I

Se dice que en el mundo se publican dos libros por minuto. No era eso en lo que pensaba PS mientras repasaba mentalmente las decisiones que había tomado en los últimos meses, pero al menos un germen de esa idea lo afectaba con firmeza. Justo paseaba la vista por encima de las decenas de stands de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, tras el vidrio de uno de los salones de presentaciones en el segundo piso de la Expo, y no podía sacarse de la cabeza tan ineludible certeza: había demasiados millones de ejemplares publicados en el planeta. ¿Qué diferencia podía hacer uno más?

Y luego, una mordaz y contundente idea:

Muchos meses después, frente a una inmensa llanura de papel y tinta, el perseguidor, PS, habría de recordar aquella tarde remota en que la secretaria del maestro AE lo llamó a su celular para cambiarle la vida. Palabras más, palabras menos, ése fue el tren de pensamiento que se descarriló en su cabeza al detenerse frente a aquel vidrio.

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Antonio Malpica es autor de la saga El libro de los héroes. Foto: Fernanda Rojas | El Universal
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—No puede estar aquí —dijo el muchacho con gafete y camiseta de la FIL. Se había cancelado la presentación de uno de tantos y tantos y tantos libros, y por ello el salón estaba desierto; entrar y pararse tras la ventana fue casi destinal.

—Sólo será un momento —respondió PS, como siguiendo el parlamento de algún trágico protagonista. Pudiendo decir “Dame chance, no seas malo” o “Ahorita me salgo”, salió con un aparatoso “Sólo será un momento”. Acaso eso fue lo que desarmó al chico, la impostación, el tono de actor sobrado, porque siguió tecleando con torpeza sobre una laptop en vez de obstinarse con que se fuera.

Dos libros por minuto. Dos mil ochocientos ochenta por día. Un millón cincuenta y un mil doscientos por año. ¿Qué diferencia puede hacer, éste o cualquier año, que un libro específico salga a la luz o no lo haga?, se decía PS al contemplar el rotundo inventario de volúmenes encuadernados que daba nombre a la Feria y justificación al mundo editorial. Decidió que ninguna. Ninguna diferencia. Decidió que en cuanto volviera a la Ciudad de México, le prendería fuego a cierto edificio en la colonia Roma y se maravillaría con las grandiosas llamas cual Nerón urbano. Se olvidaría para siempre del asunto.

De cualquier modo, todo esto acontecería varios meses después de la aludida llamada a su celular, cuando la carga de decisiones en torno a cierto asunto específico había de llevarlo hasta el punto de concluir, frente a un ventanal de un salón de presentaciones, que la honda huella de un texto impresionante sólo podía ser ésa: una columna de humo, la sirena de los bomberos ululando en las avenidas de la urbe, la gente colmando las calles, la noticia haciéndose vieja en internet. Y no el Nobel o cosa similar.

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Decidió, mientras recordaba, que no servía el “muchos meses” cuando a lo más habían sido seis.

Lo que sí servía era el pensamiento cumbre. Porque en gran medida se veía a sí mismo como un protagonista de novela que comenzaba con un insuperable inicio de novela.

Y en su mente rondaban ya palabras, frases, párrafos de una posible narrativa que había de envolverlo y conducirlo hasta un clímax y un desenlace.

La novela de La Novela.

(Estas mismas palabras. Estas mismas frases. Estos párrafos.)

Decidía, frente al ventanal y el vasto universo de empastados, que si alguna vez se atrevía al esperpento de la autoficción, lo haría en tercera persona. Y diría cosas como “Se decía PS al contemplar el rotundo inventario...”.

Como fuese...

Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y caña brava...

O, para el caso...

Corría mayo y PS era entonces un licenciado en Letras Hispánicas de la UNAM; con sobrepeso y una trayectoria profesional modesta; con cuatro publicaciones en su haber (dos de cuento y dos de poesía), que pasaron completamente desapercibidas en su momento; con una mención en un concurso nacional de ensayo; con —hasta eso— muy buena reputación dando clases en licenciaturas y diplomados; con la encomienda habitual de escribir en el suplemento semanal de un periódico de circulación nacional una columna lo suficientemente exitosa como para haberle granjeado ya un nombre como crítico en la escena literaria mexicana.

