La destacada poeta, novelista, dramaturga y ensayista colombiana Piedad Bonnett, ganadora de los galardones José Lezama Lima de Casa de las Américas en 2016 y Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2024, acaba de ser reconocida con el Premio Internacional de las Letras ExLibris Murcia 2026, que celebra su trayectoria y aclama el aporte de su obra a la literatura en lengua española. Conversamos con ella sobre la poesía, la escritura a mano, los objetos del mundo, su hijo Daniel y su libro La voz de las cosas (Lumen, 2026), donde la poesía y una serie de dibujos creados por ella dialogan sobre el dolor y la belleza de la vida cotidiana.

Cuéntanos con qué criterio pensaste las imágenes que hay en este libro. Es muy bonito, por ejemplo, el poema de la corbata con esta idea del "niño que cumple la tarea de ser hombre" o "la libertad alada y engañosa" que representan los patines.

Primero fueron los dibujos y luego vino el poema. Yo no quería que el dibujo fuera una ilustración del poema ni que el poema fuera una descripción del dibujo, porque me parecía muy elemental y muy bobo. Eso sí, me daba mucho más trabajo escribir el poema, eludiendo esa manera de acercarse al objeto. Les voy a contar una mínima historia: primero, siempre me ha gustado mucho dibujar y lo he hecho por muchos años, pero abandoné el dibujo porque me fui por la literatura. Yo habría querido estudiar Artes Plásticas y mi hijo se dedicó a eso, entonces me pareció que era una compensación de la vida. Es algo que tiene una recompensa inmediata maravillosa, porque no tiene ese asunto tan intelectual de la palabra.

La relación de la mano con el papel es una cosa maravillosa.

Que antes la tenía la escritura; ya no. Entonces, esto empieza con que Daniel se muere y entre sus cosas yo encuentro sus pinceles, todo aquello que había dejado. Había un cuaderno grandísimo de dibujo que yo le regalé; no tenía sino un boceto chiquito en la primera página y yo dije: Voy a dibujar en este cuaderno, en memoria de Daniel.

De él nos contaste en Lo que no tiene nombre.

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Sí. El asunto es que yo tengo mis cajas de colores en formatos enormes, de marcas Prismacolor y Faber Castell, que los usaba para colorear, sobre todo, para meditar mientras manejo el color que me fascina, dibujar con los matices. Entonces entré al cuarto de él y dibujé la ventana que está en el libro. Eso fue con un esferito de estos delgaditicos. Empecé a hacer los trazos y entonces me acordé que el dibujo era parte de mí.

Una manera interesante de llevar el duelo.

Claro. Yo estaba en pleno duelo y dije: Voy a hacer de esto un ejercicio de meditación. Entonces, empecé a pintar las cosas, pero era para mí; nunca se me ocurrió que fuera para nadie, ni siquiera para mostrar a las amigas; solo a mis hijas: Miren que estoy pintando… Pasó el tiempo; imagínense, cuánto, si Daniel se murió hace quince años, yo dibujé esas cosas por ahí hace catorce. Hace unos seis o siete años llegó mi editora Adriana Martínez y vio mis dibujos en el cuaderno. No sé por qué lo tenía ahí, porque ya había pasado mucho tiempo; yo fui pintando muy lentamente; no era una cosa de todos los días, ni todas las semanas. Entonces le conté que yo también dibujaba, y me dice: ¡Yo quiero esos dibujos para publicarlos! Yo le dije que no, pero ella los trajo a la editorial. Eso fue antes de la pandemia, hace seis, siete años, y me dijeron: ¡Qué lindo hacer un libro con eso! Y es que yo ya tenía unos poemitas para los dibujos, para hacer ese ejercicio completo.

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¿Tuviste alguna inspiración en particular para desarrollar esa idea de los dibujos con poemas?

Yo colecciono libros de dibujo, entonces me inspiró uno que se llama Paranoica, que publicó Rey Naranjo. Es de una chica que tiene depresión y ansiedad, que hace un dibujo de ella misma; ella pinta el dibujo y al lado hay una frasecita. Yo dije: Voy a hacer eso mismo. El asunto es que eso se quedó en veremos; yo seguí escribiendo y de pronto me dijo Sebastián: ¿Por qué no revivimos el proyecto que dejó aquí Adriana como una posibilidad? A mí me daba un poco de miedo, pero luego pensé que era una oportunidad; pensé en mis nietas, en dejarles una cosa curiosa, así que me puse a refinar los poemas. En seis meses revisé los veintidós poemas y los afiné.

