El fin de semana pasado (13, 14 y 15 de febrero) tuvo lugar la edición número 13 del Bahidorá, un festival que combina muy variados tipos de música como la electrónica, la canción de autor, el rock alternativo, el pop experimental y la world music, ofreciendo, además, un circuito de instalaciones artísticas, así como de actividades recreativas orientadas tanto a la introspección y el wellness al aire libre, como al esparcimiento acuático. Esto, dentro del exuberante entorno natural del Parque Las Estacas, en Morelos.

Ahí donde atraviesa el Yautepec, río que brota de un manantial cercano y que alberga una biodiversidad única, con iguanas negras, chupaflores barbonas y esquivos yaguarundís incluidos, Bahidorá instaló 5 escenarios, miles de campings, decenas de fogatas y puestos de comida para recibir, este año, un aproximado de 20 mil personas que, en su mayoría, además del gusto por la música y la naturaleza, compartían, un alto poder adquisitivo.

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No bien puse un pie en el parque y una escena llamó mi atención: desde el puente que cruza el río pude ver a Erlend Øye y a Eirik Glambek Bøe sobre un colorido flotador mientras eran desplazados apaciblemente por la corriente. “Allá van los meros reyes noruegos de la conveniencia”, le dije a mi novia y, alegre, los saludé con un gesto de mano que pasó desapercibido. Minutos después los vi en acción, reinando desde el escenario frente a un público entusiasmado que se aglomeró y que coreó hasta el final éxitos como “Misread”, “Mrs. Cold” y “Rule my world”, a pesar del sol mortal que elevaba la sensación térmica a más de 35 grados. Ya en la recta final de su presentación, sucedió un momento significativo: al tiempo en que tocaban los primeros acordes de “I’d Rather Dance With You” —canción en la que una voz afirma preferir bailar, a hablar con su pretendida— , Erlend pidió al público que hiciera una rueda frente al templete e invitó a quien quisiera a, alternadamente, ir entrando en ella para demostrar sus dotes dancísticos y volverse, momentáneamente, el centro de la atención, cosa por mí nunca antes vista dentro del contexto de festivales.

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Esa idea de la rueda me estuvo rondando por la cabeza a lo largo del día. Acabado el show de los Kings of Convenience, sudando y a un paso de la insolación, me dirigí instintivamente hacia el río pero, a medio camino me topé con Macario Martínez y su banda en plena presentación, lo que de manera irremediable me hizo desertar de mi propósito inicial. Hacía tiempo que tenía la curiosidad de ver al músico detrás del fenómeno viral que fue “Sueña Lindo” en acción y aquí estaba la oportunidad perfecta . Macario deleitó al público con ese y otros de sus éxitos como “Azul” y “Nuestra casa en el mar” (mi favorita), dando cuenta de su característico estilo al cual llama Huapango Folk Rock, mismo que incluye, congruentemente, momentos “a la Pink Floyd” que adereza de forma complementar con instrumentos como la jarana jarocha, la tarima de zapateado, la quijada y el violín. Pero no solo es en el esquema instrumental que se nota su vena vernácula, también, en cierto criterio musical democrático que dista mucho del enfermizo protagonismo narcisista habitual en la mayoría de los artistas “de grandes ligas”: Macario no brilló solo, sino que dio un enfático foco a sus acompañantes, entre quienes estaban el violinista jaranero y huapanguero Ernesto Anaya, el pianista Emmanuel Esquivel (quien tiene un proyecto solista llamado Hombre Flores), el bajista Perick Conde y el percusionista Jaxho, que también tiene su propio proyecto solista y que, inclusive, cantó junto a Macario una canción de su autoría titulada “Crónica de una vida” (grabada en Featuring con este).