Corría mayo y PS regresaba al departamento en el que vivía con su pareja desde hacía dos años cuando sonó su celular. A dos pasos de la puerta con el número siete, una rotunda vibración en su bolsillo. Se trataba de AG, la secretaria personal del maestro AE.

PS pensaría, claro, meses después, frente al pelotón de fusilamiento, que tendría que ser más selectivo en su discurso, que la palabra “rotundo” ya la había utilizado dos veces, que acaso iniciar una empresa como la escritura de una novela siempre sería un asunto trágico y, a la vez, banal.

(“Trágico” también se repetiría en muy breve lapso. Y le parecería, sí, trágico. Pero eso vendría a su mente mucho después, en noviembre, casi diciembre, con la frente recargada sobre un ventanal de un salón de una feria internacional del libro del futuro.)

Mientras tanto, en un presente que, para el posterior ejercicio narrativo habría de convertirse (y narrarse) en pasado...

En la pantalla de su celular aparecía el nombre exacto: AG. PS tenía guardada a la dama entre sus contactos porque con ella había pactado los pormenores de la entrevista que le había hecho al maestro casi un año atrás.

—¿P?

—A sus órdenes, señora.

—Oye, perdón que te moleste, pero el maestro quiere que vengas.

—¿Cómo dice?

—Que el maestro quiere verte, P. Ahora mismo.

Acudieron a la mente de PS las últimas noticias en torno al maestro. Que luchaba contra el cáncer. Que la última operación había sido un éxito. Que estaba en franca recuperación. Que en breve anunciaría la reedición de varias de sus obras.

Que quiere verme, sentenció para sí, como el cronista de su propio personaje.

—¿Con qué motivo, señora?

—No lo sé. O bueno... sí lo sé, pero no me permite anticiparte nada. ¿Puedes venir?

Corría mayo y PS recién había cumplido treinta y cinco años. Solía ser cauto y propenso a la planeación. Jamás en su vida se había precipitado a efectuar nada. Prefería cancelar una cita que atenderla de improviso. La gente lo tomaba por discreto cuando en realidad era tímido; pensaba y repensaba todo lo que salía de su boca por temor a los juicios apresurados de las personas. Ya ni hablar del recelo que le causaba algún posible lector inquisitivo, por ello era aún más vacilante en cuanto a lo que salía de su pluma. Se sintió fuertemente inclinado a alegar un compromiso inaplazable ante la repentina llamada.

Pero no se trataba de cualquier llamada. Se trataba de AE.

—Voy para allá.

Pidió un taxi de aplicación. No sólo porque amenazaba lluvia, sino porque sabía que el tiempo previo a la comparecencia ante el maestro sería una tortura, así que acortar dicho lapso en la medida de lo posible sería una bendición.

Se trataba, nada menos, que de AE. Probablemente, una de las cinco mayores glorias vivas de la literatura mexicana. Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, diplomático, maestro emérito con reconocimiento a nivel internacional. Y lo estaba citando en su casa.

PS recordó brevemente la entrevista que sostuvo con él para una revista de mucho renombre, las llamadas telefónicas posteriores, los dos libros que el maestro le prestó tras sacarlos él mismo del vastísimo librero. Previo a todo aquello sus únicos roces con él habían sido en algún coctel, en algún congreso, en uno de sus múltiples homenajes, siempre sin pasar de un fugaz apretón de manos o una venia en un corrillo. En aquel entonces, estaba seguro de que AE ni siquiera sabía su nombre, cosa que no le importaba. Pero a raíz de la entrevista, para la cual tuvo que leer y releer buena parte de la obra del maestro, sintió que éste le había tomado cariño. El artículo le gustó al ilustre autor; las llamadas lo confirmaron, el préstamo de los libros lo signó, y comenzó a gestarse entre ellos una incipiente amistad.