¿Los dibujos eran los mismos que ya tenías?, ¿hiciste alguno nuevo?

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Todos están tal y como los tenía en mi cuaderno, porque esos dibujos no tienen posibilidad de enmienda. Yo empecé a usar los colores después del primer dibujo y rematé con este último. Lo que se modificó fue el orden, porque yo los tenía de acuerdo con lo que iba apareciendo, pero después tratamos de hacer un equilibrio, este queda mejor aquí, este queda mejor allá; una cuestión más de diseño.

¿Cuál es esa cosa que tal vez ves de otra manera ahora que existe en este libro?

Una cosa es la cosa y otra cosa es el dibujo. Hay un dibujo al que le tengo cariño, que es el de la ventana, porque me dio la clave, pero además porque yo he debido seguir, tal vez, en blanco y negro; no sé. Pero es que me llamó la atención usar mis colorcitos. La cosa sumada al dibujo que más amo es la corbata, porque es la de Daniel, su única corbata. Él la tenía porque le tocaba que ir a un grado, a algún evento. Yo tengo esas cosas ahí colgadas o puestas. Con ella se me ocurrió esa cosa del niño obligado a ser un hombre.

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Nos hiciste pensar en lo que dice Bachelard: “Hay que saber otorgar a los objetos familiares la amistad atenta que merecen, porque cada objeto del mundo es un germen del mundo”.

Es que uno tiene una relación muy afectiva con las cosas. Yo escogí cosas por la belleza de la cosa misma, como el tajalápiz, o pensé hacer en blanco y negro esa paginita que tengo ahí con el borrador y eso. Yo soy una adoradora de las cosas, como lo mostré en La mujer incierta; mi casa está llena, abarrotada de cosas. Yo tengo, por ejemplo, una colección de muñecos de cuerda que fui consiguiendo por todas partes. Este me lo trajo Daniel de Alemania y es parte de mi colección. Este es un alebrije; yo tengo muchos en mi casa, unos más grandes, otros más chiquitos. A mí las cosas me producen una enorme atracción por su belleza, por su forma. Yo no tengo nada de cristales; a mí me gusta lo artesanal. De pronto mi casa parecía un museo de artesanías con máscaras de no sé qué, la cosa de Indonesia, tengo cosas africanas. Yo adoro las cosas y por eso creo que la intuición me llevó a conectarme con ellas. Ahora, si tú miras esas cosas, todas juntas tienen un sentido, pero yo no se lo voy a dar a mi lector. Mi lector tiene que adivinar cómo se relacionan y por qué las escogí.

Termina convirtiéndose en un juego. Para nosotros fue así: leíamos sin ver el dibujo y tratábamos de adivinar qué objeto era.

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Me ha dado mucha curiosidad ver cómo la gente ha leído el libro, porque yo no estoy nombrando la cosa. Yo quiero que este libro sea eso: una posibilidad de juego, pero también de penetración y, sobre todo, de descubrimiento, porque ahí hay un hilo conductor, pero yo no quiero dárselo al lector; quiero que él lo descubra. Y si no lo descubre, no me importa, porque él va a construir su propio hilo.

Además, está la belleza del objeto cotidiano, del juego oral, de recuperar lo de la mano sobre el papel.

De recuperar lo humano. Es que se va a perder hasta la letra. Yo tengo muchas cartas a mano de escritores, que guardo como un tesoro y eso fue lo que llevé al Cervantes de España para dejarlo como mi legado: copias de las cartas de los escritores. Lo que vi es que, de pronto, desaparecían las cartas manuscritas y empezaron a aparecer todas en computador. Tengo una carta de José Watanabe en el computador… ¡ya no tiene el signo de su mano!, el tachón, la equivocación. Esa huella de lo humano es preciosa y única. Entonces, tú ahora vas a un autor, quieres tratar de indagar en la cosa epistolar y no encuentras ni un rasgo de su mano. ¡Se le ha quitado al mundo una cosa importantísima!

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Es una pérdida terrible tener cada vez menos la escritura a mano.

Yo he leído mucho sobre eso: el cerebro procesa diferente si es con la mano o si es con el computador.

En el cerebro no hubo nunca un órgano para la lectura; ese punto lo creó el ser humano cuando se inventó primero los jeroglíficos y lo consiguiente. La evolución de la escritura se fue ampliando; esa capacidad de leer y de escribir. Ahora, vamos a la inversa. Sí, permanece la escritura, pero lo gráfico está volviendo a tener un lugar amplísimo. El cerebro tiene esa plasticidad; entonces se puede ampliar y se puede reducir en sus funciones.

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