart, la vibra new wave de Elvis Costello o el ska de The Selecter. Aún cuando se echaba en falta la presencia de artistas negros (causa de un histórico reclamo de David Bowie, atendido por la cadena a partir de 1982 gracias al exitazo de Michael Jackson con Thriller), la impresión que MTV dejaba en sus espectadores era la de una enorme libertad soñada y al alcance de la mano, expresada tanto en el logo con las letras dibujadas a la manera de un grafitti como en el maquillaje y el estilo visibles en los miembros de Culture Club, Eurythmics y Depeche Mode. Con un menú a la carta disponible las 24 horas del día, al público se le abría la chance de interesarse por la música y, sobre todo, por los artistas, quienes a través de la pantalla dejaban de ser fantasmas. El cambio era gigante y la industria lo advirtió. Por eso, a partir de ese momento, el star system pasaría a depender de la imagen como nunca antes.

MTV convirtió a los músicos en actores y a las estrellas pop en emblemas de la sexualización de la mujer, en un arco temporal que va de Madonna a Britney Spears (cuyo beso en 2003 durante la ceremonia de entrega de los MTV Video Music Awards consagró y celebró la única libertad posible y permitida a quienes se instituyó como objetos sexuales). Mientras pudo, durante sus años de apogeo, creó y sostuvo carreras (de Michael Jackson a Eminem y Beyoncé), recuperó a viejas glorias (Tina Turner, Peter Gabriel, Tom Jones) y le proporcionó un escenario a géneros surgidos de los márgenes (grunge, hip hop). Ya a partir de los ’90, anticipándose a lo que sería el nuevo siglo, MTV destinaría parte de su programación diaria a shows ajenos a la música y dirigidos más a los adolescentes que a los veinteañeros que habían constituido su público original. En 1992 lanzó The real world, un reality show pionero que se adelantó ocho años a la aparición de Big Brother. Y en paralelo a las sesiones que dejaron grandes discos bajo la matriz unplugged, la señal fue avanzando hacia producciones de espíritu iconoclasta como Beavis and Butt-Head (antecedente de South Park y Bojack Horseman), Daria y, ya en la nueva década, Jackass y The Osbournes. La revolución de los videos musicales emitidos durante 24 horas había quedado atrás. Y hoy está lo suficientemente lejos como para que Paramount Global decida abandonarla para siempre.

Como toda vida de larga trayectoria, la existencia de MTV permite un balance donde hay tantos logros como fallos. Entre sus méritos está la innovación que durante años le permitió ubicarse en la cima de la cultura pop, un hito de creatividad y marketing que enriqueció a artistas, revolucionó la industria y amplió el horizonte musical de millones de personas en todo el mundo. Sus aciertos hacen pensar que la cadena inventó los videoclips, cuando en realidad ya existían al menos desde que Queen experimentó con el formato para “Bohemian Rhapsody”, en 1975. Su lado oscuro lo encarnan la exaltación de la celebridad y de la riqueza -desfachatada desde el año 2000 en MTV Cribs, donde los artistas mostraban sus mansiones y sus vidas de lujo-, la mercantilización del cuerpo femenino y dar por hecho que la creación musical debe tener un correlato visual. Hoy lidiamos con buena parte de esa mala herencia en las redes sociales, donde el culto a la celebridad campea a sus anchas, y en la galaxia YouTube, la plataforma de videos que, a falta de un VJ o programador humano, queda en manos de un algoritmo difuso e impersonal que ofrece siempre más o menos lo mismo, a años luz de aquellos criterios de diversidad que invitaban a escuchar, en la misma hora, a Carly Simon y Iron Maiden. Hoy, en el vínculo entre el público y el artista hay menos curiosidad y más necesidad de entretenimiento. Por eso, la diferencia entre MTV y YouTube es la misma que hay entre quien propone y quien complace. En una cultura donde el usuario prefiere ser complacido a descubrir lo que conlleva una propuesta, la desaparición de MTV es lógica y no sorprende porque resulta coherente con el espíritu de los tiempos. En todo caso, invita a pensar quiénes fuimos, qué tanto de nosotros desaparece con la extinción de la cadena y en qué nos hemos convertido antes de que nos diéramos cuenta.

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