Aun así, PS no lo buscó nunca; siempre le pareció un atrevimiento. Su única iniciativa había sido un mensaje antes de que el maestro entrara al quirófano, enviado a través de su secretaria, deseándole lo mejor (mensaje que nunca fue contestado).Y ahora lo estaba citando en su casa.

No quiso hacerse más cruces. El viaje de la colonia Juárez a la Nápoles fue conciso. Se apeó y añadió diez pesos como propina al conductor en la aplicación.

Se registró en la entrada ante el indolente guardia. Subió al octavo piso.

En la puerta lo recibió Doña M, la señora encargada de las labores domésticas de aquel departamento de doscientos metros cuadrados con vista impecable hacia el World Trade Center.

—Pase, joven —espetó sin más la señora, que cualquiera habría confundido con alguien de la familia, pues tenía más potestad sobre esos dominios y se movía con mayor soltura en ellos que el propio maestro o su esposa.

PS recordó que en una de las sesiones de la entrevista lo invitaron a comer y Doña M corrigió en sus modales al maestro varias veces.

Le indicó a PS un lugar en la sala, frente al piano, junto al reloj.

—Ahorita le aviso a la señora que ya llegó.

PS no llevaba nada en las manos, y empezó a jugar con sus pulgares. Le pareció una grosería sacar el celular sólo para no sentirse juzgado por los retratos, los premios, los diplomas. Escuchó murmullos. Sabía que Doña M se refería a AG cuando habló de “la señora”. La esposa del maestro usualmente no tenía nada que ver con él, salvo fungir como su compañía en ciertos viajes y distinciones. Al interior de aquellas paredes de gusto añejo, ni la biblioteca ni la televisión ni el silencio solían compartir el maestro y su señora como pareja. Pero les venía muy bien el respeto consensuado.

Atisbó discretamente hacia el pasillo que conducía al despacho de la secretaria y la oficina del maestro. Hacia la inmensa biblioteca. Hacia el baño con tina y las tres habitaciones. Conocía a conciencia el departamento porque el fotógrafo de la revista le había enviado liga a la carpeta con las ciento cincuenta imágenes del hogar, unas de ellas con el maestro en primer plano, otras sólo develando el hábitat natural de un monstruo de las letras de tal envergadura.

Se entretenía con sus pulgares puestos en su barriga por no prestar demasiada atención a sus pensamientos. ¿A qué me citó? Decidió que, si la espera se prolongaba demasiado, de nada habría servido tomar un taxi de aplicación, pues el infierno de la incertidumbre lo atormentaría en el peor de los lugares, a pocos metros de la verdad, y terminaría por ponerse de pie, recorrer mil veces la estancia, estudiar con precisión enfermiza los adornos en las vitrinas, arriesgarse a ser sorprendido en alguna posición embarazosa frente a un retrato o un diploma.

¿A qué me citó?

¿Algo de gran relevancia o una absurda tontería?

Se decantaba por lo segundo para encontrar alivio. “Pensé en ti cuando leí este libro, P, mira, te lo presto. ¿Y cómo has estado?”.

Cuando estaba a punto de ponerse de pie para iniciar la atenta revisión de los adornos del lugar, apareció AG, en su gallarda estampa. La dama tendría unos quince o veinte años menos que el maestro (de casi ochenta) y llevaba trabajando con él toda la vida. PS reconoció, como la primera vez, la elegancia en la señora. Y, como la primera vez, se preguntó si siempre se presentaría a trabajar con tan magnífico porte. Nunca le dejaba de admirar ese detalle, tan caído en desuso, de la formalidad; él mismo procuraba salir de casa siempre portando corbata, aunque fuese sólo para hacer un trámite al banco o para comprar pan en el supermercado. La preservación de una costumbre como ésa en una sociedad tan proclive a la barbarie le parecía la mejor manera de tomar distancia y sentirse, en cierto modo, a salvo.

—Señora.

—P.

Muchas gracias por venir.

—Ni lo mencione.

—Ven, ya te espera.

Se internaron por aquel pasillo hasta la tercera habitación de la derecha, la de la biblioteca. AG llamó y, sin esperar respuesta, empujó la puerta para dar paso a su acompañante.