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Puedes nadar, pasear en lancha, bucear o esnorquelear. (Foto: Cortesía Bahidorá)
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Definitivamente, la democrática rueda o roda y sus lógicas inclusivas que tan importantes fueron en la formación identitaria de los esclavos durante la época colonial — periodo en que la escritura no era solo inaccesible sino que estaba a estos prohibida so pena de muerte— sigue presente en músicos como Macario y, también, en Rosas, otro de los proyectos mexicanos que formaron parte del line-up de Bahidorá y cuya presentación hizo que postergara una vez más mi ansiado chapuzón. Este joven, ejemplar exótico de la trova, cuya rareza ya ha sido alabada por la auténtica intelectual que es Julieta Venegas, también posee íntimos lazos con la rueda y con su tradición de índole oral, aunque dicha relación se sustenta en razones diferentes a las aludidas en el caso de Macario. Él, más bien, es una rueda en sí mismo, esto en el sentido de que sus canciones constituyen collages de otras, que el reinventa y resignifica —“Sandía”, “Blue Taiwan”, “Santitos” y “Star” fueron algunas de las que cantó (esta última junto al dúo de dream pop Budaya Music).

Ya estaba atardeciendo cuando, por fin, pudimos llegar al río para lucir como solo en este tipo de espacios es lícito nuestro cuerpesito en poca ropa, esto al lado de otro whitesicans que no paraban de tomarse fotos pal instagram. El agua estaba deliciosa.Era ya de noche cuando nos adentramos por uno de los laberínticos pasajes del festival (el lugar es enorme y, para un primerizo no es difícil perderse entre los ríos de gente). Según nosotros nos dirigíamos a ver a Marian Ruzzi (quien, después supe, tocó junto a Erlend Øye un corrido tumbado, khá?) pero, por mera casualidad, llegamos a un pequeño escenario llamado “La Madriguera”, cuyo concepto considero uno de los grandes aciertos del festival pues fue pensado para otorgar lugar a proyectos que no se inscriben dentro de la lista de grandes nombres de la industria, o lo que es lo mismo decir, dentro la música exitosa proveniente del Norte Global. Esto es, a artistas emergentes y artistas de otras latitudes que en nuestro país no son tan conocidos.

Ahí hizo aparición Yadi Camara Trío, grupo oriundo de Guinea-Conakry, que desplegó en el escenario instrumentos tradicionales africanos y cantó/contó historias tanto en susu, francés y español, idioma que Yadi (su líder y auténtico embajador de la música africana en nuestro país) aprendió y perfeccionó a lo largo de los 10 años que lleva aquí viviendo, como nos confesó entre canciones. Su show (que incluyó sencillos como “Mama África” y “Maria”), dio preminencia al balafón, instrumento insignia de África Occidental que podría llamarse el abuelo de la marimba y que, según relata Yadi, aprendió a tocar por influencia de su papá, quien, a su vez, aprendió de su papá. Y así sucesivamente… ¡por 60 generaciones atrás!.

Hubo un millón de cosas más. Lástima que uno no puedo abarcarlo todo, sea por falta de tiempo, espacio o presupuesto (o todas las anteriores). Después de gastar los últimos centavos que sobraban en la pulserita recargable para comprarnos una nieve, llegó la hora de aprovechar el raite que nos ofrecían a la CDMX y retirarnos. Íbamos hacia la salida cuando llamó nuestra atención una obra que habíamos visto de pasada: “El círculo de los hombres rojos” del artista Pablo Zeta. Me paré de súbito para mirar esas curiosas esculturas vermejas de apariencia alienígena y hechas con una suerte de resina y luces LED. Por su puesto, no puede evitar pensar de nuevo en la rueda. Ya no en la “antigua” rueda del son jarochos y similares sino en una rueda del futuro, donde los hombres se comunican con palabras hechas a partir de bases numéricas, tal era la premisa de la instalación. Lo atrayente de estas palabras, como APRENDER o RESISTENCIA, era que las bases numéricas se traducían a secuencias cromáticas. Las palabras, llenas de colores como azul, verde o rojo, nos llevaron a sustituir nuestra comunicación verbal con luces, formando pláticas de colores y comunicaciones alternas. La rueda conformada por los hombres rojos creó un idioma tanto sonoro como colorido que nos llevó a reflexionar sobre diversas maneras de expresarnos más allá de lo verbal y lo escrito.

Hasta la vista ¡Bahidorá! TQM

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