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Al paso de los años me convenzo con mayor emoción de la estatura intelectual de José Guilherme Merquior (1941–1991), quien me abrió la perspectiva, siendo joven, de la posibilidad de ser, sin escrúpulos y con algunas ambigüedades perspicaces, un liberal latinoamericano.
En otras ocasiones he hablado de su carácter como polemista liberal, de su demolición del “nihilismo de la cátedra” de Michel Foucault, de su breve paso por México como embajador del Brasil y del deslumbramiento que vivió ante Octavio Paz, quien lo invitó a ser uno de los protagonistas de aquel Encuentro por la Libertad en 1990.
El autor de El marxismo occidental (publicado por Vuelta, en México, en 1988) y de Liberalismo viejo y nuevo (1991), empero, fue también un prominente exégeta de la poesía brasileña y de Carlos Drummond de Andrade, en particular, y el autor, por si algo más le hiciera falta, de una de las más virtuosas “historias breves” de la literatura que he leído. No recuerdo mejor ejemplo de ese género endemoniado que De Anchieta a Euclides. Breve história da literatura brasilera (1976), de Merquior.
Escribo estas páginas gracias al descubrimiento tardío de El comportamiento de las musas. Ensayos sobre literatura brasileña y portuguesa 1964–1989 (Corregidor, 2005), de Merquior, que extraído de la antología de sus ensayos críticos, fue traducido al español, en Buenos Aires, y del cual no tenía noticia. Grata novedad que me permite volver a Merquior.
Pese a su erudito conocimiento de la prosodia de su lengua y de todos los detalles estilísticos del verso en portugués, Merquior fue un decidido antiformalista, lo cual no le impidió desgranar versos y poemas con detenimiento filológico. Se entrenó y se estrenó —de otra manera habría sido improbable— con un soneto de Luis de Camôens, leído en clave carnavalesca, poeta pontífice a quien no duda en calificar de falso renacentista. De allí salta, sin perder el equilibrio, al poeta contemporáneo que le era más difícil de admirar: Joâo Cabral de Melo Neto (1920–1999), aplicando el principio homoepático recomendado por Jorge Cuesta: sólo podemos curarnos de las alergias limpiándonos mediante la intoxicación. Y eso hizo Merquior con la Fábula de Anfión, de Cabral de Melo Neto.
Abogaba Merquior por “el regreso del poema” porque “una excesiva penuria de poemas empobrece al verso”, saldo inevitable de vanguardias y neovanguardias y su “ojeriza” contra “el poema sedimentado”. Como Paz ante el concretismo, Merquior, el crítico, abandonó el callejón sin salida de la onomatopeya y regresó a la tradición en plenitud, identificada por él, en el Brasil, con La invención de Orfeo (1952), de Jorge de Lima. Le recordaba a Anna Ajmátova, “la mayor poetisa del siglo”: “El poema sin héroe es una narración con personae”.
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Festejaba Merquior, hacia 1980, que la dieta de faquir hubiese sido abandonada por la poesía encaminada hacia el fin del siglo XX, harto, una vez más, del ascetismo de la vanguardia. Por ello hubo de ir a las raíces del modernismo brasileño (que no es el parnasianismo–simbolismo del resto de Iberoamérica, la hispánica) sino lo surgido en Sao Paulo, en la Semana de Arte Moderno, en 1922.
El verdadero final del modernismo paulista lo encuentra Merquior en el Poema sucio (1975), de Ferreira Gullar: “porque de noche/todos los hechos son pardos/y la naturaleza cierra/ los ojos coloridos/guarda sus bichos/entre las piernas, pone las aves dentro de los frutos/e inmoviliza todas las aguas/aunque quede orinado/ al escondido/en varios puntos de la quinta/tan suave que casi nadie oye bajo las hojas del tajá”.
En El comportamiento de las musas, Merquior examina, con su brevedad tan profunda, a Mário de Andrade, Manuel Bandeira y, nuevamente, a De Lima, lo cual es empático con su diagnóstico del arte de la vanguardia en decadencia que le parecía incapaz de representar la dialéctica de “lo moderno en lo absoluto”. Negaban lo moderno, con obstinación, esos últimos vanguardistas, al convertir su ismo en un academicismo recolector de prejuicios e incentivo de intereses creados.
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Creo saber qué hubiera pensado, un iniciado en Marcel Duchamp como el intelectual brasileño, ante la deriva conceptual del Arte Contemporáneo. Consideraba Merquior, a Duchamp, el Kant del arte moderno; se habría espantado al verlo convertido en una versión curatorial del dios dólar adorado por la progresía exquisita, agotada la rebeldía surrealista como instructivo de toda agitación artística.
No creo, tras la lectura de El comportamiento de las musas, que sea la obra hechiza de un conservador nostálgico de una zona cero de lo moderno, descubierta por Charles Baudelaire y acaso clausurada por T.S. Eliot. Quisiera pensar, con Merquior, que ese calor ígneo se consumió y el crítico brasileño hubo de morir en la bondad de esa temperatura.
Quizás, concluyo, el ensayo esencial de El comportamiento de las musas, sea el dedicado a Fernando Pessoa. Con quién si no con él, con quién, aparte de Pessoa, podía medirse Merquior. Previa vindicación de Joaquim Maria Machado de Assis como el único escritor latinoamericano del XIX a la altura de Arthur Schopenhauer, Pessoa le parece, a Merquior, siguiendo al más extraño de sus heterónimos, si cabe, Antônio Mora en El regreso de los dioses, el más problemático y profundo de los paganos modernos.
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Ese paganismo fue la única religión natural en sobrevivir; sus dioses, careciendo de escala humana, nos prestan una parte de su naturaleza politeísta, la única que puede ser de observancia cívica. El paganismo fue la esencia oculta del siglo pasado, su salvación probablemente, al ser, “un vago credo universalista”. Ni güelfos ni gibelinos, ni comunistas ni fascistas, ni ateos contra creyentes, todos paganos.
Esa fue la lección de Pessoa (“el mayor pesimista de Occidente desde Leopardi”) y de su familia de heterónimos, sugiere Merquior: “Nada queda de nada. Nada somos/ Un poco al sol y al aire retrasamos/La irrespirable tiniebla que nos pesa/De la humilde tierra impuesta,/Cadáveres anticipados que procrean/Leyes hechas, estatuas ya vistas, odas terminadas,/ Todo tiene su fosa. Si nosotros, carnes/A la que un íntimo sol da sangre, tenemos/Poniente, ¿por qué no ellos?/Somos cuentos contando cuentos, nada”.
Pero terminaría este apunte con algo más gentil, menos perentorio, alejándome de las batallas en las que Merquior participó, asociando genialmente a la teoría literaria con el anhelo totalitario. Quisiera compartir la lectura de esa página donde el amante de la poesía brasileña se pregunta cuál ha sido el mayor regalo por los ochenta años de Drummond de Andrade, y se responde a sí mismo, agradecido, que lo fue la publicación, en 1982, de la edición anotada de la correspondencia de ese poeta con Mário de Andrade, otro gigante.
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En las gratas minucias de esa gigantomaquia, en el sencillo gusto por la vida en ese diálogo, se escapó José Guilherme Merquior de las guerras de religión en las cuales, por cierto, invariablemente venció. En ese “Reposo del guerrero”, como se tituló una olvidada novela francesa de los años del existencialismo, el sabio brasileño rencontraba su liberalismo. Podría yo especular —de ser su biógrafo— que ese temperamento fue hijo de la precocidad de su amor por la poesía.
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