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Fernando Llanos tenía 24 años y era todavía estudiante de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda cuando, invitado por Guillermo Arriaga, conoció a Alejandro González Iñárritu durante la preparación de Amores Perros. Llegó a la oficina del cineasta con una carpeta de dibujo y un lápiz en mano con la idea de sumarse al equipo para hacer el storyboard, un puesto que el ahora afamado director de cine no contemplaba hasta ese momento.
“Fue muy chistoso porque cuando me invitaron a hacer el storyboard, me pidieron ir al scouting. Ahí estaban Rodrigo Prieto, Brigitte Broch, yo me subo a la van y digo: ‘Mucho gusto’. ‘¿Y tú quién eres?’. ´Pues yo soy storyboard. ‘¿Y qué chingados haces aquí? Vamos a ver locaciones’. ‘No sé, Alejandro me pidió que estuviera aquí’. Era como si esperaran que sólo fuera a dibujar las locaciones”, recuerda el artista y videoasta que, además de hacer el guion gráfico, realizó después el making of de la película.
Artista experimental e historiador apasionado por los archivos, Fernando Llanos emprendió ahora la tarea de hacer una especie de making of impreso de aquel primer filme dirigido por Iñárritu, con motivo del 25 aniversario de su lanzamiento. Es lo que se puede ver en Desatar Amores Perros, publicado por la editorial británica Mack Books en inglés y español y distribuido en México por Océano.
En entrevista, el artista y realizador del largometraje Un afortunado testigo (el making of de Amores Perros) destaca la importancia de este material como una memoria impresa y colectiva. El libro recopila cerca de 80 voces del equipo de producción, incluyendo técnicos y personal operativo, para documentar la intensidad y el rigor del rodaje de la icónica película.
¿Desatar Amores Perros es un segundo libro en el marco de los 25 años de la película?
Son libros totalmente diferentes. El otro es el típico libro que cualquier director de cine o artista quisiéramos tener en nuestra carrera, un libro grande, con diferentes papeles, imágenes a doble página, pero la idea de este libro mío es que sea accesible, económico y pequeño para que los alumnos de cine o la gente que le apasiona el cine lo pueda comprar. Aquí se incluyen muchas voces, está el chalán, el que entrenó a los perros, el que chocó, el que puso el maquillaje. Es un libro de consulta, el otro es para ponerlo en tu sala, un coffee table book. Este es un libro de compartir las entrañas, o sea, que desaten esos Amores Perros.
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Una cosa interesante en el libro son los registros de las frases o chistes del día durante la grabación, ¿por qué incluirlas?
En el libro está la cuestión de la fisicalidad. Aparte de artista plástico de la Esmeralda, soy historiador y me interesan mucho los documentos, los archivos, las memorias, los formatos, los papelitos, que ya se nos fueron, ya todo es digital... Entonces tenía esto. Yo no he trabajado en tantas películas, pero dice Tita Lombardo que todavía existe el chiste o la frase del día. Me pareció muy interesante tener todos los llamados, fotografiarlos y dejar ese chiste o la frase del día y ver cómo se va haciendo como un diario con tuits, como el pulso de la grabación. A lo mejor es muy hermético y son chistes locales, pero los que estuvieron ahí sabrán a qué se refieren, y lo que no, se lo pueden imaginar. El libro tiene fotogramas de los videos, de mis storyboards, fotos Polaroid, todas esas cosas físicas que se nos han ido a la nube digital.
Esa fisicalidad es lo que tiene el libro. Tengo hijos de 10 y 8 años y todo el tiempo estoy luchando por despegarlos de las pantallas y darles un libro porque el cerebro, ese músculo crece de otra manera. Me parece que sí hay que seguir promoviendo el impreso, el papel, es un lujo.
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¿Los chistes del día es una costumbre en las producciones entonces?
Así lo explica Carlos Hidalgo, que era el asistente de dirección. Es algo que regularmente hace el asistente de dirección. Había un equipo ahí que ponía gags y frases divertidas que decía Alejandro y todos reían. Es chistoso porque llegué a los 24 años a ese crew, era mi primera película, y que viera ese ejército imparable de gente que hizo un peliculón, me sorprendió porque había una disciplina, un compromiso y una intensidad que no he vuelto a ver en otra película. Y eso que la segunda película en la que trabajé fue Dancer in the Dark, de Lars Von Trier. Entonces esos chistes o frases del día era algo que hacía que esta maquinaria avanzara, como un espacio de relajación para sentirnos parte del mismo barco.

Llegaste a la producción de Amores Perros cuando tenías 24 años. ¿Qué cambió en ti esa experiencia y qué puertas te abrió, tanto en el ámbito artístico como en la industria audiovisual?
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En la industria, no tanto. No me dediqué al storyboard ni al making of; hice dos o tres cosas después, pero yo ya tenía una carrera como artista y la sigo teniendo: continúo exponiendo y soy un artista bastante activo. He expuesto en los cinco continentes y tengo 40 libros publicados. Este es uno de ellos y, además, tengo mi propia editorial, Ediciones Necias…
Lo que realmente me cambió fue la disciplina de la creación, y creo que viene de la locura de Guillermo Arriaga, quien reescribió el guion treinta y no sé cuántas veces. Los personajes eran tan intensos como él, y Arriaga se encontró con un director igual de intenso. Por eso, la intensidad en los distintos departamentos llegó a niveles de locura: choques, muerte, sexo… Todo el mundo se metió en ese viaje. Yo pensé: “Guau, en esta profesión es importantísima la puntualidad porque el tiempo cuesta”. La puntualidad importa. Esa obra tenía un rigor sorprendente porque todos se tomaron su trabajo a ese nivel. No había imposibles, y eso es algo que sigo pensando en mi trabajo. Esa disciplina me pareció fascinante.
