In memoriam Iliana Cotrubas (1939-2026)

Tras mucho batallar pensando cómo titular esta columna, este insaciable glotón acabó rindiéndose ante el nombre de aquel sencillo plato manchego que Cervantes hiciera célebre tras citarlo en Don Quijote, con la advertencia de que ésta no será la reseña de un aggiornamento gastronómico, sino la inusual fusión de una evocación luctuosa de quien bien podríamos considerar que fue un “héroe desconocido”, y mis impresiones en torno a “la ópera más famosa de Mozart” que está escenificándose en el Auditorio del Centro Universitario Cultural. Vamos a ello.

El sábado 15 asistí a la segunda de seis funciones de La flauta mágica con la Filarmónica de las Artes, dirigida por Abraham Vélez con buen criterio musical y ese admirable sentido de “qué funciona” para la taquilla, del que suelen carecer los funcionarios que medran en tantas instituciones oficiales. No sé si habrá sido por influencia de la reciente puesta de El rey Lear, excelsamente protagonizada por Luis de Tavira en el Teatro Helénico (y que para quienes no la vieron, será repuesta del 3 de septiembre al 4 de octubre), donde la adaptación y dirección de Angélica Rogel quebranta la tradición, presentándonos al monarca shakespereano convertido en “un director de teatro que decide ceder su compañía a sus hijas (…) para abordar, desde una mirada contemporánea, la ambición, la traición, el miedo y la necesidad de reconocimiento…”, pero esta producción mozartiana también quebranta la tradición al compartir varios de dichos postulados.

No sé tampoco si sea porque —además de presupuestalmente— en el limitado espacio del CUC resulte inviable escenificar una propuesta tan ambiciosa y apabullante de este título como aquella que nos ofrendó hace 26 años Sergio Vela en Bellas Artes, dentro de la programación del extinto Festival del Centro Histórico —imagínense: con Francisco Araiza como Tamino y Sasha Sökol como narradora—, pero el concepto y la dirección escénica de Omar Olvera emula la adaptación de Rogel, trasladando la acción desarrollada en el libreto de Schikaneder a una compañía operística en tiempos actuales, en la que, “a un día del estreno, el cantante que interpreta al personaje principal, abandonó la producción. Ahora, un joven suplente deberá entrar de emergencia para salvar la función. Ése es el punto de partida de nuestra adaptación de La Flauta Mágica. Toda la historia ocurre durante un ensayo general, en tiempo real. Mientras Tamino atraviesa sus pruebas en la ópera de Mozart, el actor que lo interpreta entra a una compañía en crisis, llena de jerarquías, egos, reglas (…), donde cada personaje se reconoce por el lugar que ocupa: el suplente, la diva, el productor o el personal de escena”.

Una vez asumida que esta no es una puesta “para puristas” y que visualmente me pareció algo oscura y poco colorida, celebro esta ingeniosa adaptación que presenta una ficción dentro de la ficción, y que mucha de su fortuna se debe a que —además— tuvieron el buen tino de meterle sabiamente tijera, omitiendo básicamente los recitativos, que optaron por presentar como diálogos en español.

Dicho esto, el resultado musical es más que encomiable: el reparto lo encabezan Vanessa Gama (impecable, como Pamina), Eduardo Díaz Cerón (Tamino), Alberto Albarrán (Papageno) y Darenka Chávez, quien salió airosa de los demandantes agudos, coloraturas y notas picadas con que Mozart condimentó el aria más famosa de esta ópera, Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen, encomendada a La reina de la noche. Roberto Cortés fue Monostatos, las tres damas estuvieron a cargo de Flor Ocairí González, Alejandra Pérez y Rose Ferreiro, Erika López fue una Papagena que –ahí sí- se pasó de melcochosa y José Miguel Valenzuela me encantó como Sarastro.

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Súmeles el puntual desempeño de los coros dirigidos por Ruth Escalona y Vladimir Rueda y la pulcra concertación realizada por Vélez, y tiene una propuesta que, todavía el próximo fin de semana, podrá solazar a los fans de las óperas mozartianas.

Justo al día siguiente me enteré que el día 13 había fallecido a los 82 años el escritor, conferencista y productor discográfico Gregor Benko, quien al donar en 1977 sus colecciones a la Universidad de Maryland propició la creación de la Biblioteca Internacional de Piano. La noticia me llegó gracias a Mark Ainley, de quien me tomo algunas líneas del obituario que le dedicó a quien fuera clave en el descubrimiento y la preservación del legado discográfico de grandes pianistas: “Hacia 1966, Benko cofundó con Albert Petrak los International Piano Archives (originalmente llamados Library) y el primer LP que produjo fue una rareza inimaginable para la época: una grabación radiofónica de 1936 en la que Josef Hofmann interpretaba el Concierto en fa menor de Chopin. Su perseverancia logró la localización y publicación de grabaciones no comerciales de Hofmann que fueron lanzadas en formato de LP en los años 60 y 70, tanto bajo el sello de la propia IPA como con RCA, cuando finalmente aceptaron publicar sus prensajes de prueba de 1935, allanando el camino para los nueve volúmenes en CD que editó en colaboración con Ward Marston”, considerados “una divina locura” por Harold Schonberg.

El productor discográfico Gregor Benko, fallecido el pasado 13 de agosto, fue conocido por impulsar la creación de la Biblioteca Internacional de Piano. En la imagen, con la pianista española Alicia de Larrocha. Imagen tomada de la página oficial de Facebook de Alicia de Larrocha.
El productor discográfico Gregor Benko, fallecido el pasado 13 de agosto, fue conocido por impulsar la creación de la Biblioteca Internacional de Piano. En la imagen, con la pianista española Alicia de Larrocha. Imagen tomada de la página oficial de Facebook de Alicia de Larrocha.

Ainley atina al precisar que “es incalculable la cantidad de grabaciones de extraordinaria rareza que sobrevivieron y fueron publicadas —así como de pianistas cuyos nombres fueron rescatados del olvido— gracias a la incansable labor de investigación de Benko. Los IPA fueron los primeros en reeditar el legendario recital de Rosita Renard en el Carnegie Hall, discos de 78 rpm poco conocidos de Harold Bauer y Mischa Levitzki, emisiones radiofónicas de Zygmunt Stojowski, grabaciones no oficiales de Ervin Nyiregyhazi (cuya maestría pianística él defendió incansablemente), Joseph Villa y muchos otros tesoros sonoros de excepcional rareza. También desempeñó un papel fundamental en el apoyo a la carrera de Jorge Bolet, quien, a pesar de los grandes elogios de la élite musical, no lograba el reconocimiento que su arte pianístico merecía, y él hizo todo lo posible por ponerlo en la mira de las personas adecuadas para que lograra el éxito masivo que alcanzó con su recital de 1974 en el Carnegie Hall”.

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Como pianófilo irredento que soy, retomo las palabras de Ainley para reconocer que mi deuda con Gregor Benko “es mayor de lo que puedo expresar y lo mismo podría decir cualquier amante de las grabaciones históricas de piano y la gran interpretación musical, sea o no consciente de ello, pues lo que hoy disfrutamos sería apenas una fracción de lo que es si no fuera por su generosa y dedicada labor.” Que en paz descanse.

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