PS se enfrentó entonces a un desgastado hombre en piyama que leía bajo la tenue luz de una lámpara de piso. El maestro, terriblemente adelgazado y con un gorro de lana sobre la novedosa calva, sentado en un confortable sillón de cuero y conectado por catéter a una bomba de infusión, no se inmutó ante su presencia.

—Maestro.

Por respuesta, AE levantó la mano, pidiendo que lo aguardara. En sus manos sostenía un libro de Juan García Ponce y no le parecía que hubiese razón para detener su lectura.

PS se mantuvo a pocos pasos de la puerta. El santuario de libros lo repelía. Había una pequeña sala de tres sillones hacia el fondo, a espaldas del maestro, y en primer plano una mesa redonda, grande, de madera, destinada a juntas que nunca ocurrían. Ninguno de tales sitios lo invitaba a aproximarse. Comenzó a sudar, así que se limpió la frente con el pañuelo que siempre portaba.

Fue entonces el maestro quien, con una mano que hizo aletear en el aire, le indicó tácitamente que pasara, que se pusiera cómodo, que ya en breve estaría con él.

PS no se animó a más que ocupar la silla más próxima a aquella mesa. A un costado había un mueble que simulaba la barra de un bar. Detrás, varias botellas de licor. Se imaginó a sí mismo sirviéndose un anís sólo por concederse, en el inofensivo terreno de la imaginación, la osada ocurrencia de que guardaba esa confianza con el afamado e ilustre AE, al igual que la tendrían autores que también admiraba, temía y respetaba, y que de seguro eran asiduos de esa biblioteca.

En una bocina Bluetooth, puesta sobre una de las repisas de los libreros que corrían de suelo a techo y de pared a pared, sonaba suavemente un huapango veracruzano.

Después de cinco minutos, PS acarició un volumen de cuentos del propio maestro, traducido al francés, puesto al azar sobre la mesa entre algunos periódicos, tazas, cuadernos, revistas.

—Discúlpame, P —dijo al fin el maestro. Y se puso de pie, arrastrando el perchero metálico del que pendían la bomba de infusión y la bolsa transparente desde la que goteaba algún analgésico en su vena—. Me he prometido dar la mayor importancia a las letras en los ratos postreros de mi vida. Cortar el ritmo de ese cuento que leía me pareció, por decir lo menos, innoble.

Ofreció una mano a PS y éste se la estrechó con cuidado. Veinte kilos había perdido en el trance de la enfermedad, según los diarios.

—Maestro, no diga eso. Me da gusto verlo tan bien.

—¿Bien? Bien jodido.

—Bueno... —sonrió PS.

—No te voy a engañar —gruñó AE al volver a su sillón—. Le mentimos a la prensa y a todo el mundo, pero no a los amigos ni a la familia. La operación salió bien, pero la metástasis es un hecho y ya se encargó de hacer un cochinero con mi cuerpo. Para acabar pronto, este año no celebro las fiestas patrias.

La contundencia de aquella frase desarmó a PS. Literalmente, no encontró las palabras. Hasta un “Lo siento mucho” le pareció falsario.

—No te acongojes —lo rescató AE—. Las drogas me tienen puesto en un mood de “nada debo, nada temo” que hasta a mí me tiene impresionado.

—No sé qué decir.

—Pues no digas nada —sentenció el maestro echando los brazos hacia los lados del sillón. PS advirtió un vaso con ginebra al alcance del viejo (recordó que eso era lo que usualmente tomaba).

Comprendió que la literatura no era el único de los goces que se estaba permitiendo en sus postreros días.

—No. Perdone. Sí me gustaría decir algo: me parece muy lamentable. Es una muy triste noticia.

—Bah. Ya hice lo que me tocaba. Me fue bien en la vida y no me irá mal en la muerte. Por eso quise guardar el secreto. No quiero más atenciones de las que ya recibí. Y mucho menos me apetece la lástima de gente que sólo me conoce por mi nombre y no por mis letras.

Se estiró y dio un trago a su ginebra, un sorbito que sólo servía para decorar la pausa y para inquietar a PS, pues hizo parecer grotesco al huapango que se colgaba del silencio.