Sí me abrió algunas puertas. Después hice el storyboard de El búfalo de la noche, de Arriaga, y también su detrás de cámaras, además de otras cosas para distintas películas, pero no me dediqué sólo a eso. También está el documental que hice a partir de las 47 horas que grabé del making of de Amores Perros, que ahora se llama Un afortunado testigo y dura una hora 18 minutos. Es un documental bastante sorprendente. Hace poco se presentó en la Muestra Internacional de Documental de Los Cabos y alguien del público me dijo: “Oye, es muy crudo tu documental”. Y yo pensé: ¿a poco Amores Perros era una comedia romántica? Era bastante crudo. Yo también estuve en ese viaje y retraté las chispas que sacaban los personajes, las peleas y esa sensación de que todos estaban luchando. El último día de filmación fueron 26 horas. Todo el crew. Yo me quedé dormido con la cámara. Esa era la intensidad que se vivió y que creo que logré retratar y eso creo que sí es un legado. Me interesa seguir empujando esto y es lo que pretendo hacer con este libro, como una memoria impresa, un making of impreso para que le llegue a mucha gente, que se anime a salpicarse las manos con el rigor que el arte requiere.
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Sobre tu interés por conservar los archivos, ¿qué importancia crees que se le da en México a la conservación de los archivos cinematográficos?
Esto es todo un tema porque llevo décadas en el mundo del arte en video y uno de los grandes temas es qué onda con esos formatos, qué onda con los aparatos que ya no reproducen las cintas, que se van a llenar de hongos, que si se digitalizan, que si el digital se pasa a 35, que si se cambia. Hay nuevos formatos cada vez. Es como un esfuerzo humano siempre de tratar de perpetuar las cosas y estar siempre renovándolo. Es importantísimo conservar nuestra memoria porque somos un país sin memoria, lamentablemente, en muchos ámbitos. La historia del video mexicano yo la tuve que escribir para una publicación en Barcelona porque se la pedimos muchos años aquí a varios historiadores y no la hacían.
Es muy importante que la memoria no se pierda, que se cristalice y se comparta. Por eso comienzo mi texto de este libro con el verbo “compartir”. Eso es super importante como creadores y a muchos se les olvida.
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Alejandro González Iñárritu dice en el libro que, cuando te integraste al equipo, no estaba contemplado que hubiera alguien encargado del storyboard. ¿Qué crees que vio en tu trabajo para incluirte?
Los dibujos que le enseñé. Cuando fui a verlo no le mostré un storyboard, sino unos grabados que tenía en mi libreta. Yo sabía dibujar y sabía hacerlo bien y rápido; lo sigo sabiendo hacer. Tengo años de entrenamiento dibujando, dibujo desde que tengo memoria. Creo que Alejandro se preguntó: “¿Tú qué aportas a la ecuación?”. Yo sí me considero un afortunado testigo, pero tuve la fortuna de que había algo que aportar para subirme a ese barco. Cuando él vio los dibujos seguramente pensó: “Este güey sí sabe dibujar, sí lo puede hacer”. Pero, en realidad, lo que me abrió las puertas fueron las recomendaciones de Arriaga. Guillermo y yo nos conocimos en un festival de arte en Venezuela, en 1998. Él valoró mucho mi trabajo. Mi primer libro, Cursi agridulce, publicado por Trilce, tiene un prólogo suyo. Nos conocimos cuando yo era muy joven y yo tenía muchas ganas de ser un artista profesional. Entablamos una amistad muy bonita.
Él había visto que sabía pintar y dibujar, que había ganado un concurso del que él era jurado, y me dijo: “Eres un artista de veras, ojalá hagamos cosas juntos”. Creo que cuando me recomendó con Iñárritu le dijo algo como: “Este güey es un artista, tiene 24 años y tiene muy claro que quiere entrar a galerías, dibuja, le echa ganas y además hace unos videos chingones. Conócelo”.
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Y dibujaste mucho esos días, ¿no?
Muchísimo. Terminé con tendinitis; nunca me había jodido el brazo de tanto dibujar. Tenía que ser rápido.
Con Alejandro y Rodrigo nos sentábamos y decían: “La toma así, así se va a ver…” Y yo pensaba: “Guau, estoy viendo cómo piensan estos cuates en tiempo real”. Ellos decían: “No, no, así no; mejor lo hacemos acá”. Y empezaban a mover todo: "el perro va acá, la cámara así, uno en este punto y otro en aquel". Ahora uno tiene un Oscar y cinco el otro. Y yo viendo ahí.
Yo sacaba mis hojitas y decía: “A ver, ¿cómo se ve?” Y empezaba: pum, pum, pum. Bocetaba la proporción, el perro, la acción: “Sí, vámonos”. Llegaba a mi casa y me ponía a dibujar como loco. Entonces Alejandro me dijo: “Oye, ¿cuánto cobras por cuadro?”. Yo le dije lo que cobraba para un comercial. “¿Por qué cobras tanto si lo haces tan rápido?” Y le contesté: “Porque lo hago rápido y bien. Si lo hiciera lento, cobraría menos. Es como una computadora: cuando son rápidas, son más caras”. (Ríe).
***
En el prólogo de Desatar Amores perros, Alejandro González Iñárritu elogia la terquedad e inocencia de aquel joven Fernando Llanos que se sumó a la locura del rodaje y asegura que fue “testigo de ese lugar mágico y sagrado donde aún las cosas no existen, solo se imaginan”. Con el tiempo, el artista experimental se ha convertido en un entusiasta guardián de la memoria de esa cinta que marcó el inicio del nuevo milenio cinematográfico en México.
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