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En La grazia: la belleza de la duda (La grazia, Italia, 2025), ultraestilizado film 14 del autor total napolitano de 55 años Paolo Sorrentino (El divo 08, La gran belleza 13, Parthenope 24), el septuagenario Presidente italiano católico fervoroso y exjuez severo a perpetuidad Mariano De Santis (Toni Servillo) está a punto de concluir su mandato tras haber sobrevivido a seis crisis de poder político, se aburre en los inmensos espacios de su palacio, se apoya para gobernar en su amargada hija jurista que pronto lo abandonará harta de haberle dedicado toda su vida Dora (Anna Ferzetti), reza sin evitar quedarse dormido en el trance para alguna vetusta envidia ajena, extraña al hijo músico culto que se largó a Canadá para componer jazz y rap sin la presión paterna, se reconoce incapaz de superar el trauma de la muerte de su adorada mujer Aurora aún omnipresente en su imaginario cotidiano y tan hermosa a los 18 como a los 60 años), se deja avasallar por la claridosa amiga lesbiana de juventud Coco (Milvia Mariglian) que para colmo se niega a revelarle el nombre del examante de su esposa 40 años atrás, humilla gratuitamente por celos a su ministro de justicia que es su mejor amigo y seguro posible sucesor presidencial Ugo (Massimo Venturiello), recibe la motivadora visita de la bella madura embajadora lituana que se le insinúa eróticamente con gran elegancia rubia (Alexandra Gottschlich), y se confiesa alegremente nada menos que con el mismísimo socarrón afroencaneciado omnicomprensivo Papa (Rufin Doh Zeyenouin), mientras se conmueve con el drama televisado del ingeniero astronauta Giordano (Fabrizio Bordignon) abandonado a su suerte en el emblemático espacio sideral, y sádicamente se rehúsa a que sea rematado de un tiro su caballo purasangre Elvis en dolorosa agonía, pero ante todo el severo mandatario se plantea el terrible dilema moral de firmar o no cierta polémica Ley que autoriza la eutanasia (“Si no firmo soy un torturador, si firmo soy un asesino”) y, por otra parte, conceder o no los clamorosamente solicitados indultos terminales a dos homicidas conyugales que alegan haber en realidad liberado a sus víctimas, uno a la altivadesafiante esposa Rocca (Linda Meserklinger) que ultimó de 19 puñaladas a su marido golpeador y cuyo devoto amante (Tomaso Amadio) la espera con irrazonable paciencia enfrente de la prisión, y otro a un taimado profesor Arpa (Vasco Mirandola) que ejecutó a su rabiosa mujer desahuciada, todo lo cual el Presidente va a resolverlo de modo salomónico cuando decida que sólo él es dueño de sus días, gracias a una totalizadora y autoenaltecida iluminación destellante.

La iluminación destellante consuma el prodigio de ser a la vez física, plástica, ética, memoriosa, onírica y espiritual: plástica mediante las masas y las andanadas de luz cruda que bañan los interiores e incluso irradian aun retrospectivamente sobre la difunta esposa o transfiguran a la prometedora pareja lituana futura merced a la fotografía esteticista frialdad deslumbrada de Daria D’Antonio, física en contraste o en auxilio o de la rigidez de la figura presidencial no obstante extraordinariamente matizada y móvil, ética como la aprobación final de la eutanasia y la libertad y condena de dos presuntos homicidas liberadores de la tiranía viril y del sufrimiento, memoriosa para resguardar la elegante efigie de la doblemente obsesional Aurora ayer y hoy recortada en el horizonte blanco de los borgeanos senderos que se bifurcan gracias a la virtuosística edición de Cristino Tavagioli, onírica como el asalto grotesco del malestar trastornante en el velorio descontrolado o en la agonía del caballo alter ego, espiritual cual prolongación múltiple de las líneas-saetas clavadas en el impenetrable cráneo de ese inasible antihéroe épico-trágico moderno, consigue así desmontar, burlarse y sublimar las entelequias imperecederas de un poder consensual e incuestionado y absoluto e inefable que nunca toma en cuenta necesidades o demandas populares algunas, inexistentes en esta Italia imaginaria.
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La iluminación destellante se expresa a través de una hipercalculada estructura de encuentros en un solo día que van desplegando y ahondando las tramas del relato sin jamás hundirlo ni en la confusión ni en la prolijidad infructuosa, el día crucial en que el mandatario descubre que le apodan El Concreto Armado y en que los diversos acontecimientos lo hacen renunciar inteligentemente a su investidura dos semanas antes de su plazo, el día en que todos los encuentros lo remiten a sus problemas interiores para socavarlo, el día en que accede conscientemente a un estado de Gracia cariñosamente señalado por su amigo el Papa e irónicamente confirmado por los hechos irremisibles, el gran día de ese paradójico soldado perdido con una conciencia vulnerada (diría el teórico brechtiano Bernard Dort) entre el solipsismo y el yo autoasertivo, a la vera de encuentros que remiten a los atributos, virtudes y defectos congénitos del protagonista pulpo reflexivo, remarcándolos, agravándolos, pues los roces con la hija erizada revelan la falta de valentía para tomar decisiones de ese lamentable Presidente estancado en la abstención y siempre a la defensiva, los sesudos coloquios religiosos con el Papa destapan la profunda Duda que se oculta bajo la búsqueda de la Verdad, y la aceptación de esa duda perpetua, que de súbito también va a incluir a la (im)posible relación lésbica de la finada esposa con una confesa Coco.
Y la iluminación destellante contempla la caída libre moral del Presidente que, tras los ínfimos e infames adioses del relato que nunca acaba de acabar, se refugia en su depto solitario, dispuesto a cenar con su amiga antagónica Coco por toda la eternidad y un día, para mejor identificarse, ahora en definitiva, con la espera incierta del astronauta extraviado en el espacio y flotando con gravedad cero, porque acaso esa sea la única y verdadera Gracia a su alcance (y al nuestro).
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