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Lo prometido es deuda, y tal y como ofrecí la semana pasada, hoy voy a compartirles mis impresiones en torno a los dos eventos que, a mi parecer, merecen ser más ampliamente comentados de cuanto presencié durante la quinta edición del Festival PAAX GNP que dirige Alondra de la Parra: la ópera Carmen, de Bizet y el estreno mundial de La reina roja, de nuestra gran Gabriela Ortiz, así como algo que he venido reflexionando en torno a los otros estrenos que, comisión de por medio, han visto la luz en Xcaret de un lustro a la fecha.
Que este año se contara con la presencia de la Orquesta y el Coro de la Comunidad de Madrid fue decisivo para presentar una ópera por primera vez en el Festival; dado lo restringido del espacio escénico, no fue escenificada comme il faut y — considerando el tiempo del que se disponía para cada evento— hubo que condensar su duración a noventa minutos. A la voluntad para llevarla a cabo se conjuntó un equipo idóneo para darle forma a una versión que, atinadamente, fue promovida como @Carmen, The reel story.
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Sin posibilidad de escenografía y tras un concienzudo recorte de “toda la paja” del libreto, la directora de escena Bárbara Lluch corporeizó brillantemente la idea original de Brava Arts y sacó el máximo partido de lo que sí disponía: un equipo que derrochó talento y creatividad sobre un proscenio levemente ampliado, en el que Jaime Grau colocó un par de mamparas que se desplazaban portando las pantallas donde se transmitían los videos realizados por Yehosua Elizalde y Anahy Cabrera, así como las imágenes captadas en tiempo real por un cuidadoso manejo de cámaras. Clara Peluffo firmó un vestuario que, al igual que la iluminación de Rafael Mendoza, fue discreto y cumplidor ya que, lo que aquí importaba, era narrar la historia.
He perdido la cuenta de cuántas adaptaciones he visto de Carmen, algunas tan fallidas como afortunada ha sido ésta, que eliminó personajes secundarios como Micaela — a quien nunca he tolerado por pazguata— y actualizó la trama al grado de que Escamillo acabó siendo un jugador de la Selección Española de Futbol y el triángulo entre Carmen, Escamillo y Don José interactuaba a través de las aplicaciones en sus teléfonos celulares, evidenciando de paso los riesgos que ello conlleva: feminicidios, explotación sexual y pornografía infantil.
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Tengo amigos a quienes incomodó esta adaptación. A mí, me pareció genial. En lo que sí coincidimos todos, fue en qué bien sonó aquello: Javier Carmena tuvo al coro “en su punto” y Gianluca Margheri brindó un estupendo Escamillo al que, ya entrados en gastos, bien pudieron cantarle “goleador” en lugar de “toreador”. Gaëlle Arquez fue una Carmen memorable, tanto por el desparpajo con que abordó al personaje como por su impecable línea de canto, aunque, quien para mí se llevó la noche, fue Arturo Chacón-Cruz al ofrendarnos un Don José tan intenso en lo histriónico, como intachable en lo vocal. Espléndido. Como sólo puede hacerlo alguien que está en la cima de sus facultades.
…y como sólo puede hacerlo alguien que quiere estar a la par de una batuta como la de la Maestra De la Parra, quien con esta Carmen presentada el domingo 26 refrendó la ductilidad con que puede desempeñarse acompañando cantantes, siguiendo bailarines, concertando una obra monumental como la Sinfonía Resurrección de Mahler — de cuya soberbia interpretación un par de días antes no me reponía todavía— o brindando una interpretación que será referencial al dirigir apasionada y acuciosamente el estreno absoluto de La reina roja, que le comisionó a Gaby Ortiz.
Mucho se ha hablado de esa maravillosa cadena de mujeres que se enlazan desde que, en 1994, la arqueóloga Fanny López halló en Palenque la tumba de Tz’a Akab’Ajaw y la periodista Adriana Malvido consignó el evento. Tres décadas después, De la Parra se interesó en tan singular personaje y solicitó a Ortiz una obra sinfónica que le rindiera tributo; buscando profundizar sobre el tema, Ortiz dio con La reina roja, la novela que elaboró Malvido con base en su crónica del descubrimiento y las investigaciones que, posteriormente, han dado luz a tan importante hallazgo.
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De lo que no se ha hablado es de qué fue lo que nos entregó Gaby Ortiz el viernes 31 de julio. Días antes, tuve oportunidad de familiarizarme con la obra durante los ensayos, pero nada se compara oírla “de corridito”. Durante el primer movimiento, Luminiscencia en rojo, su autora logró que “oyéramos” la luz con que el sol toca la selva lacandona, para dar paso a una exuberante orquestación que nos envolvió tal y como si estuviéramos inmersos en la vegetación que abraza la piedra del templo donde Tz’a Akab’Ajaw fue hallada cubierta de cinabrio. Los ritmos no pueden ser más intrincados ni la batería de percusiones más suntuosa en esta obra, donde Ortiz rinde también tributo a su genealogía musical:
Ahí está el caracol con que Revueltas coloreó La noche de los mayas, la sensualidad desbordada con que nos envolvió Villa-Lobos en La Floresta del Amazonas y el frenético paroxismo de La Consagración de la Primavera de Stravinsky se hizo presente durante su aplastante final, nombrado en honor de la reina roja. El entusiasmo del público rayó en el delirio y la ovación fue todavía mayor cuando, tras pedir Alondra que subiera al escenario la compositora, lo hicieran también López y Malvido.
Estructuralmente, todavía no logro definir si lo que oímos es un poema sinfónico o una suite en cinco movimientos que se tocan sin interrupción. De lo que sí estoy seguro, es que tras el Huapango de Moncayo y el Danzón 2 de Márquez, tras Sensemayá de Revueltas y la Sinfonía India de Chávez, La Reina Roja de Ortiz será la próxima obra mexicana en tener un lugar en el repertorio internacional y ahora, debo decir lo más importante:
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En estos tiempos que el modelo vasconcelista está irremediablemente agotado, pues entre que el Estado ha dilapidado los recursos en elefantes blancos y los funcionarios cuando no brillan por su ignorancia, lo logran por su ineptitud, la única opción para la creación artística parece estar cobijada por la iniciativa privada. Por el mecenazgo. Ergo, nada de esto sería posible sin la generosidad de Don Alejandro Baillères, patrocinador del Festival PAAX a través de GNP.
Al igual que la Humanidad reconoce su deuda con los Waldstein, los Lobkowitz o los Lichnowsky que en su momento patrocinaron a Beethoven, cuando en el futuro se estudie la Música Mexicana de nuestro tiempo, ésta estará indisolublemente ligada al nombre de Alejandro Baillères, cuya visión de apoyar a la más inasible de las Artes corrió con mayor fortuna que los empeños de su padre con la Fundación para las Letras Mexicanas y fue más allá. Gracias a su munificencia, consolidó un inapreciable legado a través de la Música.
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