—No te quito mucho tiempo, P.

—No diga eso, maestro. Es un honor estar con usted. Lo que necesite.

—Te agradezco la gentileza, pero pienso morirme leyendo. O bebiendo. O ambas cosas a la vez, si tengo suerte.

PS comprendió que, sin mayores ambages, el maestro le indicaba que el que quitaba tiempo ahí era él.

—Usted dirá, maestro.

—Detrás de ti, en aquel librero.

PS se levantó y fue al sitio que el maestro le mencionaba.

—Verás un engargolado entre los libros, ahí en la segunda repisa. Sácalo.

PS se empeñó. En efecto, entre tantas publicaciones, se encontraba un engargolado de negras pastas de cartón percudidas.

—Tráemelo, por favor.

PS obedeció.

—¿Quieres un trago, P? ¿Recuerdo que te gustan el vino y el whisky?

—Le acepto un anís.

—Sírvetelo, anda.

PS fue directo al bar. Como en su mente ya había hecho los movimientos, no tardó nada en servirse.

—No tengo hielos aquí, pero puedo pedirle a Doña M que te traiga.

—Estoy bien.

—Siéntate. Aquí, mira, más cerca de mí.

—Sí, maestro.Con un movimiento, AE recuperó su celular del descansabrazo del sillón. Miró algo en la pantalla. Detuvo la música. El engargolado, de argollas de plástico blanco y el canto de las hojas de color amarillo, reposaba en su regazo. Se aclaró la garganta. Se esperó a que PS diera un trago a su copa y la apresara entre sus rodillas para hablar.

—Como te dije, P, hice con mi vida lo que me tocaba. Pero tal vez todavía tengo que hacer una cosa más antes de irme.

PS no quiso indagar su papel en esa comedia. Decidió que dejaría hablar al maestro hasta que fuera necesario abrir la boca.

El silencio, ya sin guitarras rasgando su lozanía, era funesto, opresivo.

AE dio un par de golpecitos con ambas manos sobre el engargolado.

Volvió a aclararse la garganta.

—Esto que ves aquí... estas cuatrocientas veintidós cuartillas... esta obra...

Ante el súbito e incómodo silencio, PS quiso reposar la vista en los incomprensibles números del aparato electrónico que mantenía al maestro lejos de la agonía.

Al cabo de un inagotable minuto, AE se dejó de interrupciones innecesarias y soltó la siguiente frase de golpe, como haría un verdugo al accionar su guillotina.

—Esto que ves aquí es, en mi opinión, la mejor novela que se haya escrito jamás.

El maestro no miraba a PS. Deliberadamente, huía de su reacción.

Y PS, acostumbrado a no obedecer a sus impulsos más primarios, no dijo nada. Pero sí pensó, mientras se ocultaba tras la copa, que no conocía esa faceta de tan sobrada arrogancia de AE. Lo despreció un poco. Y sintió, claro, la necesidad de mostrarse incrédulo, pero no lo reveló ni siquiera en su mirada.

Esa misma mirada que ahora sí confrontaba el maestro.

—Sé lo que estás pensando. Pero no. No es mía. No la escribí yo. Por eso me atrevo a formular tan asombrosa valoración. Es una novela que jamás fue publicada. El único ejemplar que existe es este que tengo en mis manos. Y si de algo sirve el juicio de este pobre viejo que dedicó toda su vida a la literatura, no tengo problema en afirmar que es la mejor novela que he leído jamás. Y eso incluye a todas y cada una de aquellas que, en este momento, nos miran recelosas y llenas de envidia desde mi biblioteca.

PS se sintió sobrecogido. ¿Habría perdido el buen juicio el maestro? ¿Cómo se atrevía a tal afirmación? Se sintió obligado a preguntar, seguro de que el nombre le concedería un cierto alivio.

—Estoy confundido. ¿De quién es esa novela?

Dos palmaditas más de AE sobre el vetusto ejemplar en su regazo. Y un nuevo golpe de guillotina.

—Justo de eso se trata todo este asunto. Justo de eso.

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