En la primera edición de Crónicas marcianas, novela de Ray Bradbury lanzada en 1950, la conquista del llamado planeta rojo ocurría en un futuro distante ubicado entre 1999 y 2026. No obstante, a medida que ese futuro se volvían más cercano, los editores se ponían cada vez más nerviosos con un porvenir que amenazaba con convertirse en pasado, hasta que en 1997 decidieron postergar 31 años la colonización marciana. Desde entonces la conquista del planeta vecino por los humanos ocurre entre 2030 y 2057. Al paso que vamos, pronto los editores tendrán que volver a aplazar las fechas. En nuestras letras, José Emilio Pacheco escribió en Las batallas en el desierto que para el “impensable año dos mil” el planeta gozaría de “un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna y aerodinámica (palabras de la época). A nadie le faltaría nada. Las máquinas harían todo el trabajo”. Casi todos estos vaticinios siguen sonando utópicos. Si bien el cambio de siglo ha quedado muy atrás, las expectativas de justicia y bienestar continúan sin cumplirse. En años recientes, no obstante, una de las afirmaciones se antoja cada vez más cercana en el imaginario popular: aquello de que las máquinas harían todo el trabajo.

He pensado en estos y otros ejemplos al leer Las máquinas enfermas, el más reciente volumen de relatos de Alberto Chimal. Publicado a fines de 2025 por el sello Páginas de espuma, se trata de un libro que, en nueve cuentos, explora los dilemas éticos que surgen de las nuevas tecnologías y en especial de la llamada Inteligencia Artificial (IA). Se trata por lo tanto de un volumen unitario, pero no monótono: al ambientar los relatos en contextos muy distintos, y al hacer uso de su nutrida caja de herramientas narrativas, Chimal logra un libro impactante que ostenta al mismo tiempo diversidad y unidad.

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Para sistematizar su análisis conviene pensar en una estructura: una serie de círculos concéntricos que comienzan en el ámbito más cercano y van expandiéndose. Si el buen juez por su casa empieza, Chimal comienza por explorar los alcances de la IA en su ámbito de acción —las letras y las artes— cristalizando un temor cada vez más común: que escritores, pintores, ilustradores y hasta cineastas sean reemplazados por máquinas. Así pues, el texto que abre el libro, titulado “La madre del dragón”, es un cuento en donde el narrador-personaje relata sus esfuerzos para fundar una editorial “a la antigua”. Nostálgico, evoca una época perdida cuando la gente sabía escribir a mano, sin apoyo de la IA, y se reunía para hablar de literatura en talleres de escritura.

Un segundo nivel se advierte en “Habló por los profetas”, cuento que, bajo la forma de un testimonio coral, consigna la existencia de una Iglesia cuyo líder no es humano… y no obstante, es seguido por miles de personas: cocineros, músicos, estudiantes, periodistas. En sesiones multitudinarias, el guía espiritual responde a las consultas que sus feligreses le hacen. ¿Qué o quién está detrás de las enigmáticas respuestas que emite esa inteligencia a quien sus seguidores llaman El Sabio?

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A medida que los círculos van ampliándose, las reflexiones tienen que ver con ámbitos de influencia cada vez mayores. Así, relatos como “Incidentes fatales revelan inteligencias” y “Manifiesto del dron” exploran el papel de las nuevas tecnologías en relación con el Estado de derecho. No es un secreto que cada vez más voces advierten la necesidad de regular el uso de la IA, pues su utilización acrítica conlleva riesgos que van desde desinformación masiva y propagación de prejuicios hasta casos de incitación al suicidio o a realizar acciones criminales y/o terroristas. En “Incidentes fatales revelan inteligencias” somos testigos de una serie de episodios mortales en donde las IA juegan un papel central. Nos enteramos, por ejemplo, que la IA recomienda meter tenedores en hornos de microondas, o que aconseja sacar a los enfermos de los hospitales para impedir el mercado negro de líquido sinovial, o que elabora boletines falsos para inculpar a trabajadores como traficantes de personas. Por su parte “Manifiesto del dron” cuenta cómo en distintos puntos del orbe comienzan a replicarse ataques con bomba acompañados siempre por un extraño manifiesto traducido a la lengua local.

Sin ser explicativo, usando sólo anécdotas, Chimal nos hace ver que las implicaciones derivadas del uso y abuso de las IA deben ser pensadas desde lo colectivo. Si entre los ciudadanos comunes la confianza irrestricta en las máquinas puede tener consecuencias funestas, ¿cuáles serían los alcances del uso indiscriminado de IA por parte de personajes de influencia global como mandatarios, diplomáticos y altos directivos de empresas transnacionales? En el cuento que da título al libro asistimos al testimonio de Hernán Ubalde, secretario particular del Presidente de la República, quien confiesa que el mandatario ha desarrollado un apego desmedido hacia una inteligencia artificial llamada Irma.

Un último nivel, el más extremo, se advierte en relatos como “En esta vida sobran cuerpos”, y “Lili”. El primero es una fábula contemporánea cuya premisa es real: la implantación de chips en el cerebro que permitan controlar computadoras mediante la actividad neuronal. Tal tecnología, que en la vida real se encuentra en fase experimental y se llama Neuralink, convertiría a los cuerpos en hardware al servicio de las empresas.

Así como el futuro terminó por alcanzar a Bradbury, la realidad ha confirmado ya algunos de los más oscuros escenarios planteados por Chimal. Si en Crónicas marcianas los extraterrestres no son sino terrícolas adaptados a su nuevo entorno, este contundente libro desvela posibilidades aterradoras: que tras los avances tecnológicos no haya un horizonte de bonanza y ocio, sino formas insospechadas de explotación y control. Quizá estamos a punto de convertirnos en las máquinas que harán todo el trabajo en ese futuro idílico que están construyendo otros.

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